Doritos y Coca | Saltburn: Entre el privilegio y el deseo

La cosa es, ¿no somos todos pervertidos asquerosos?

EmERALD fENNELL

Por Silvia Santaolalla


Advertencia de spoilers

En entrevista para The Black List, el director surcoreano Bong Joon-ho confesó que el éxito mundial de su película Parasite le había sorprendido debido a la cantidad de detalles y actuaciones coreanas que no esperaba fueran entendidas por el público internacional. Su teoría es que el film trascendió las barreras culturales ya que «quizá no hay fronteras entre países ahora porque todos vivimos en el mismo país, uno llamado capitalismo». Este fin de año el ímpetu en redes por Saltburn, la segunda película de la directora, actriz y guionista británica Emerald Fennell, ha remitido a muchos al furor que Joon-ho causó en el 2019. Nada más lejos de la realidad.

Saltburn se ha convertido, a estas alturas, en una mala traducción. Mal clasificada como un Euphoria tímido, un Élite superproducido, un Parasite inglés. Saltburn no es una crítica sobre la injusta distribución de la riqueza. Mucho menos «una demostración de culpa de clase» por parte de Fennell, quien es hija del famoso joyero Theo Fennell y la escritora británica Louise Fennell. Estudió en el Marlborough College (el mismo colegio al que asistió Kate Middleton) y en la Universidad de Oxford. Saltburn es realmente una historia perversa sobre el privilegio y el deseo, con fuertes raíces en la tradición británica del gótico. Por si quedan dudas, el título lleva el mismo nombre de la propiedad donde sucede la historia, al igual que Cumbres Borrascosas.

Para entrar en el mundo de Fennel, no debemos olvidar que, a pesar de que el Reino Unido tiene un pie en el capitalismo y la globalización, sus raíces siempre recuerdan el imperio colonial que fue durante mucho tiempo. Una nación que aún tiene una familia real, una Cámara de los Lores, nobles y títulos hereditarios. Una aristocracia que no necesariamente relaciona su poder con la riqueza. Y como muestra de estas raíces: la secuencia de apertura de Saltburn. Escrita, filmada y editada completamente en sincronía con el himno británico Zadok the Priest (Sadoc el sacerdote). Compuesto por Georg Friedrich Händel en 1727 para la coronación del rey Jorge II, ha sido cantado antes de la coronación de todos los monarcas británicos desde entonces. Como un dulce, que solo quien esté relacionado con el himno saboreará, la reorquestación de Anthony Willis cambia la letra de «Zadok the priest and Nathan the prophet anointed Solomon king» (Sadoc el sacerdote y Natán el profeta ungieron rey a Salomón) a «Oliver Quick and Nathan the prophet anointed Solomon king«. Dejando en un plano medio a Oliver Quick (Barry Keohgan) con el último God save the King! (¡Dios salve al Rey) del coro.

En entrevista para Vanity Fair, Fennell admite que su cosa favorita es la simpatía por el diablo. «El tipo de persona que no podemos soportar, el tipo de personas que son aborrecibles —si podemos amarlos, si podemos enamorarnos de esas personas, si podemos entender por qué son tan seductoras, a pesar de su crueldad palpable, su injusticia y una especie de extrañeza, si todos queremos estar allí, creo que esa es una dinámica interesante”. Por lo que el verdadero giro de trama no está en la escena de la bañera, ni en la de la tumba fresca de Felix Catton. Ni siquiera en la confesión del plan de Oliver a Elspeth en su lecho de muerte. La máxima crueldad es cuando, como en la canción de los Stones, Oliver Quick dice a Felix «permíteme presentarme, soy un hombre de riqueza y buen gusto». Felix no solo se siente traicionado por su amigo, sino que puede ver que detrás de la ilusión de Oliver se encuentra el reflejo de lo que decidió proyectar en él. No existe ningún niño de clase baja con padres adictos y una niñez terrible a quien Catton deba salvar. No hay ningún niño pobre pero inteligente que logró llegar con su esfuerzo a Oxford. No hay manera de mostrar que él, Felix Catton, no es otra persona terrible y elitista como su familia y amigos.

Al final, Saltburn es una oda a la perversidad de la que podemos ser capaces por las cosas que amamos. “Un estado perpetuo de deseo, necesidad y anhelo”, en palabras de Fennell. Una historia tan vieja como la humanidad, eso que nos atrae aunque temamos perder la cordura y la integridad. Así que sin pretensiones de justicia de clases, si conoces al diablo ¿tendrás algo de simpatía, cortesía y buen gusto?

Silvia Santaolalla, habladora, malcriada y rebelde. Escritora y artista visual. La primera de las dos ñañas siamesas. Su trabajo aborda temas como: el género, la sexualidad y el cuerpo. Ha sido publicada en las revistas: Marabunta (2018), Gata que ladra (2019), Punto de Partida UNAM (2022, 2023), Página Salmón (2022), Especulativas (2022).

Publicado por Laotrasilvia

Malcriada, habladora y rebelde ❤️‍🔥

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