Por Tania Farias
Aprender un nuevo idioma es un proceso que toma su tiempo y es común que durante ese camino se presenten algunos errores de compresión. Al vivir en inmersión en un país extranjero, estos errores pueden tener sus consecuencias…
Habían pasado más de tres semanas desde mi llegada cuando finalmente se concluyeron los trámites de inscripción en la escuela de idiomas a la cual asistiría dos veces por semana; días en que los niños de la familia tomarían su almuerzo en la cafetería de la escuela.
Para asistir a los cursos de francés, cuyo aprendizaje era obligatorio por el tipo de visa que se me había otorgado al entrar al país, tendría que ir a la ciudad de Nimes que se encontraba a una media hora del pueblo donde vivía.
En mi primer día de escuela, la señora C me llevó hasta una parada de autobuses en una comunidad cercana llamada Remoulins, ubicada a un aproximado de diez minutos en carro desde nuestra morada. La parada se encontraba sobre la calle principal que era parte de la carretera que conectaba las ciudades de Nimes y Avignon (es curioso, pero a pesar de tantos años transcurridos desde que aprendí aquella vieja canción infantil que hace referencia a un puente en dicha ciudad, no puedo evitar, cada vez que escucho el nombre de Avignon, que en mi cabeza se formen las estrofas de Sur le pont d’Avignon on y danse, on y danse. Sur le pont d’Avignon on y danse tous en rond).
Para mi segunda clase y a partir de ese momento, yo llegaba a la parada de autobuses con el carro que la familia A había puesto a mi disposición: un viejo Renault de color azul. Al principio me sentí afortunada por tener un carro para mi pero pronto descubrí que era una mera ilusión por lo cual únicamente lo utilizaba en contadas ocasiones. Por un lado, la familia solo me pagaba una parte de la gasolina (cuando utilizaba el carro para llevar a los niños a sus actividades extraescolares fuera de pueblo) y el resto tenía que pagarlo yo. Aunque la situación era la misma con los tickets del autobús para viajar a Nimes, pues la familia únicamente pagaba el cincuenta por ciento del costo, era una opción mucho más adaptada a mi muy bajo presupuesto.
Como nota especial, desde que se hicieran los trámites para mi visa, la familia A había sido informada de su obligación por cubrir la totalidad del costo de mi transporte para que pudiera asistir a clases. Desafortunadamente, esa información llegó a mi conocimiento muy tarde. En una visita que hice al Departamento de Trabajo, casi al final de mi contrato con la familia A, la responsable me preguntó sobre mi experiencia, con la intención de verificar que las obligaciones del contrato habían sido cumplidas por ambas partes. Resultado: la familia A había incumplido con varios lineamientos.
La segunda razón por la cual solo utilizaba el carro en ocasiones especiales y por cortas distancias, era que en realidad no me sentía cómoda conduciéndolo; mis habilidades eran muy limitadas. Si bien contaba con un permiso de manejo, las horas que había pasado detrás de un volante, antes de llegar a Francia, habían sido muy pocas.
Cada martes y jueves, después del término de mis clases, salía de Nimes a eso de las dos y media de la tarde. Era importante que llegara a más tardar a Remoulins a las tres porque debía recoger a los niños a la salida de su escuela. Mi rutina era siempre la misma: bajarme en la parada, cruzar la calle para llegar a donde dejaba estacionado el carro y emprender mi camino al pueblo. Fue en una de esas ocasiones en que conocí a H, un chico alto, de cabellos rizados, facciones finas, a excepción de sus labios gruesos, y muy probablemente un par de años más joven que yo; jamás confirmé su edad.
Por la manera en que se dio nuestro primer encuentro, estoy segura de que H ya me había visto llegar con el autobús a Remoulins en al menos otra ocasión. Ese día, el camión había salido con retraso de Nimes. Con ansiedad, miraba, deseando que el carro se moviera a una mayor velocidad, primero la carretera y después el reloj de un viejo celular que la señora C me había prestado para poder estar en comunicación conmigo. Todo el camino lo hice con la preocupación y el temor de no poder estar a tiempo a la salida de la escuela de los niños. Al bajar el primer escalón del bus vi a un chico, de mirada intensa, que me tendía la mano. Retiré la mía, como si me la fuera a robar, pero sin vergüenza e insistencia, el chico me tomó la mano y la guardó en la suya hasta que las puertas del camión se cerraron detrás de mí y continuó su ruta. Yo había sido la última en bajar.
De pie en la baqueta recuperé mi mano y escuché que el chico pronunciaba frases que apenas si podía comprender. En los siguientes encuentros que tuve con él supe que H era de origen Marroquí y que había emigrado a Francia junto con su familia cuando era un niño pequeño. Fue justo después de conocerlo que noté que en las regiones del sur de Francia había una gran población de inmigrantes de los países del Magreb: Marruecos,Túnez y Argelia. Al principio, en mi ignorancia, creía que todas las personas que veía en la calle eran de origen francés, a pesar de que evidentemente en el físico había diferencias.
Esa primera conversación con H fue muy corta ya que yo no disponía de tiempo para alargarla. En el momento en que me despedía para correr al carro, H gritó pidiendo mi número de teléfono. Aunque H no era exactamente el tipo de chico que me solía gustar me pareció atractivo, así que sin pensarlo más le di mi número. Además, si mi objetivo al vivir en Francia era alcanzar un buen nivel del idioma, no había nada mejor que el poder practicarlo lo más posible. Un nuevo interlocutor siempre era bienvenido.
Me volví a encontrar con H el lunes de la semana siguiente. Me había llamado y acordamos que nos veríamos en el pueblo donde yo vivía antes de que fuera a recoger a los niños a la escuela. La cita fue en una plazoleta muy cerca de la casa de la familia A. Después de un saludo con un doble beso en las mejillas que me sorprendió, pues yo solo estaba acostumbrada a saludar cuando mucho con uno, H me propuso ir a caminar por unos de los senderos que rodeaba el pueblo. Era el camino hacia el cementerio de la comunidad; lo conocía porque habíamos paseado con los niños un miércoles después del almuerzo. A lo largo del sendero se extendía una valla en piedra que separaba el camino de los terrenos de cultivo y de los viñedos, muy numerosos en la región.
Durante la caminata, H me contaba cosas sobre su escuela. Yo tenía que hacer un esfuerzo enorme por seguir el hilo de la conversación, pues a pesar de que mi comprensión oral había mejorado con el tiempo que ya tenía viviendo en el país, aún me quedaba un largo camino por recorrer. H me dijo que estudiaba para un día ser panadero. A mí me parecía interesante el hecho de que en Francia existieran escuelas en las cuales las personas pueden prepararse para oficios manuales como la panadería, la carpintería, la construcción y otros. Todo a través de un sistema de alternancia: uno días de la semana se asiste a la escuela y los otros se aprende en el terreno; además de recibir un sueldo.
De pronto, H se detuvo, se sentó sobre la valla y me jaló de la mano para que me sentara junto a él. Lo seguí, y cuando yo estaba apunto de consultar la hora en el celular, H se levantó y se puso frente a mí. Con una amplia sonrisa y mirándome fijamente me preguntó:
—Tu veux être ma copine ?
Según mis libros de francés (al menos, los que había podido estudiar hasta ese tiempo) copine era un término utilizado para referirse a una amiga; por lo mismo, se me hizo extraño que me preguntara si quería ser su amiga, pero al mismo tiempo, me pareció un gesto lleno de ternura, y con la misma sonrisa que él me ofreció, le dije que sí. Cuando menos acordé, sus labios estaban sobre los míos y su lengua dentro de mi boca.
Como se acercaba la hora en que debía ir a recoger a los niños, aún en estado de sorpresa, dejé que me tomara de la mano durante el camino de regreso. Mientras su brazo pasaba alrededor de mi cintura, yo sentía como todos mis músculos se contraían y no podía borrar la sorpresa de mi cara. Había un verdadero malentendido en esa situación y era claro que mi comprensión del francés se estaba quedando corta.
Pasamos por enfrente de la casa donde vivía pero preferí no darle esa información, así que seguimos hasta la plazoleta donde nos habíamos encontrado, y me despedí. Por supuesto, H no me dejo ir sin darme un último abrazo y otro beso en la boca.
Al día siguiente, llegué a la escuela de idiomas muy temprano. Esperaba dando pequeños brinquitos afuera del salón que se encontraba aún cerrado. Mi nivel de ansiedad era tan alto que apenas si intercambié algunas palabras con mis otros compañeros. En cuanto vi a la maestra acercarse corrí hacia ella. Necesitaba despejar mis dudas fuera del alcance de los oídos de mis compañeros.
Después de saludarla, le pregunté si estaba equivocada en que el término para novia en francés era Petit amie. Esa era la manera como yo lo había aprendido en los cursos que había tomado en México. La maestra me dijo que sí, que tenía razón. Sin embargo, eso dependía de la edad de las personas.
—¿Cómo así? —pregunté más intrigada que nunca.
— Petit amie lo utilizan, digamos, los chicos de secundaria. Cuando ya se es más
grande, se utilizan otros términos. Copine, es el más común —me dijo abriendo la sala e invitándonos a entrar.
Mientras me sentaba en mi lugar y preparaba los cuadernos para empezar la clase me dije: “de los errores también se aprende. En todo caso, parece que ya tienes tu primer novio oficial en Francia”.
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