Susana Argueta
Avanzo por el camino de terracería. Ni un solo auto, ni una sola alma. El calor ya rebasa los 30°. Aunque tengo el aire acondicionado, sigo sudando. No es por el calor. Es por el miedo. Me imagino toda clase de incidentes: asaltos, violaciones, desperfectos del auto, animales ponzoñosos, vendavales. Una señal escondida entre los arbustos: “Al Santuario de Cactus. 10 kilómetros”. Me detengo a recobrar el aliento.
El ruido del motor deja lugar al silencio. El paisaje es estupendo. El cielo azul intenso contrasta con el color de la tierra, el verde polvoso de los arbustos y el amarillo intenso de pequeñas flores derramadas entre los cactus. Un correcaminos camina por el frente del auto y me mira. Se detiene a la orilla del camino y luego desaparece.
El miedo es un gran mentiroso, susurra cosas terribles y te hace creer que son ciertas. Hace más grande lo temible y te hace débil. Pero también es un cobarde. Huye en cuanto te aferras a la realidad y recuperas la conciencia de tus posibilidades. Pensar de esta manera me hizo recobrar la calma de manera paulatina.
Permanecí sentada por un tiempo indeterminado clavada en mis pensamientos, en silencio. Mis sentidos se fueron aguzando y pude escuchar una leve brisa corriendo entre la vegetación y el aleteo de algunas aves. “Yo también tengo voz”, me dije. Y pronuncié mi nombre. Mi voz sonó extraña y cálida y esta idea me hizo reír. Estaba recuperando la calma. Caí en la cuenta de que, si bien no podía dejar de estar alerta, no todo era peligro.
