Por Tania Farias
En Francia, en todo caso, en aquella época en que viví la experiencia de ser una au pair, los niños de las escuelas primarias no asistían los miércoles a clases. Para los padres que trabajaban era todo un reto de organización. Algunos podían contar con el apoyo de la familia para cuidar a los pequeños durante esos días; otros, pagaban, cuando la escuela lo ofrecía, el servicio llamado Centre de loisir donde los niños realizaban actividades recreativas. Algunos, en su mayoría de veces la madre, optaban por trabajar a medio tiempo y así quedarse en casa los miércoles. Otras familias, esas que tenían los medios económicos, elegían llamar a alguien externo, una niñera o como en mi caso, una au pair que entretuviera a los vástagos durante todo el día. De sobra está decir que los miércoles no eran mis días favoritos. Los miércoles además de que M y P se quedaban en casa L, la hija mayor, tenía una jornada corta y regresaba justo al mediodía para comer con nosotros.
Las primeras dos semanas, la señora C dejó preparados los alimentos y mi tarea solo consistía en calentarlos y servirlos. Esa alternativa era para mí la mejor manera de organización, pues digamos que para ese tiempo mis aptitudes culinarias eran casi nulas.
La tercera semana de mi estadía en casa de la familia A estuvo muy agitada y la señora C no tuvo el tiempo de preparar con anticipación la comida de ese el miércoles. Así que el martes por la noche me dio dinero con las instrucciones de comprar cuatro chuletas de cerdo, las cuales, me dijo serían muy sencillas de preparar. Solo tendría que sazonarlas con sal y alguna hierba que encontrara en la cocina y asarlas en una cacerola. Para acompañar, me propuso preparar pasta “sigue las instrucciones de cocción en el paquete, las escurres y les agregas un poco de mantequilla”, me explicó. Por último, debía comprar un bonche de ejotes con la señora que tenía su puesto de verduras a un lado de la carnicería y cocerlos en agua y sal.
A esos de las diez de la mañana, un poco preocupada por esa comida completa que debía preparar, pedí a los niños que se cambiaran porque teníamos que ir a hacer algunas compras al diminuto centro del pueblo donde vivíamos. Como desde el primer día, P ignoró mis órdenes y fue M quien tuvo que ayudarme a convencerlo de obedecerme. Con tan poco tiempo en el país, mi nivel francés era muy limitado y una vez en la carnicería evité en lo máximo conversar con el dueño, así que con escasas palabras le expliqué lo que necesitaba: cuatro chuletas de cerdo. Por ignorancia, y sin duda, por falta de vocabulario, no me preocupé por el tamaño ni el peso de cada chuleta.
De regreso en la casa les dije a los niños que se fueran a jugar un rato; yo tenía que ocuparme de asuntos serios. Desde la cocina podía escuchar que los chicos habían elegido jugar en el cuarto de juegos/mi habitación. Eso me causaba un poco de disgusto; no me agradaba saberlos tan cerca de mis cosas, de mi privacidad, sin mí presente. Al no poder quejarme por esa situación, decidí concentrarme en la tarea delante de mí.
Aún seguía cocinando cuando L llegó. Mi entras se quitaba botas y abrigo, yo salí rapidísimo de la cocina, pues temía que algo se quemara, para explicarle que pronto comeríamos. L preguntó por sus hermanos y después se dirigió a su propia recamara.
Al punto de las doce treinta la mesa estaba lista y la comida servida. Desde el comedor grité para que todos bajaran a comer. Por supuesto, mi llamado fue ignorado y tuve que subir y casi obligarlos a pausar su juego, o de otra manera la comida fría estaría incomible.
Con los niños sentados a la mesa, aun seguíamos esperando a L quien finalmente después de un rato bajó acariciando su larga cabellera rubia de la cual estaba sumamente orgullosa. Cuando L llegó, los problemas también. Al sentarse y ver la chuleta ocupando casi la mitad de su plato empezó a quejarse por la comida. Al principio, le respondí con tranquilidad que esas habían sido las instrucciones de su mamá. Por supuesto, mis explicaciones le fueron insuficientes y continuó la queja con argumentos tales como que el cerdo era muy grasoso, ¿acaso yo tenía la intención de engordarlos?, ¿qué eran esas porciones? Concluyó su letanía proclamando que ni de loca se comería eso pues ella sí se preocupaba por su peso y salud. L tenía razón, las chuletas eran enormes, pero mi inexperiencia no me permitió actuar de una mejor manera. Qué sabía yo de porciones infantiles, tan solo me limitaba a seguir instrucciones.
Mi respuesta para cada queja fue la misma, “tu mamá me pidió que les preparara eso”. Por el contrario, mi paciencia ya no era la misma y esta comenzó a agotarse cuando M y P se unieron al unísono a las quejas de su hermana mayor. De pronto, L se levantó sin haber probado un solo bocado y me lanzó un “a mí no me vas a obligar a comer eso”. M y P le siguieron. Viendo a los tres de pie, intenté sentar a los más pequeños. L salió corriendo con una sonrisa maliciosa e hizo un llamado a sus hermanos para que no se dejaran atrapar.
Con poca experiencia cuidando niños, en la universidad no había aprendido eso, además de que era muy joven, no fue difícil caer de lleno en la provocación. En un momento dado, me encontré también corriendo por entre los muebles, tratando de atrapar a los niños y gritando que debían comer pues era la orden de su mamá. Ellos se reían a carcajadas y armaban “estrategias” para que no los pudiera atrapar.
Frustrada y hasta cierto punto humillada vi como abrían las puertas y salían al jardín sin suéter y en pantuflas, a pesar de que el otoño (y para mi cuerpo nada habituado al frío) ya estaba bien instalado. Mortificada y vencida me dejé caer en el primer escalón de las escaleras que llevaban al jardín. Mis pensamientos en ese instante eran de temor, cómo le explicaría a la señora C lo sucedido, cómo le diría que los niños no habían comido nada, cómo le explicaría que no había podido hacer mi trabajo. Mientras tanto los niños seguían corriendo y hasta se acercaban para luego alejarse de nuevo, burlándose de mí. L seguía liderando la revuelta y ver su sonrisa de triunfo aumentaba mi frustración.
En el punto más bajo de mi desasosiego, llegó de repente un nuevo pensamiento a mi cabeza y un sentimiento de alivió me llenó. Si no querían comer no era mi problema, yo no seguiría con ese juego idiota. Me dije que no tenía que soportar esos tratos y la solución la tenía en mis manos. Entonces, limpié mis lágrimas, me metí a la casa, y empecé a recoger el comedor. Después, seguí con la limpieza de la cocina. Los niños al ver que yo ya no reaccionaba a su juego se cansaron de seguir corriendo y entraron al poco tiempo. El frío debió haberles empezado a calar. L pasó cerca de mí buscando retarme con la mirada, pero la ignoré. También, cansada con el juego, se fue a su cuarto a hacer la tarea, porque eso sí, en casa podía ser la adolescente provocadora y rebelde, pero en la escuela era una estudiante modelo y tímida.
Cuando la señora C regresó, yo la esperaba en la sala mientras los niños jugaban en mi cuarto y L seguía en el suyo. Después de su saludo me preguntó cómo había estado el día. Sin rodeos le respondí que mal y proseguí a contarle lo que había sucedido y como L había liderado la revuelta. Su semblante cambió cuando le dije que no estaba dispuesta a recibir esos tratos, que para mí eran una falta de respeto. Yo estaba allí con la intención de aprender un idioma, de intercambiar experiencias culturales, pero no a ese precio. No tenía la necesidad de sufrir de esa manera, y le pedí que me diera solo el tiempo suficiente para cambiar mi vuelo. Regresaría a México en los próximos días y así todos estaríamos contentos.
La señora C se exaltó y me dijo que no podía hacerle eso. Ella estaba trabajando y necesitaba de alguien para cuidar a los niños en su ausencia. Le expliqué que entendía su posición pero para mí sus hijos habían rebasado un límite y nuestra relación laboral no podía funcionar bajo esos términos. Después de un momento, la señora C se calmó, prometió que nunca se repetiría una situación similar, y me pidió de favor que no me fuera.
Esa noche, al término de la cena, los niños fueron privados de postre y el señor F con una cara de enfado les explicaba que no podían volver a comportarse como lo habían hecho ese mediodía. Los pequeños miraban a su plato sin atreverse a decir nada. Fiel a sí misma, L continuaba desafiando a todos con la mirada. A pesar de su insistencia por revoltarse, ella y yo nunca volvimos a tener un enfrentamiento similar.
Algunos días después, durante el desayuno, estalló una discusión entre L y su papá. Sin temor a nada, la adolescente lanzó fuertes insultos que en mi familia jamás hubieran sido tolerados. No puedo ni siquiera imaginar el castigo que me hubiera representado decirle algo de ese estilo a mi padre. Pero L solo recibió otro grito de parte del señor F diciendo que a él no se le hablaba así. L salió de la cocina con la cabeza en alto en señal de triunfo, protegida por la impunidad que allí reinaba. En ese instante comprendí que era evidente que en algún momento esa niña debía haber rebasado los límites conmigo pues ni siquiera a su padre respetaba.
Si te gustó este artículo también te podría interesar:
