Susana Argueta
Tuerzo la dirección y entro en un camino de terracería roja. El letrero adosado al cerco de una choza ofrece queso en venta, pero no hay nadie. Quise bajar a preguntar; la idea se desvaneció en cuanto vino. Mi cerebro mantuvo el pie en el acelerador. ¿Qué tal si se dan cuenta que vengo sola?
No hay indicación sobre la distancia hasta el bendito santuario. ¿Voy? Todavía puedo dar la vuelta y regresar a la semiseguridad de la carretera, pero mi orgullo es más fuerte. “Ok, Google, ¿cuántos kilómetros faltan para el Santuario de Cactus”. Silencio. ¡Demonios! Perdí la señal.
Teodora huyó de Metepec y llegó a Real del Monte. Se fue por el miedo de perder a sus hijos, sobre todo a Eduardo, el único varón y heredero del rancho. Se lo podían quitar. Fue un impulso, el primero de muchos de ahí en adelante. Tomó a su prole y salió del Tepozán. No sabía de qué iba a vivir, ni dónde, ni cómo. No se sabe mucho. Dicen que una vecina se compadeció y le enseñó a hacer tortillas para vender en el mercado. El primer día no vendió ni una. Sentía vergüenza.
¿En qué momento? ¿Cómo? ¿Cuál fue el evento que la hizo cobrar conciencia, vencer el temor y hacerse cargo de su vida?
