
Nada importa, hace mucho que lo sé. Así que no merece la pena hacer nada. Eso acabo de descubrirlo.
Por: Samia Badillo
Kary me regaló en mi cumpleaños un libro donde se lee esa frase en la portada. Lo inicié en un viaje donde pasé cinco horas en carretera. A medida que iba avanzando me quedaba un poco helada con la narración y una vocecilla dentro de mí me decía: “déjalo ya, lo último que necesitas ahora es una lectura nihilista; tu estado de ánimo no está como para perder las esperanzas y deprimirte”. Pero había en mí un impulso fuerte por atravesar la duda. Así que me dije: si el sinsentido va a explotar dentro de mí, que explote por completo. Y continué leyendo.
La frase descrita es en realidad una declaración de principios que hace uno de los adolescentes protagonistas, Pierre Anthon, mientras se levanta de su pupitre en su escuela y recoge con tranquilidad sus cosas, para abandonar después el salón de clases, ante la mirada perpleja de los demás alumnos.
Quizá esa hubiera sido sólo una anécdota de final de las vacaciones de verano para sus compañeros, de no haber sido porque Pierre se sube a un árbol de ciruelos todos los días y desde allí lanza y lanza frases que increpan a los adolescentes que pasan necesariamente por allí hacia su colegio. “Todo da igual, porque todo empieza sólo para acabar. En el mismo instante que naces, empiezas a morir. Y así ocurre con todo” o: “La tierra tiene cuatro mil seiscientos millones de años, pero ustedes llegarán como máximo a cien. Existir no merece la pena en lo absoluto” o incluso: “todo es un gran teatro que consiste sólo en fingir y ser el mejor en ello”.
Pierre lanza frases y sus compañeros le lanzan piedras. Y así empieza una pelea entre el sentido: “Yo sí llegaré a ser alguien” (como piensa el grupo de sus antiguos amigos, reafirmados diariamente por la sociedad en la que viven) y el sinsentido “nada importa” (que pregona Pierre Anthon, descansando sobre un ciruelo mientras los demás cumplen con las demandas sociales y sus rutinas).
Pasadas las primeras páginas, mi vocecilla interior pensaba: pues, Pierre Anthon tiene razón: somos un suspiro en la vida de la tierra. ¿De verdad vale todo el esfuerzo de creernos un poco más que actores en este gran teatro del mundo? pero a la vez también pensaba: pero sí hay cosas que tienen sentido, porque nosotras se lo damos…¿O no?
Los adolescentes tienen esta contradicción y apuestan por ganarle a Pierre. Primero, lo derriban del ciruelo, pero esto sólo es una victoria efímera. Pierre vuelve con más frases que amenazan su idea de mundo. Sofie, la más pequeña del grupo, es quien finalmente da una idea para confrontarlo definitivamente: “tenemos que demostrarle a Pierre Anthon que existen cosas que importan”. Y es así como el grupo de amigos va hacia una bodega abandonada para depositar allí lo que más tiene significado para ellos, y armar así, con todo esto, un montón de significado. ¿Cómo elegir qué cosa irá a parar a ese montón? bueno, el mejor amigo/a o la persona más allegada de ellos en el grupo, lo decidirá.
¿Qué es lo que tiene más significado para un adolescente o para un niño? ¿Una bicicleta? ¿Unas zapatillas verdes, deseadas muchas veces frente a una brillante vitrina? Quizá el tapete de oración para un joven musulmán. ¿Un hamster que acompaña a una joven hija de padres divorciados? pero… podemos ir más allá ¿qué me dicen del certificado de adopción de una de las protagonistas? o ¿el hermano muerto de otra? ¿Y si alguien pidiera la virginidad de una de ellas?… exactamente.
Llegadas a este punto, es imposible que como lectoras no nos preguntemos ¿Qué es eso que nos es tan valioso, a lo que le tenemos apego? ¿Qué es lo que a nosotras nos da significado? ¿Qué iría a parar ahí, en el montón de significado de estas chicas y chicos? ¿Qué perderíamos realmente si renunciamos a eso que nos significa?
Lo que pasa en la novela después, muchas personas lo han tildado como surrealista. No daré spoilers y sólo diré que descubrirlo mediante la lectura de este libro vale mucho la pena. Lo que sí apuntaré es que el libro es una invitación a preguntarnos por los sentidos que nos mueven. Como dice la autora en una nota, al final de la novela: “Pierre Anthon podría lógicamente tener razón si observamos la vida a largo plazo. Pero la cuestión es que no vivimos en el largo plazo. Vivimos en el aquí y en el ahora”.
Estos y estas jóvenes están descubriendo el mundo y por ello es vital demostrar que hay sentido en él. A casi cualquier costo. Pero, nosotras, de adultas, ¿tenemos nuestro sentido afianzado e inamovible del mundo? ¿Desde dónde creamos sentidos y sobre qué descansa el sentido y el significado que nos mueve?
Justo ahí creo que entra la voz inquietante y disruptiva de nuestro Pierre Anthon. Una voz ‘loca’ que, sobre todo de adultas, tratamos de callar. A veces nos peleamos con ella; a veces, la reprimimos. A veces, no la validamos: tenemos tantas cosas valiosas en qué pensar. ¿Cómo vamos a perder tiempo en filosofías y sin sentidos? Pero esa vocecilla existe. Y si no le hacemos caso, se anida. Lo que no te mata te hace más fuerte, dice el refrán. Pues lo que se reprime, se hace más fuerte, y busca siempre la forma de expresarse.

Esta voz me recuerda mucho a lo que representa el loco en el Tarot: algo descabellado, nuevo, con un impulso frenético. Algo impulsivo, incluso por su potencia, amenazante. Algo disruptivo (sobre todo con el orden establecido). ¿Qué es lo que sí se le permite decir al loco por su condición y que sería fuertemente juzgado en la voz de un cuerdo? ¿A dónde acomodamos eso que amenaza a nuestra racionalidad y nuestras propias ideas del mundo? ¿Qué lugar le damos nosotras a nuestro propio ‘loco’ en nuestra vida?
La autora, al final de la novela, dice que, a pesar de la censura que ha sufrido por tratar temas muy fuertes (insisto, vale mucho la pena seguir el desarrollo de los personajes y de lo que son capaces), en la novela hay una luz. Quizá los personajes no lleguen a verla, pero la luz, a través de ese trayecto, se ilumina para nosotras, las lectoras: ¿Qué nos dice nuestro propio loco? ¿Qué ‘verdad’ nos grita, callando a nuestro ego?
Las verdades de la vida, pienso, no siempre llegan en frases literales o unívocas.
Que la vida no tenga sentido per se, puede ser una verdad. Que el sentido es lo que construimos día a día, con los significados que creamos y nos crean en el mundo, también.
Quizá no lleguemos a nuestras verdades más profundas (las nuestras, no las de la sociedad o el exterior) sin oír nuestras propias voces. Completas. Y eso incluye a aquellas que son incómodas, desafiantes, abrumadoras, que se posan campantemente sobre un árbol y sonríen mientras las escuchamos, como Pierre Anthon.
Las voces de la nada quizá escondan tras de sí las voces del deseo. Y quizá el sentido espere allí, en esa confrontación con nuestras propias voces, que nos miran risueñas, cantando sobre el ciruelo.

Mediadora de lectura, narradora y creadora de contenido digital. Su trabajo ha estado ligado al acompañamiento de grupos, la creación literaria y la investigación de la Literatura de tradición oral en México y sus vínculos comunitarios. Actualmente se desempeña como consultora en el área de diseño y comunicación en equipos de UX (User Experience).
