Una mujer que escribe tiene poder. Una mujer con poder es temida. Ante los ojos del mundo esto nos convierte en bestias peligrosas.
Gloria Anzaldúa

Por Silvia Santaolalla
M, ¿tú eras obediente cuando eras niña? Enredo el hilo entre los dedos mientras uno las últimas partes del trabajo que estoy tejiendo, el sueter que voy a entregar. Dicen que los gatos imitan las conductas de los humanos que los crían y estoy casi segura de que mi gata es la más desobediente del mundo. Se escapa detrás de otros gatos, me muerde la cara cuando duermo, maúlla sin control, muerde y rasguña hasta que dejo en paz el libro que estoy leyendo y la acaricio. A veces me tapa la nariz cuando duermo hasta que despierto asustada y se echa a correr. Le cuento todo eso a M, le digo: ¿tú le hacías caso a tu mamá? Enredo y desenredo los hilos mientras suelto la lengua. Le digo: M, ¿no sentías algo dentro de ti que iba siempre en contra de ella? Cuando me doy cuenta llevo más de tres horas tejiendo y contando lo desobediente que siempre fui (soy) con mi mamá.
Después de entregar el sueter me voy a casa leyendo en el camión. La gente que se apretuja, el sol pega del lado de mi ventana, el cabello se me enreda. Sigo pensando en la obediencia, en lo mucho que me cuesta seguir las reglas. Pienso en lo difícil que ha sido para mi madre tener una hija tan malcriada como yo. En las peleas que nos hubiera ahorrado si pudiera aprender por fin a decir sí. En ponerme el vestido que quería, en peinarme como le gustaba, en llegar a casa saliendo de clase, en limpiar en lugar de cargar con libros, libretas, plumas chorreadas y audífonos puestos todo el día. Pienso en las paredes con flores que hubiera preferido en lugar de los posters pegados con engrudo, las frases rayadas al pie de las paredes, las sábanas revueltas, la ropa arrugada, los tenis sucios. Pienso en los años de adolescencia, pero incluso los de infancia fueron complicados cuando me negaba a hacer lo que las maestras me pedían. Entre todas las fallas que me encuentro la lengua suelta es la peor, la lengua salvaje, la que nunca me muerdo.
Olvídate del cuarto propio dice Anzaldúa, «escribe en la cocina, enciérrate en el baño. Escribe en el autobús o mientras haces fila en el Departamento de Beneficio Social o en el trabajo durante la comida, entre dormir y estar despierta». Entonces de niña no lo sabía pero era como si me hubiera leído Una carta a escritoras tercermundistas. Desde que aprendí a leer, me lo leí todo, me lo bebí con sed voraz. Me lo devoré todo como quien no ha comido en días. Me quedaba despierta abajo de las colchas, encerrada en el baño, con luces escondidas. Después en el celular, en la computadora. No hay regaño, castigo, advertencia, amenaza que me haya detenido. Y ahora la lengua es indomesticada. Creo firmemente en la relación que hay entre quien toma la palabra, la doblega, la hace suya y la desobediencia.
Hay que tener curiosidad para cuestionar lo establecido, pero también el fuego del cambio. Y por eso creo que mi mamá siempre esperó que fuera desobediente. Por eso no me daba miedo responderle, estrellar la puerta con furia, negarme a seguir órdenes absurdas en la escuela. Por eso puedo ver con indiferencia el desórden, las pilas de libros por la casa, el polvo, mientras escribo esto. Puedo tirarme la tarde entera a leer sin culpas domésticas. Puedo alzar la voz en un salón. Puedo decir no. Porque ella también fue parte de ese chispazo que me hace no temerle a las reglas. Por eso hablo con lengua salvaje, indomesticada.

Silvia Santaolalla, habladora, malcriada y rebelde. Escritora y artista visual. La primera de las dos ñañas siamesas. Su trabajo aborda temas como: el género, la sexualidad y el cuerpo. Ha sido publicada en las revistas: Marabunta (2018), Gata que ladra (2019), Punto de Partida UNAM (2022, 2023), Página Salmón (2022), Especulativas (2022).
