Susana Argueta
La bisabuela Teodora nació en 1890. Tal vez. De acuerdo con su acta de defunción, nacería tres años después y si contamos desde que parió a mi abuela, habría nacido en 1886. Su edad real nunca fue clara. Hace poco supe que fue violada a los trece años por Eleuterio, el hijo del patrón, mi bisabuelo, el padre de sus hijos. No sé si se casaron, pero Teodora era su mujer el día en que lo mataron.
Violación. La romántica historia de la familia no hablaba sobre eso. Por muchos años, la muerte violenta de Eleuterio Pérez había sido una tragedia porque dejó a Teodora viuda y a sus hijos huérfanos. Más bien, fue su primera liberación. La huida de la casa de los suegros completó su emancipación, aunque luego no sabría qué hacer con esa libertad. Tenía alrededor de 24 años, cuatro hijos pequeños y ninguna manera de ganarse la vida.
El sol llegaba casi al cénit. La temperatura era ya de 25 grados. Una nube intermitente dejaba caer algunas gotas de agua que se evaporaban tocando el suelo. Unos cuantos autos se habían cruzado en mi camino. Los pensamientos dejaron de fluir por un momento y regresé de golpe al presente. Me dolían las manos aferradas al volante y sentí la cabeza palpitar. Venía una jaqueca.
Una señal en la carretera indica el camino al Santuario de Cactus. Lo había visto en el folleto de turismo. Si viniera acompañada no lo hubiéramos dudado. Yo sola sí. ¡A la chingada con el miedo!
