De recuerdos, aventuras y reflexiones | Ese primer día

Por Tania Farias

Después de una buena noche de más de quince horas, agotada por un exhaustivo viaje de travesía por el Atlántico y llegar hasta ese pequeño pueblo en la región del Gard, al sur de Francia, desperté en la habitación que se convertiría en mi espacio de escape por los próximos ocho meses. En ese lugar podría alejarme de los miembros de la familia que me recibía, cuando nuestras diferencias culturales y personales me agobiaban; allí lloraría durante horas hasta ser vencida por el sueño y también sería el lugar donde devoraría libros buscando en mis momentos más oscuros y de soledad escapar de allí, al menos con la imaginación.

Mi contrato de Au Pair estipulaba que tenía que disponer de una habitación para mí. Y así fue. Sin embargo, como en muchas situaciones, la familia A cumplía sólo “en papel” con las reglas establecidas por la Dirección de Trabajo de Francia, pero las ajustaban demasiado a su conveniencia y no siempre a la mía.

El cuarto que se me asignó estaba ubicado en el ala izquierda de la casa, justo arriba de la cocina. Esa disposición era cómoda para mí, pues todas las otras habitaciones se encontraban en el lado opuesto de la residencia dándome una sensación de privacidad. Al dormir en el costado izquierdo de esa vieja casa de piedra, tan solo escuchaba un mínimo de las frecuentes discusiones de pareja, a excepción, por supuesto, de las que explotaban en el comedor que se encontraba a medio camino. Era común que los altercados llegaran a los gritos, situación que, como alguien ajena a la familia, me hacía sentir  incómoda, como si fuera una intrusa que participaba de un momento privado que no me pertenecía.

Por otro lado, mi recámara tenía sus desventajas. La primera: el baño que debía utilizar y que compartiría con los niños más pequeños de la familia, P y M, se encontraba en el último piso del ala derecha de la casa. La segunda, mi habitación era una recámara improvisada. En vista de mi llegada, la familia había instalado una cama individual en el cuarto de juegos. Si bien era un espacio muy amplio, donde el mobiliario que se agregó para mí (una cama, una pequeña mesa y una silla), cabía perfectamente entre los anaqueles repletos de juguetes, todos los fines de semana a las ocho en punto tenía a los niños, en especial al más pequeño, tocando y gritando detrás de mi puerta deseosos de jugar. La situación de por sí era bastante molesta, pero lo era aún más los domingos, que se suponían, eran mis días de descanso. Digo que se suponía porque en los primeros meses llegó a ocurrir que la señora C me pidiera echarles un ojo a los niños mientras ella y el señor F salían a hacer algunas diligencias. Viviendo bajo el mismo techo, me era imposible negarme, aunque sabía de antemano que no habría una retribución a cambio de las horas extras trabajadas.  

Lo peor fue que ese tipo de “favores” se volvieron una constante. Incluso, el favor llegó a extenderse a un fin de semana entero en que los señores de la familia A decidieron viajar  dejándome con sus tres hijos a cargo. 

P, el hijo menor, de tan solo cinco años, era un niño rubio, con sus facciones aún de bebé y un tanto regordete. Tenía un carácter fuerte y en numerosas ocasiones me hizo reclamos por la ausencia de su mamá. Para el pequeño P, yo era la culpable de que su mamá no pasara tanto tiempo con él. Por otro lado y para mi fortuna, creamos un lazo de amistad y de mucho cariño con el hermano de en medio, M, de ocho años, quien era más bien pelirrojo, de cabellos muy parados y una carita repleta de pecas. Él siempre estaba al pendiente de mí, era quien me motivaba a leerles por las noches para que mi pronunciación se mejorara y aumentara mi vocabulario; veíamos películas juntos, jugábamos mucho y nos divertíamos. Fue M quien me enseñó muchas expresiones coloquiales y me ayudó a comprender la cultura francesa desde el mundo infantil. Gracias a él pude, muchos años después, cantarle a mi hijo, las  canciones de cuna e infantiles más populares en Francia. Con L, la mayor, logramos crear un poco de complicidad, pero al mismo tiempo me exasperaba su actitud caprichosa y grosera. L también era rubia, de un castaño cobrizo. Llevaba una melena larga y lacia, la cual cepillaba con devoción durante largos minutos cada noche mientras esperábamos la cena. 

En ese mi primer día en Francia, después de estirarme por unos segundos en la cama retiré las cobijas, bien necesarias para esos últimos días de octubre. Caminé hasta el otro extremo de la habitación y me detuve frente a la diminuta ventana. Corrí la cortina y lo primero que noté fue el cielo gris que se extendía sobre los viñedos que comenzaban justo enfrente de la casa. Esa falta de luz estaría presente en muchos de mis días y sería motivo de discusión y de risa en mi clase de francés algunas semanas después. Unos compañeros, una pareja de jubilados de Inglaterra, compartirían con la clase que lo que más apreciaban de vivir en el sur de Francia eran los numerosos días de sol. “Es chistoso”, les respondería yo,  “para mí es todo lo contrario. Cada día que me levanto y abro la cortina lo primero que me pregunto es: ¿por qué nunca sale el sol aquí?”

La casa estaba en silencio y por un momento creí estar sola. En la planta baja me encontré con la señora C quien preparaba un pequeño refrigerio con carnes frías, queso y pan. La señora C, al igual que sus hijos era rubia, de piel muy blanca que se tornaba a un rojo intenso cuando se exponía al sol o hacía un esfuerzo físico. En estatura, era más baja que la mía (como referencia, tan solo mido un metro con sesenta y dos centímetros) y tenía una fuerte corpulencia, todo lo contrario a su esposo, el señor F quien era de cabello oscuro, delgado y un tono de piel que denotaba su ascendencia española.

Eran cerca de las doce del día. Mientras comíamos, la señora C me explicó que los niños estaban en la escuela y que iríamos a recogerlos juntas a la hora de la salida: las cuatro de la tarde. Sería la ocasión para presentarme a las maestras y mostrarme el camino que tendría que emprender por los siguientes meses al menos cuatro veces al día, pues según mi contrato sería mi responsabilidad levantar a los niños menores cada mañana, y llevarlos a la escuela. L se levantaba sola e iba a la secundaria con un bus que salía de la plaza del pueblo y la regresaba al mismo sitio por la tarde. Tres veces por semana, yo tendría que recoger a los niños al medio día, darles de comer en la casa y regresarlos al plantel para concluir la jornada. Los otros dos días, como lo estipulaba el tipo de visa con el que había entrado al país y mi contrato, podría asistir a cursos de francés en la ciudad de Nîmes, que se localizaba a unos veinte minutos de la comunidad donde vivíamos. Esos días, los niños se quedaban a almorzar en la escuela.

Una vez terminado el refrigerio, la señora C me dijo que necesitaba resolver algunos pendientes en una pequeña ciudad, llamada Uzes, a unos cuantos kilómetros de allí. Me invitó a acompañarla. Ella se encargaría de sus asuntos y yo podría explorar un poco el lugar. Antes de salir, pensé que se cambiaría pues vestía unos pantalones un tanto desgastados y una blusa lila sin mangas, con algunas pequeñas manchas de grasa encima. Sin embargo y para mí sorpresa, pues estaba acostumbrada a que en mi país, mis allegados no salían de casa sin un atuendo limpio y en buen estado, tan solo jaló la liga de su cabello para deshacer la coleta que llevaba, se pasó con descuido los dedos por su corta melena  y cogió una chamarra ligera y muy amplia que se puso justo en la entrada de la casa.

En la época feudal, Uzes había sido un ducado, así que en el centro de la ciudad se erigía un castillo que seguía siendo propiedad del Duque heredero. La señora C me explicó que cuando el duque estaba de visita, se izaba con orgullo la bandera con los escudos de su familia en lo alto de una de las torres. Ese día la bandera ondeaba en todo su esplendor.

Después de estacionarnos, caminamos hacia la calle principal, una de las pocas donde circulaban los automóviles, dado que casi todo el pueblo era peatonal. Una vez allí me dijo que nos encontraríamos en ese mismo lugar cuarenta minutos más tarde. Entonces se alejó y me quedé sola admirando todo a mí alrededor. El pueblo era precioso a mis ojos, con edificios tan antiguos, en su mayoría construidos en la época medieval; todos con paredes de piedra blanca y calles de adoquines.

Caminé en contra del flujo de la circulación de los autos. De vez en cuando me metía a explorar alguna de las calles perpendiculares, pero más tardaba en entrar en ellas que ya había regresado de nuevo a la avenida principal. No tenía idea de que tan grande era el pueblo y temía perderme. Había atravesado el Atlántico, pero mi espíritu aventurero tenía un límite. Con las próximas visitas, en las semanas que siguieron, me daría cuenta de que mi miedo era absurdo. El lugar era tan pequeño que perderme sería imposible.

Después de caminar por varios minutos, me adentré por una calle no muy lejana de donde me encontraría con la señora C. Llegué hasta una pequeña plaza rodeada de negocios pintorescos y restaurantes. Me senté en una banca a esperar a que se cumpliera la hora. Sentía mucho frío, mi chamarra de mezclilla forrada de lana no era suficiente para hacer frente al cambio drástico de temperatura que había sufrido mi cuerpo. El termómetro marcaba trece grados; para mí, después de haber vivido por siete años en una ciudad costera a más de treinta grados, era como si  me hubiera adentrado en  un crudo y desconocido invierno.

Mientras los minutos desfilaban con lentitud, observaba a los pasantes y ponía especial atención en las conversaciones de aquellos que caminaban muy cerca de mí. Por más que lo intentaba tan solo logré atrapar alguna palabra al vuelo; era como si estuvieran hablando un idioma que me era totalmente desconocido. Eso me frustró, pues había pasado los últimos dieciocho meses aprendiendo francés. No obstante logré contentarme un tanto diciéndome que al menos lograba comunicarme con la familia que me acogía. La diferencia con ellos, en especial con la señora C, era su acento. Todos los miembros de la familia A hablaban como las personas del centro del país de donde eran oriundos y según me dijeron, de dónde se habían mudado algunos años atrás. Ellos tenían un acento más neutro y no tan marcado como el que se hablaba en el sur de Francia. Además, por supuesto, de la velocidad. La señora C me hablaba lento y con un léxico sencillo, y cuando mi expresión delataba que no había comprendido, ella se tomaba la molestia de explicarme el significado y me mostraba la pronunciación correcta. A pesar de las diferencias que tuvimos en el tiempo que viví con la familia A, no puedo dejar de reconocer que todos y en especial la señora C y M se dieron a la tarea de conversar conmigo y corregir mis errores con el fin de que progresara en el aprendizaje del francés, razón por la cual había dejado todo en México y había aceptado trabajar como Au pair. 

De vez en cuando miraba mi reloj. El frío seguía calando. Mis pensamientos se iban hasta México e imaginaba lo que estaría haciendo si estuviera allá. Me encontraba distraída cuando un hombre mucho mayor que yo, o al menos a mí me lo parecía, vestido de un traje café, pasó con paso presuroso frente a mí. Al verme, me sonrió. Le devolví la sonrisa por educación y seguí metida en mis pensamientos. El tipo solo había dado unos pasos en su trayecto cuando regresó y se detuvo delante de mí. Me saludó con una enorme sonrisa; le respondí con cierta incomodidad. Su cara estaba marcada con muchas líneas de expresión, era muy delgado, un poquito más alto que yo, de cabello rizado y negro. Además, aunque mi olfato podía percibir un toque de colonia, el hombre desprendía un olor rancio y penetrante a sudor. Me dijo algo que no comprendí. Con dificultad, le pedí que me hablara más lento pues mi francés era muy limitado. Dijo llamarse Lackdar, con una sonrisa que parecía fijada en su rostro y una mirada insistente, mientras estiraba su mano para saludarme. Guardó mi mano entre la suya por más tiempo del que hubiera deseado.

—Te pareces a Pocahontas — me dijo de repente.

Yo le sonreí pensando que su comentario era bastante idiota. 

—No creo —le dije de inmediato—. Soy mexicana. No vengo de los Estados Unidos.

—Pero sí. Mira tu linda piel bronceada y tu cabello negro. Además esos rasgos. Para mí eres Pocahontas.

El hombre continuó hablando y lanzándome elogios. No acostumbrada a ellos, y en especial cuando venían de alguien que no me gustaba y que parecía tener una gran diferencia de edad conmigo, en lugar de agradarme me entraron unas verdaderas ganas de salir corriendo.

—Mira, tengo una reunión aquí cerquita, pero no me tardo —me dijo señalando hacia un edificio a varios metros de la plaza—. Dame diez minutos y ahora vuelvo. No te vayas, por favor.

Solo me limité a estirar mis labios con una mueca que se parecía a una sonrisa. Lo miré alejarse e inmediatamente volví a ver mi reloj. Aún faltaba tiempo para encontrarme con la señora C. Quería irme de allí. No deseaba estar en el mismo lugar cuando él regresara. Ponderé el moverme del sitio, pero el temor de perderme fue más fuerte y me quedé sentada a que se cumpliera la hora para encontrarme con la señora C. Por otro lado, me decía que el hombre no volvería. Eso de que regresaría en diez minutos solo debían haber sido palabras lanzadas porque sí.

Para mi mala fortuna, el hombre regresó diez minutos después, como había amenazado. Cuando me vio en el mismo lugar seguro debió pensar que lo estaba esperando, pues al percibirme corrió hacia mí con su amplia sonrisa; y los elogios recomenzaron. Me pidió mi número de teléfono porque según él, tenía que volver a verme. Por supuesto que aún no tenía uno propio y darle el número de la familia A estaba fuera de discusión. Pero el tipo no se dio por vencido y sacó un papel donde anotó con letras claras su nombre y su número de teléfono. Me lo entregó haciéndome prometer que le llamaría. Promesa que por supuesto no tenía intención de cumplir, pero el destino se encargó de cruzarlo en mi camino más tarde. Sin duda tenía una lección que enseñarme.

Notando mis intenciones de irme, me propuso ir a tomar un café en uno de los restaurantes de la plaza. Me negué pretextando que ya era hora de encontrarme con alguien. Le dije adiós y salí corriendo. Me detuve en una esquina fuera de su vista; los minutos que tuve que esperar por la señora C me parecieron eternos. Temía que el tipo se apareciera de nuevo y se me acercara con su mirada insistente y su olor desagradable.

Por la tarde recogimos a los niños en la escuela y conocí a sus maestras como prometido. El recibimiento de M fue grato, con timidez pero cálido. En cambio, P me miró con desconfianza y me recibió con frialdad. Aquellos primeros momentos fueron un adelanto de lo que serían después el tipo de relaciones que tendría con ellos. 

Esa segunda noche me fui a dormir agotada. Mi cabeza se sentía pesada, adolorida. Vivir en otra lengua era un esfuerzo constante.

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Publicado por tanif24

Nací en Zapotlán el Grande, México y después de haber vivido en el extranjero por dos décadas regresé a mi país y actualmente resido en CDMX. Soy Licenciada en Comunicación Social por la Universidad de Colima, México y Maestra en Recursos Humanos por la Universidad París XII, Francia. Colaboré en la revista cultural Ventana Latina en Londres, Inglaterra y después de un pasaje por Toronto, Canadá he participado en diferentes antologías como Nostalgia Bajo Cero (2020), Laboratorio de Historias Breves (2021), La Casa en el Arce (2022), Sexta Antología de Escritoras Mexicanas (20239. Actualmente publico para las revistas Bikiniburka de España y Lacoyol de México.

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