Por: Liana Pacheco

En el mes de enero del 2023, aprovechando el tiempo disponible que me permitía el desempleo, empecé a ver la serie Peaky Blinders, producción inglesa de Netflix. Más allá del arco narrativo: el ascenso de una familia de gánsters y sus actividades ilegales para alcanzarlo. Mi enfoque es en un par de personajes: Grace Burgess, interpretada por Annabelle Wallis y el inspector Chester Campbell, llevado el veterano Sam Neill. Grace es una agente encubierta, bajo las órdenes y tutela de Campbell, que consigue trabajo en el pub favorito de los Peaky Blinders. Debe hacerse de la confianza de éstos y del líder. Campbell se muestra, en reiteradas ocasiones, preocupado por la seguridad de ella y se dice apoyarla en lo que necesite.
Ella culmina con éxito el mandato de Campbell. No sólo obtuvo la información deseada, se volvió confidente y amante del líder mafioso, motivo por el que renuncia a su cargo. Campbell aprovecha la ruptura laboral y le hace una propuesta de matrimonio, que ella rechaza. Él le recrimina sus sentimientos no correspondidos en una carta, donde la humilla y acusa de traidora. No suficiente su despecho, en los últimos minutos del capítulo final le apunta con un arma. Antes de ponerse la pantalla en negro se escucha la detonación, spoiler: la que dispara es Grace.
Fue inevitable que este conflicto, presentado en ficción, me recordara una experiencia personal ocurrida en el otoño del 2021.
Inicié mi aprendizaje como escritora en el año 2018. Con la fortuna de ser elegida para un taller literario que promovió una editorial. Ahí coincidí con otros escritores, algunos con formación profesional en letras y otros, al igual que yo, únicamente con el deseo de aprender y escribir. Uno de esos escritores era Martín, nombre que emplearé para conservar su anonimato, que para ese año contaba con experiencia en la poesía, narrativa y periodismo, incluso algunos premios literarios.

Luego de que el taller terminó, seguimos en contacto. Él mostró disponibilidad para leer mi trabajo y darme retroalimentación para mejorarlo. Conversábamos sobre letras; compartía en sus redes mis publicaciones, también me recomendaba libros, talleres, lecturas y eventos para mantener la vigencia de mi trabajo. Me entrevistó en dos ocasiones para los medios en los que colaboraba y accedió a realizar el prólogo de una antología que planeaba publicar de modo independiente. Al final con esta antología gané en 2020 un premio estatal, Martín también ganó, pero en otro género de la misma convocatoria.
En 2021, cuando el confinamiento permitió que retomáramos actividades de interacción social, accedí a tomar un café con Martín. Platicamos sobre libros, del premio literario que compartimos y un poco de poesía. Llegando al final de las tazas de café acepté dar una caminata, aprovechando los últimos minutos del atardecer. A la salida me ofreció su brazo, un gesto que más que halago me provocó incomodidad. A pesar de que la plática seguía redundando en el mismo tema, los movimientos de Martín empezaron a romper el límite de mi espacio personal, en momentos me abrazaba o besaba mi frente. Se me puede culpar por no establecer una negativa en ese momento; sin embargo, la situación bloqueó mi sentido común, además de que no quise ser grosera con alguien que siempre había tenido la disponibilidad de apoyarme.
Llegamos a un parque, las lámparas se iluminaron y fue cuando Martín soltó la declaración, que sólo él sabe cuánto tiempo estuvo aguantando: la propuesta de que tuviéramos una relación amorosa, sin la necesidad de ponerle un título, únicamente un par de individuos que además de amar las letras podrían llegar a amarse entre ellos. Por un momento, pensé que estaba ante una inverosímil trama de narrativa: el, un hombre veinte años mayor, al que siempre me dirigí con respeto y admiración, con una propuesta de amor. Expresé mi negativa con la mejor consideración que mi nerviosismo me permitió. A nuestra despedida él insistió en llevarme a casa y yo me negué, alegando la lejanía y las altas horas de la noche.
Recuerdo el sentimiento de incomodidad que crecía en mi cuerpo, mientras la mirada de Martín, al otro lado de la ventanilla del taxi, persistía sobre mi rostro. Días después acudí a grabar un material de difusión del premio literario. El hombre insistió en acompañarme, a pesar que le dije que el evento sería sin público; incluso dejó en claro que volvería a comportarse de la misma manera: “seré igual de ridículo, tomaré tu mano, besaré tu frente”, palabras textuales. Por fortuna, no llegó.

Lo sigo viendo como un adulto mayor que merece mi respeto. Como un escritor del que tuve la fortuna de aprender. Sin embargo, es inevitable que me pregunte si esa proximidad constante siempre tuvo la intención oculta de la propuesta de amor. Por fortuna, la ficción de Peaky Blinders no traspasó mi realidad y él, sin poder sopesar el desamor, se presentó ante mí con un revólver, tal cual un jefe Campbell. No, lo que Martín hizo fue vetarme de su círculo literario.
Él continúa organizando presentaciones y difunde a escritoras y escritores, obviamente a ninguno me ha vuelto a invitar. A mediados del 2022 hubo promoción del premio que compartimos. Martín estuvo presente, cuando me dirigí para un saludo formal, me evadió. En sus portales publicó notas y fotografías sobre las presentaciones de los otros ganadores, excepto de mi libro, a pesar de que todos somos parte del mismo premio literario.
Luego de estos acontecimientos, de mi ser emergió la vergüenza y la culpa. En un cuestionamiento recurrente me repetí si mis acciones o palabras detonaron ese interés amoroso. Tengo la certeza de que no fue así, pero los condicionamientos sociales y machistas dirigen el origen del conflicto a la mujer. Sin embargo, el sentir que más corría mi psique fue la inseguridad de que mi escritura no tuviera la calidad para merecer la atención de un escritor con mayor experiencia. ¿Qué tan auténtica fue la atención que Martín destinó a mis cuentos?, las críticas y sugerencias, ¿la realizó como un poeta interesado en el trabajo de una escritora oaxaqueña autodidacta? o ¿cómo un depredador en potencia?

He trabajado a nivel psicológico para tomar distancia de esta situación, tanto que el presente texto surgió de una desahogo catártico. Aunque al inicio no tenía la intención de publicarlo, el temor emerge conforme las líneas avanzaban. Qué consecuencias me aguardan en caso de exponer a un hombre que ha creado una fortaleza con sus más cercanos literatos. Al mismo tiempo la siguiente pregunta me impulsa a exponerlo: ¿Cuántas mujeres, que inician el aprendizaje en alguna materia, están cercanas a un depredador que se oculta como guía o consejero?
Tristemente estas situaciones no pertenecen solo a la ficción. Retomo el caso del comediante Bill Cosby, hombre “ejemplar”, que muchos años después fue sentenciado por violacion y acoso. La primera mujer que lo denunció, a pesar del miedo por el poder de este hombre, fue Andrea Constand. Ella se refiere a Cosby como mentory figura paterna. Él hace propuestas sexuales, ella las rechaza; siguen en contacto por cuestiones laborales y porque ella creyó que Cosby aceptó su negativa, hasta que la drogó y abusó sexualmente. Andrea fue la primera voz y la que motivó a las demás.

En la presentación de mi libro se dijo una frase que causó impacto en mi ser: “Qué difícil es ser mujer y no tener voz”. Aún así, es más difícil tener voz, trabajar para hacerse de un espacio para que los demás nos escuchen, pero que en el camino existan hombres como Martín, que por su masculinidad frágil, hagan uso de su poder para invisibilizar esa voz.
Quiero concluir resaltando la vulnerabilidad que tenemos las mujeres, en cualquiera de los ámbitos en que nos desarrollamos: laboral, profesional y/o artístico. Podría plantear aquí el escenario utópico en el que las mujeres tenemos disposición de enseñar a otras, sin embargo, en mi experiencia laboral la mayoría que se mostraron hoscas para capacitar a las de nuevo ingreso, fueron mujeres. Sin mencionar a las mujeres patriarcales que impiden el crecimiento de otras en su ámbito profesional. Pero la lucha feminista nos mantiene de pie…
Reitero que nos compete a nosotras trabajar en crear espacios seguros y de aprendizaje continuo, tanto para las que inician como para nosotras mismas. Es momento de tomar la investidura de mentoras, ser una fuente de motivación y enseñanza desde la sororidad.

