Doritos y Coca | Knights of Cydonia

No sé por qué, no sé por qué ni cómo
me perdono la vida cada día.

Miguel Hernández, Me sobra el corazón”

Por Silvia Santaolalla


No he podido evitar pensar en la muerte. Aunque lo correcto sería decir: estos días no he podido dejar de pensar en ella. No he podido evitar hacer un conteo de las muertes en mi vida. Las que siguen siendo heridas abiertas. Las personas que he perdido, de lo mucho que me siguen doliendo, de lo cerca que estoy de las lágrimas cuando los pienso, de lo que me cuesta escribir estas palabras. La garganta que se cierra. De lo mucho que me cuesta levantarme de la cama estos días, hacer la vida diaria, poner el café, escribir los correos, preocuparme por las entregas. De lo cansado que es ocultar que no soporto las fotografías en el altar, porque entonces tengo que aceptar que me engaño cuando pienso que Héctor está de viaje. Y que el deseo recurrente de que un día entrará por la puerta de la casa a saludar y contar historias a gritos y la risa que revienta los oídos es solo una forma de no volverme loca.

La primera muerte de la que tengo recuerdo es la de la mamá de mi abuela. No me dolió, ni siquiera la sentí. Solo recuerdo la ausencia de mi madre unas horas. Cuando era adolescente estaba muy enamorada de un chico, un día tuvo un accidente en su moto. Ingenuamente pensé que esa sería la pérdida más grande en mi vida. Jamás había hablado con él, ahora no recuerdo bien el nombre y su cara se me pierde en la memoria. Unos meses después mi abuela moriría de un infarto y yo descubriría lo que era el dolor de la pérdida, el desconcierto, el sentimiento de que el piso se abre bajo tus pies y no sabes que hacer. Fue como madurar de golpe. De ahí todo en la vida fue como una bola de nieve de problemas adultos, decisiones, mudanzas, pérdidas, búsquedas.

Hace poco, quizá dos meses, un chico en una moto atropelló a otro que cruzaba la calle. Lo vi volar por el aire, caer, morir. Todo fue silencio. Ni un grito, ni los frenos, ni el impacto de un cuerpo contra el concreto. El sonido se suspendió en un minuto eterno. Mi hermana y yo nos quedamos heladas, agarradas de la mano, llorando. Nadie pudo hacer nada más que acompañar al repartidor de Didi que no tuvo la culpa pero la vida le había dado un giro terrorífico a su existencia. Aún pienso en ese momento, en los sonidos apagados, el semáforo en verde, la cara tranquila del chico en el suelo, la bolsa que tenía agarrada en la mano, su cuerpo en el piso como si durmiera tranquilamente. Pienso en lo fácil que se puede ir la vida y en lo mucho que quise vivir después de ese momento. Un frío helado me baja por la espina y aunque lloro lo único que quiero es vivir más que nunca.

Hace tres años perdí a mi primo, hace seis a mi abuelo, hace catorce a mi abuela. La muerte tiene una cosa rara que te hace aferrarte a la vida, pero también que produce un miedo terrible a amar. Te hace querer alejarte de la gente porque duele mucho perderla. Aún siento el sabor metálico en la lengua de cada una de las veces que me dijeron que alguien que he amado ha muerto. La más difícil fue sin duda la de Héctor, la vez que no debió suceder. Pasé dos años enteros sin ganas de seguir. Pero entonces hubo un concierto, entonces hubo una carta de aceptación, entonces hubo un beso, entonces la música me atravesó los oídos y las lágrimas me escurrieron, entonces hubo un choque. Entonces me acordé lo que se siente estar viva, lo que me enseñó mil veces Héctor, que en la vida solo vale la pena disfrutar.

Abro el correo viejo, el que no uso desde hace mucho, cuando escribíamos con errores ortográficos y mandábamos cadenas, cuando no existían las redes. Un Héctor de 23 años nos escribe:

Jueves 12 de abril del 2007, son las 5 45 am y carajo tengo examen de Dispositivos Electrónicos, voy a la cocina y solo keda cereal me preparo un plato el cual vomito 25 min. después, despertando a todo akel k vive  aki.. contemplo el alimento que acabo de expulsar y SI!! Hoy Toka MUSE  !!!!! Si Carajo !!!!! Hoy toka MUSE!!!!!!!!

Ocho años después estaría yo en el mismo Palacio de los deportes, escuchando al mismo Matt Bellamy cantar la misma Knights of Cydonia. Hoy dieciséis años después, al igual que Héctor sigo persiguiendo el éxtasis total.


Silvia Santaolalla, habladora, malcriada y rebelde. Escritora y artista visual. La primera de las dos ñañas siamesas. Su trabajo aborda temas como: el género, la sexualidad y el cuerpo. Ha sido publicada en las revistas: Marabunta (2018), Gata que ladra (2019), Punto de Partida UNAM (2022, 2023), Página Salmón (2022), Especulativas (2022).

Publicado por Laotrasilvia

Malcriada, habladora y rebelde ❤️‍🔥

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