Por Diana Yoshira Fernández Figueroa
Cuando tienes 24 te sientes dueña del mundo; no digo que los
otros años sean más o menos emocionantes, pero es que a los
24 casi llegas al cuarto de siglo y pues, tienes un montón de
entusiasmo y energía para derrochar en lo que sea, siempre y
cuando no se trate de una tesis o de ser constante en los
talleres sabatinos. Ya saben, la vida amorosa pasa a segundo
término cuando decides ser emprendedor y dueño de tu
tiempo, partidario de la vocación y el amor al arte, solvente,
responsable, autosuficiente, independiente, desinhibido,
desobediente, desiderata… desempleada. Sí, un día, de la
nada te quedas sin trabajo, sin ingreso y te encuentras a la
deriva, pero qué más da, si tienes 24 y eres dueña del
mundo… lo que viene es historia.
¿Cuándo abandonas los sueños? porque parecen muy pocos
los diez años de antigüedad que marca la firma en mis
primeras pinturas, o la fecha de algún poema mal escrito que
no sabía de talento pero sí de pasión.
¿Cuándo nos resignamos a las reglas, a la vida cuadrada que
marcan las oficinas, los horarios, la rutina? ya sé que el mundo
no funciona así, que por algo existen esas sandeces, pero
díganme si soy la única que ha sentido que nació en la
«civilización» equivocada, porque puedo no saber a veces qué
quiero, pero tengo clarísimo, desde siempre, qué es lo que no
quiero, que el mundo me juzgue por eso y no por otra cosa, no
por cobarde.
Igual estoy desvariando, pero es que ¿de verdad nadie aprecia
el amor, la libertad, esos dos que se nos otorgan como algo
natural desde que llegamos al mundo? ¿nadie puede entender
que a la mitad de tu vida promedio te sientas libre de no seguir
a nadie más que a ti, capaz de perder un buen amor por
rehusarte a las ataduras, a la enajenación? ¿a ninguno de
ustedes les han brotado del cuerpo las ganas de mandar todo
al carajo y dedicar sus suspiros a la contemplación de grandes
paisajes o sublimes atardeceres y no a la frustración, al
encierro?
Ese sí que debe ser dominio del ser y no el de los hippies que
sin drogas no son nada… pero a los 24, ¡carajo! a esta edad
matas mosquitos y sientes que el mundo debe respetarte
porque, pues, esos bichos son una plaga molesta que a todos
nos enfada, o ¿conocen a alguien que asegure que su animal
favorito es el mosquito? a mí por lo menos, con todo y mi amor
por la Pachamama, matar mosquitos me ha hecho feliz, porque
hoy por hoy, soy desempleada y al fin, dueña del mundo.

Los cerros le formaron una cuna hace 30 años en
Amacuzac, Morelos. De pequeña escribía sobre el olor a
guayaba y hoy sabe que hasta la corteza de un árbol se puede
convertir en una historia. Es comunicóloga y acá materializa su
amor a las letras.
