Por Susana Argueta
Mi abuela Elvira nos contó una historia con moraleja. Una campesina iba camino al mercado con un cántaro en la cabeza, lleno de miel recién cosechada. Muy contenta, quería venderla e imaginaba todo lo que podía comprar con la ganancia. Se compraría muchos vestidos bonitos, iría a bailar, conocería jóvenes guapos y ricos. Se casaría, tendría una casa muy grande, hijos, amigos y sería feliz. Soñando así, no se fijó en sus pasos y tropezó con una piedra; el cántaro se resbaló de su cabeza, rompiéndose en mil pedazos y derramando toda la miel. El sueño se esfumó. Moraleja anticipada: no debemos soñar antes de tener las cosas seguras.
Elvira quedó viuda muy joven. El abuelo Félix era perforista en La Rica, una de las minas más importantes de Real del Monte en 1947, el año de su muerte. En esa época, las condiciones de trabajo de los mineros no eran buenas. Aun conociendo los riesgos, no se utilizaba equipo adecuado para evitar la inhalación de polvo de sílice; al paso de los años se irritan los bronquios y se producen pequeñas lesiones que cicatrizan y se acumulan. Esto es la silicosis, enfermedad incurable y mortal. Así murió mi abuelo, a los 38 años dejando a Elvira viuda a los 28. Sólo había estudiado hasta el segundo grado de primaria y aunque a ella le gustaba la escuela, no la habían dejado estudiar sólo por ser mujer. Su opción para mantener a sus hijas era el trabajo doméstico. Se pasaba los días en el lavadero y con la plancha hasta le prestaron un puesto de verduras en el mercado. Era algo diferente, una actividad menos agotadora y con un poco de mayor remuneración. Sólo era necesario ir dos veces a la semana a Pachuca a traer la mercancía. Iba directamente a las hortalizas y llenaba sus costales con la verdura que ella misma escogía y cortaba. Las hijas podían quedarse con ella en el puesto y ayudarla. Así, también ellas aprenderían y, con el tiempo, podrían tener cada una su propio puesto. Esa era su ollita de miel.
Era el viernes 24 de junio de 1949, día dedicado a San Juan Bautista. Como todo inicio de verano, se esperaban fuertes lluvias y ese año no fue la excepción; para Elvira era el día de ir del Real a Pachuca a traer la verdura para la venta de sábado y domingo, los días de mayor afluencia en el mercado. No llevaría con ella a sus hijas, la mayor ya tenía catorce años y podía cuidar a las otras dos, de cinco y siete. Se iba temprano y volvía por la tarde, pero ese día se retrasó. A las cuatro, todavía estaba en Pachuca. El cielo comenzaba a nublarse.
Con sus costales llenos y la lluvia empecinándose, Elvira esperaba el camión de regreso al Real. Estaba verdaderamente angustiada. Las calles se convertían rápidamente en ríos caudalosos que arrastraban a su paso autos, cajas, gente. No había manera de regresar, el camión ya no pasaría. Milagrosamente, un desconocido pasó junto a ella a bordo de un carrito de paletas. Llevaban el mismo rumbo y se ofreció a llevarla junto con sus bultos.
En el camino, Elvira pudo ver cómo un señor se ahogaba al tratar de salvar un fajo de billetes y cómo el agua que entraba al mercado Benito Juárez, salía con latas y cajas de comida. La providencia quiso que toda esta mercancía quedara atorada entre la malla de alambre de una casa cercana. Esto pareció beneficiar al dueño, pues días después de la inundación su situación económica mejoró notablemente. O al menos eso dijeron. En la cárcel local, nueve presos quedaron atrapados y se ahogaron. En las escuelas los niños fueron subidos a las azoteas para salvarlos del agua.
Todo fue muy rápido. La torrencial lluvia se desplomó sobre la ciudad y, en cuestión de minutos, se convirtió en una tromba con granizo del tamaño de huevos de paloma, desbordando el río de las Avenidas e inundando las calles principales.
El saldo de la inundación fue de 40 muertos y 200 desaparecidos.
Elvira siempre agradeció el haberse salvado. Contaba esta historia viviendo de nuevo la angustia de haber podido sin padre ni madre a sus pequeñas hijas. Ella murió mucho tiempo después, a los 92 años, con cuatro hijos, diecisiete nietos, treinta bisnietos y dos tataranietos.

Susana Argueta
Cd. de México, 22 de enero de 1967. Buscadora de la palabra para crear nuevos mundos. Es también fotógrafa y artista visual. Ha participado en diversos escenarios como maestra, locutora de radio y productora de televisión, editora, autora de libros de texto, poeta, cronista, escritora. Recientemente diplomada en Creación Literaria por el INBAL. Ha sido merecedora del Premio Ariadna de Poesía 2022 y con mención honorífica en el Premio Ariadna de Cuento 2022. También ganó el segundo lugar del concurso de crónica “Historia de mi colonia” en 2022, convocado por el Archivo Histórico de Iztapalapa.
