Por Ximena Moranchel
Mientras vuelo de regreso a casa me pregunto cómo será volver a abrazarlo después de tantos años, extraño platicar con él, sentados en la mesa tomando café, por más que lo intentó nunca pudo sostener la comunicación a la distancia. Y aunque no lo culpo, su imposibilidad de poner en palabras lo que siente, ha creado un océano de distancia entre nosotros. Hay muchas cosas que no se permite: llorar es una de ellas. Sus ojos se notan pesados, como si cargaran todas las lágrimas no derramadas. «Eran otros tiempos, todos teníamos que trabajar, no había lugar para jugar.», responde cada que le pregunto por su infancia, y con la misma prisa que el conejo de Alicia, termina por cambiar de tema. Conozco poco de su historia. A veces pienso que ni él tiene acceso a ella. Como si la hubiera guardado en un cajón y no tuviera ni idea dónde ha dejado la llave. Se necesita fortaleza para vivir sin hablar de lo que te atraviesa. Y para una morra como yo, que encuentro en la palabra, sentido, ahí dónde sólo había vacío, me es difícil comprenderlo. Por eso pienso en él como un hombre fuerte, aunque quizá no por elección propia. Ha dedicado su vida al trabajo. No lo recuerdo de otra manera. Siempre chambeando, hablando de chamba o quejándose de la falta de ella. Me costó tiempo y dolor comprender que él no dice te quiero, y que sus brazos no son refugio, él te cocina tu platillo favorito, o un día cualquiera te dice, ahí te compré esos aretes que querías, sin percatarse siquiera que te está dando un regalo. Me tiembla todo el cuerpo, no logro distinguir si es a causa del aterrizaje (la posibilidad de que se estrelle el avión me aterra) o si son mis nervios respondiendo al encuentro que me espera cruzando las puertas del aeropuerto. Mis maletas aparecen rápidamente en las bandas, las tomo, temblorosa. Inhalo y exhalo 3 veces, en un intento de tomar fuerza. Lo difícil de irse es volver. Camino entre otros que probablemente también regresan y al fondo, veo su rostro, lo observo detenidamente y descubro algunas líneas nuevas, ahora forman parte de esas facciones duras y rígidas que han estado siempre ahí, Don Héctor se hizo viejo, quiero correr a abrazarlo y decirle lo mucho que lo he extrañado, pero mis piernas como jugándome una broma, eligieron detenerse. Se acerca entre la gente, me mira, sus ojos extrañamente se encuentran ligeros, qué raro, pienso, y cuando llega justo frente a mí, lo noto, está llorando, me abraza tan fuerte que las vibraciones de mi cuerpo cesan y es ahí cuando escucho, me has hecho tanta falta hija.
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Ximena Moranchel Gutiérrez. Licenciada en Psicología Clínica por la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ). Cursó un semestre de la licenciatura en la Universidad de Buenos Aires. (UBA). Ha participado en diversos talleres entre ellos en el curso de Psicoanálisis y Género impartido por Ñandutí. Actualmente trabaja de manera independiente, dando terapia en línea en su mayoría a migrantes hispanohablantes. En el 2016 migró a Buenos Aires y desde entonces su corazón está dividido entre dos lugares; México y Argentina. Feminista, viajera y nostálgica a tiempo completo. Escribe para no asfixiarse y lee para poder respirar.
