Dejar pasar al intruso|   Abrazar la ansiedad  


Por Nelly González

Respiro, no va a pasar nada, me digo y procedo a prender la licuadora, mi corazón está acelerado, como si hacerle sopa a Eileen se tratara de un deporte extremo… el sonido anuncia una mezcla exitosa de jitomate, agua, cebolla y ajo, lo veo todo aterrada, mi ansiedad me dice que la licuadora podría explotar e imagino vidrios insertados en mi ojo, o que podría hacer un corto circuito porque en la parte superior del vaso hay una fisura donde el líquido se saldría fácilmente, regreso a la respiración y me regaño: hay una probabilidad bajísima de que eso suceda; la apago y regresa la calma.

Pero este sentimiento de paz dura muy poco, porque ahora toca prender la olla exprés, una potencial arma para el ansioso, la cual también puede explotar o provocar un incendio, o al salir al súper en la camioneta (que cuando se trata de mantener la misma velocidad por un buen tramo me siento segura, como al ir a casa de mi mamá, en el campo, donde el caos de la ciudad no existe) ya sea al pasar por calles pequeñas conectadas unas a otras con distintos sentidos, imagino el choque, siento que de la nada saldrá un auto a máxima velocidad y la muerte será instantánea: no podré comprar la despensa, no veré crecer a mi hija, dejaré endeudado a mi esposo por la camioneta inservible, por el daño a terceros, por el costo del funeral (le he dicho que quiero ser cremada y mis cenizas enterradas en algún bosque, pero es algo que no podré controlar y eso también me da más ansiedad),  y no se diga cuando manejo con mi bebé, la cadena de supuestos es más larga y dolorosa, por eso procuro dejarla en casa, con su papá o con su abuela.

Sucede lo mismo cuando voy con el dentista, muchas veces me pregunto si el haber visto con tanta devoción Destino Final cuando niña no sembraría la semilla de los accidentes improbables en mi mente, y es que el ruido de sus aparatos dentro de mi boca me produce terror, ¿y si el dentista tuvo un mal día y está distraído mientras quita la caries?, ¿qué tal que el aumento de sus lentes ya no es el que sus ojos necesitan y esa lámpara vieja anuncia la muerte próxima de su luz? 

¿Fueron las películas o es esa incapacidad de estar presente y tranquila en mi día a día? Dice mi esposo que no está bien vivir en la imaginación y desconectarse de la realidad, pero para mí la muerte está latente en casi todo lo que hay afuera. A f u e r a. Si hay un afuera hay un adentro. Es necesario desglosar un poco esta dualidad. Todo se trata de mí. El ruido del mundo desvía la atención en lo importante: mi cuerpo, yo.

 Después de ver un rato hacia adentro, me parece que esta ansiedad es una especie de refugio que justifica mi falta de acción en el mundo, es mi zona de confort. No pretendo hablar por las personas que tengan ansiedad, solo que yo lo veo/vivo así. Como si tener esta condición fuera un obstáculo para responsabilizarme de mi vida, no lo hago a voluntad, soy consciente de ello pero me es inevitable sentirlo.  A veces es un estandarte que con orgullo muestro, otras es el intruso que llega a mi vida. Al finalizar el día, se ganaron varias batallas que solo yo sé. 

 Trato de comprender lo que siento con amor pero a veces la rabia sucede, por ser yo, pero tengo una hija que verá mi reacción ante la vida y quizá creerá que mis formas son las correctas, qué presión tan grande es ser madre: te obliga a sanar y salir de esos lugares seguros a los que nos hemos acostumbrado. Es necesario vivir de otra manera, pensar distinto, respirar profundo y decirme que todo irá bien, aunque no lo sepa, por ella, por mí. Y así llego a la filosofía budista, concretamente al mindfulness. Claro que ya había escuchado sobre este concepto pero al encontrarme a Sogyal Rimpoché y Thich Nhat Hanh me hizo más sentido y urgencia el aplicarlo en mí. 

La cabeza está llena, sobrecargada de imágenes, discursos y recuerdos, a veces ficticios, que no le damos espacio a la serenidad. Vaciar nuestra mente para replantearnos si lo que nos decimos cada día es algo que funciona o no. No hay malo o bueno, solo lo que es útil o no para nosotras. Todo tiene un por qué, ¿por qué la ansiedad es mi refugio, por qué la victimización o la pereza son mi constante? Se trata de ser conscientes, y una vez que entendemos eso, se trata de actuar, pero iniciar este camino del autodescubrimiento es más cansado que seguir viviendo como siempre. 

Callar la mente no, más bien encontrar su verdadera naturaleza, la esencia de quiénes somos, sin todos los prejuicios o modelos que se nos han impuesto, aceptando pero no haciendo parte de nosotras el ritmo del sistema que nos rige, dudando de todo y reflexionando no solo los actos que llevamos a cabo sino las palabras que elegimos para comunicarnos. Meditar es ver profundamente el corazón de las cosas, dice Nhat Hanh, y eso implica estar presente, para eso necesitamos poner atención a quienes nos hablan y a lo que sucede a nuestro alrededor.

Dejar de vivir en automático para que nuestro cuerpo y nuestra mente sean uno solo, porque si tú no puedes estar realmente ahí, donde sea que estés, leyendo esto, con tus amigxs, al estar con tu familia, al ver una película o escuchar una canción, al presenciar la caída del sol o la lluvia llenando de vida a la tierra, si tú no estás ahí, nada estará ahí. No hay luna espectacular si no estás tú viéndola plenamente y el viento no es viento si no escuchas su consejo. Podemos crear un mantra, esa frase que nos regrese a lo que queremos: estoy aquí y nada malo está sucediendo. Probablemente esto que digo sea trillado, pero para mí ha sido el ancla que me sujeta a la vida real, para poder estar en el mundo abrazando mi ansiedad.

 Cuando meditamos logramos tres cosas, según Rimpoché, la primera es unir todos los aspectos de nosotras mismas, al llevar la mente dispersa a casa (el lugar donde nada perturba) podemos morar en calma y comprendernos mejor; la segunda es que la presencia mental desactiva nuestra negatividad, agresividad y las emociones turbulentas: más que suprimir las emociones o entregarse a ellas se trata de contemplarlas con aceptación y amor; y finalmente es revelar nuestro buen corazón esencial, lo que somos sin el ruido del mundo, eliminando el daño que hay en nosotras para poder unificarnos. 

Meditar no es fácil, yo aún me distraigo con facilidad, pero lo importante es tener la iniciativa de hacerlo todos los días, un minuto, luego cinco y más adelante, hasta una hora, aunque el tiempo no es lo que importa más sino saber que meditar no es únicamente estar sentadas con la espalda recta y las piernas cruzadas, se puede meditar escuchando algo, leyendo, viendo un objeto que nos dé tranquilidad, al caminar, haciendo un escaneo corporal mientras respiramos, lo que sea que queramos hacer pero con atención plena y verdadera.

Aceptar nuestras emociones y tratar de entenderlas, sin juzgar ni castigar, ver cómo nacen, cómo pasan y cómo se van, como el cauce de un río. De esta manera descubrimos que no somos esas emociones: no soy ansiedad, no soy celos, no soy enojo, no soy miedo ni odio, y lo dejo pasar. Saber dejar es algo fundamental para poder evolucionar. Estamos en el proceso.

Bibliografía:

  • Nhat Hanh, Thich. True love, a practice for awaking the heart. Shambhala Boulder, 2006.
  • Rimpoché, Sogyal. El libro tibetano de la vida y de la muerte. Urano, 1994.

Yaneli J. González Velasco nació en Calvillo, Aguascalientes en 1995. Es egresada de Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Correctora de estilo y mamá de Eileen.  Su cuento “La huida”(2022) obtuvo el primer lugar nacional  por la librería sinaloense Sra. Dalloway. Es parte de la antología de poesía hidrocálida Brevario pandémico (2020) por la editorial independiente Agujero de Gusano. Como Camila Sosa Villada ella cree, con firmeza, que sin la escritura no habría posibilidad de vivir.

Publicado por LaCoyolRevista

No sé quien soy. No ando en busca de estilo, sino de retos.

Deja un comentario