Por Tania Farías
Si nos ponemos con tecnicismos, entonces acepto que el viaje inició cuando me subí al avión. Sin embargo, me niego a dejar por fuera el proceso que me llevó a realizarlo, dado que no se trataba de un mero viaje, sino del inicio de la aventura que cambió por completo mi destino.
Después de terminar mi carrera, comencé la vida laboral con la ilusión y el orgullo de haber culminado algo. Además de que me pagaban por hacer lo que me sigue haciendo feliz: escribir. Pero como mi historia no era parte de un cuento de hadas (pues ni yo era una princesa y el que yo había elegido como a mi príncipe, tenía tonalidades tirándole más hacia al gris que al azul), el desencanto llegó pronto. Mientras yo me sentía emocionada y motivada para seguir aprendiendo, mis compañeros de trabajo, quienes me ganaban con varios años de experiencia en el área, parecían ya hastiados del sistema. Quizás yo era demasiado inmadura o influenciable, pero la morosidad en el lugar empezó a pesarme tan fuerte que en ocasiones me sorprendía a mí misma lista para gimotear. O tal vez, simplemente, muy dentro de mí sabía que mi destino estaba en otro lugar y que había llegado el momento de empezar a buscarlo, o al menos prepararme para ello porque este estaba por alcanzarme.
Quien dice trabajo, dice salario; así que con la posibilidad de poder, por fin, pagar mis antojos, quise cumplir con un deseo reprimido desde mi infancia; siempre había soñado con hablar otros idiomas. Aún tengo grabadas en mi memoria esas tardes frente a mis libros soñando despierta y recreándome escenas en las que me encontraba con personas de diferentes nacionalidades. En mi juego de roles imaginario, algunos extranjeros me hacían preguntas y yo los asombraba con respuestas en un perfecto francés, italiano, inglés o portugués.
Cuando me enteré del inicio de un diplomado en francés organizado por la Facultad de Lenguas de la Universidad donde había hecho mis estudios superiores a un horario que me convenía y con una periodicidad que me ayudaría a obtener en un año suficientes conocimientos de la lengua de Moliere, no dudé en inscribirme. En ese diplomado una de las compañeras nos contó un día que acababa de regresar de Francia, donde había pasado varios meses viviendo con una familia bajo un estatus que ella llamó au pair. Nos explicó que a través de ese sistema, jóvenes de diferentes nacionalidades podían vivir en otro país con techo y comida proporcionadas por la familia que los recibía a cambio del cuidado de los niños por algunas horas al día. Además de que era obligatorio estudiar el idioma del país. La historia de mi compañera fue una verdadera revelación pues jamás había escuchado hablar de ese sistema. En esa sesión se plantó una semilla en mí, aunque seguramente se trataba de una muy pequeña pues necesité dos años para tomar la decisión.
Mientras la semilla germinaba de poco a poco, investigué más sobre la manera cómo ella había partido. Viajar como au pair me permitiría cumplir el sueño de descubrir otras culturas, a pesar de mis limitadas posibilidades económicas y las de mi familia.
Desconocía la existencia de agencias que sirven como intermediarias entre jóvenes estudiantes y familias, así que utilicé el medio que la chica en mi clase de francés había dado: una página de internet por la que se podía hacer el enlace sin intermediarios. Creé mi perfil en dicho sitio y al poco tiempo fui contactada por una familia con tres niños: un pequeño de cinco años, otro varón de ocho y una adolescente de doce.
Desde el momento en que establecimos el contacto hasta el día de mi partida acontecieron varias situaciones que me hicieron pensar que no se decidirían por mí. Aferrada como nunca a irme, hice todo lo necesario para que finalmente, seis meses después de nuestro primer contacto, me informaran que me invitaban a su hogar como su au pair. En la siguiente semana recibí por mensajería la invitación oficial que se trataba en realidad de un contrato emitido por el Departamento de Trabajo de la región donde ellos vivían, en el cual se estipulaban mis obligaciones (número de horas de trabajo por semana, tipo de actividades a realizar y la asistencia a un número determinado de horas de clases de francés), y mis beneficios (una habitación, comida, seguro de salud y un rubro llamado dinero de bolsillo).
Con mis pequeños ahorros, y el apoyo de mi hermano, quien debió haber sacado dinero de hasta por debajo de las piedras, pues a diferencia de mí y a pesar de ser mayor que yo, continuaba estudiando su carrera profesional, compré mi primer boleto de avión. La fecha de partida se fijó para finales de ese octubre.
Con el contrato en mis manos solicité mi primer pasaporte y enseguida inicié el trámite de la visa. A unas semanas de la fecha programada para mi partida, las dudas me rondaban como alma en pena. Me preguntaba sin cesar si estaba realmente lista para dejarlo todo, renunciar a mi trabajo y cambiar mi carrera, por ir a cuidar niños de extraños; dejar a mi familia, a mis amigos, los cuales formaban una de las partes más importantes de mi existencia en esos momentos de mi vida. Y es aquí donde el falso príncipe azul volvió a la escena pues estoy segura de que uno de los grandes factores que me ayudaron a decidirme, fue que en esos momentos estaba enamorada, más no correspondida. Definitivamente, un corazón roto toma decisiones drásticas.
Cuando la ansiedad por el tremendo cambio que se acercaba comenzaba a aplastarme, me consolaba pensando en que solo me iría por un periodo de diez meses, aunque mi contrato de trabajo estipulaba nueve. Mi boleto de regreso estaba fijado para finales de agosto del siguiente año. Con inocencia, me había dado un mes extra en el que según yo viajaría por toda Europa para descubrir sus bellas ciudades. Tenía la absurda idea de que con el dinero de bolsillo que la familia me pagaría podría hacer mis sueños realidad. Como una tonta había hecho la conversión de euros a pesos, y establecí mis ganancias de acuerdo al único punto de referencia que tenía: mi costo de vida en México. Sin embargo, fue quizás esa ignorancia la que me lanzó a irme, pues si hubiera comprendido el nombre con el que se mencionaba a lo que sería mi salario en el contrato que recibí “dinero de bolsillo”, tal vez no me hubiera ido y sin duda mi destino sería otro.
Hubo tropiezos hasta el último segundo. A dos días de mi partida, mi hermano me gritaba desesperado al otro lado de la línea de teléfono que había estado en el consulado de Francia y que había un retraso con mi visa. Yo lloraba desconsolada sin saber qué hacer. Sin ella, el viaje era imposible y no podía imaginar cambiar la fecha del vuelo por el costo que eso significaría. Después de varios minutos, e imagino que por el llanto incontrolable de mi parte, mi hermano se calmó, me dijo que en el consulado le habían pedido que se diera una vuelta al día siguiente. Esa noche recé con todas mis fuerzas, y le pedí al angelote que tengo en el cielo, a mi madre, que me hiciera el milagro. Mis plegarias fueron escuchadas; al otro día mi hermano me llamó para decirme que salía del consulado con mi visa en sus manos. Esa tarde viajé a casa de mi hermano, como estaba previsto, para que me llevara al aeropuerto al siguiente día.
Con el corazón retumbando como un tambor africano, veintitrés años, dos maletas rellenas de ropa, unos libros, algunos regalos para la familia que me recibiría, dos botellas de salsas Valentina —que serían mi consuelo en momentos difíciles—, pero sobre todo, repletas de sueños e ilusiones, me despedí con un abrazo eterno de mi hermano y de mi prima, quien también había hecho el desplazamiento al aeropuerto.
Jamás había viajado sola, jamás había salido de México, y jamás me había subido a un avión. No pude evitar que unas lágrimas rodaran por mis mejillas y que su sabor a iodo humedeciera mis labios. Respiré profundo y avancé para perderme en los controles de seguridad, después de girarme por última vez y hacer un gesto de adiós con mi mano.
Durante el viaje me relajé un poco y me permití disfrutar de estar por primera vez por encima de las nubes. Me quedé maravillada de la vista que mi ventanilla ofrecía al atravesar un huso horario cambiando drásticamente del día a la noche. Después de más de once horas que necesitamos para cruzar el Atlántico, finalmente el piloto anunció nuestro descenso en el aeropuerto París-Charles de Gaulle. Al escuchar el anuncio, detuve por unos instantes mi respiración. Estábamos llegando y ya no había marcha atrás. Miré por la ventanilla. Era un día gris, como muchos de lo que vería en los próximos meses.
A pesar de comprender un poco el francés (aunque de nuevo, era demasiado inocente al creer que mis clases en México serían suficientes para enfrentarme a la vida en este país), no estaba familiarizada en lo absoluto con la arquitectura de un aeropuerto. Así que después de bajar del avión me limité a seguir a todas las personas que iban delante de mí confiando en que me llevarían a donde necesitaba ir. No recuerdo cómo estuvo mi paso por inmigración; supongo que debí haber estado con los nervios de punta, pues a pesar de que ahora he atravesado ese espacio en muchas ocasiones, aún mis manos sudan y mi corazón se acelera cada vez que me paro frente a un agente de inmigración.
A pesar de la larga travesía por avión que había emprendido, mi viaje aún no terminaba. La familia que me recibiría por los próximos nueve meses no vivía en París, sino en la región de Gard, por lo que necesitaba tomar un tren que me llevaría al sur de Francia. Ellos me habían explicado a grandes rasgos cómo funcionaba el servicio ferroviario y me dijeron que tenía el tiempo justo para tomar el tren de las nueve treinta de la mañana. También me informaron que el trayecto sería de tres horas, en un tren de alta velocidad, el TGV. Ellos me esperarían a mi llegada en la ciudad de Nimes.
Después de recoger mi equipaje, sentí cómo el cansancio me caía encima, mas no tenía tiempo que perder; así que arrastrando mis maletas, me dirigí lo más rápido que pude a la estación de trenes que se encontraba dentro del mismo aeropuerto.
El espacio, a pesar de ser inmenso, estaba atiborrado de pasajeros que iban y venían sin parar. El bullicio me desconcertaba haciendo más difícil encontrar mi camino. En medio de la estación, frente a las pantallas gigantes que anunciaban la llegada y la partida de los trenes, miraba espantada el inmenso reloj en medio de ellas. Ya pasaban de las nueve de la mañana y aún no sabía dónde compraría mi boleto. Después de varios segundos distinguí, hacia mi derecha, una fila frente a unas ventanillas. Con un francés inseguro y repleto de errores, le expliqué al vendedor mi destino. Si en ese tiempo no hubiera sido tan joven y con el corazón sano, estoy segura de que habría sido víctima de un infarto al escuchar el precio del boleto, el cual consumió gran parte del dinero que llevaba conmigo.
Con el ticket en las manos, miré de nuevo al reloj cerca de las pantallas: me quedaban unos cuantos minutos antes de que el tren saliera. Debía llamar a la familia que me recibiría para avisarles que estaba en París, pero ya no había tiempo. No podía perder el tren. Empecé a correr hacia las vías, había decenas de ellas. Revisé mi boleto para tratar de descifrar de cuál de todas saldría mi tren. Sin comprender, me dirigí hacia una al azar. Miré la pantalla que estaba en medio de la vía anunciando el destino, el mío no estaba. De repente escuché por los altoparlantes algo que sonaba un tanto similar a la ciudad a la que debía ir, Nimes. El tren estaba por salir y me di cuenta de que necesitaba cruzar por una plataforma, que solo era accesible por largas escaleras o un ascensor a varios metros de donde me encontraba. Corrí tan rápido como pude arrastrando mis pesadas maletas, pero cuando cruzaba dicha plataforma, desde la cual se dominaba la totalidad de las vías de la enorme estación, pude ver como el tren se iba sin mí.
Sin otra solución entre las manos, me dirigí de regreso hasta las ventanillas donde había adquirido minutos antes mi boleto. Echando mano de todo el francés que disponía, le expliqué al cajero, al borde del llanto, que el tren partió antes de poderlo abordar. Temblaba de miedo al pensar que me pidiera comprar de nuevo el boleto, acabando por completo con mis ahorros. Creo que una vez más mi angelote en el cielo intercedió por mí, pues el vendedor me dijo que podía darme un billete para el siguiente tren sin costo alguno. El tren saldría a la una de la tarde. Sin embargo, me explicó que los únicos lugares disponibles estaban en el vagón reservado para fumadores —afortunadamente desde hace muchos años el fumar en lugares cerrados es impensable. Mi ignorancia salió a relucir de nuevo, pues me dije que un poquito de humo no podría hacerme daño. Hasta ese momento desconocía la reputación de los franceses como fumadores empedernidos. De cualquier manera, no tenía más alternativa. Era eso o esperar no sé cuántas horas en la estación.
Me alejé de la ventanilla con lentitud. El bullicio aumentaba y disminuía de acuerdo a la partida y llegada de los trenes. Por más que intentaba no lograba comprender una sola palabra de lo que las personas a mi alrededor decían. Me sentía como un alienígena. Tenía muchas horas de espera delante de mí, y fue justo en ese momento que resentí el drástico cambio de temperatura que había sufrido mi cuerpo. Después de haber vivido durante siete años en una ciudad costera, donde la temperatura promedio oscilaba en los treinta grados centígrados, me encontraba en un lugar donde las pantallas me informaban hacía quince grados. Llevaba una chamarra ligera y mi cuerpo se estremecía al sentir las corrientes de aire que se filtraban por todos los frentes. Froté mis brazos con mis manos tratando de darme a mí misma un poco de calor y me puse en búsqueda de un teléfono público para llamar a la familia.
Mientras marcaba el número que tenía anotado en mi pequeña agenda, un pensamiento me atrapó: ¿Qué tal si todo había sido una broma? ¿Qué tal si la familia en realidad no existía? Había cruzado más de diez mil kilómetros, estaba sola, con muy poco dinero en los bolsillos, y muerta de miedo. El bonjour del otro lado de la línea me sacó de mis pensamientos y calmó un poco los rápidos latidos de mi corazón. Conocía esa voz, era Christelle, la madre de familia con quien había intercambiado en varias ocasiones. Me reconoció de inmediato y me preguntó dónde me encontraba. Le expliqué cómo pude mi amarga aventura y me dijo que no me preocupara. Ella me esperaría a las cuatro de la tarde en la estación.
Agotada por el largo vuelo, la enorme diferencia de horarios entre México y Francia, y las emociones vividas en unos cuantos minutos, me senté en uno de los asientos de la gran sala de espera. Corrientes de aire soplaban por todo el lugar y por más que me moví no logré encontrar un refugio para resguardarme. Resignada, me quedé sentada añorando la llegada del tren donde podría estar lejos del frío y dormir durante tres benditas horas.
Cuando se acercaba la hora y evitando encontrarme en la misma incómoda situación de esa mañana, me acerqué hacía las vías con mucha anticipación. Confirmé estar en el lugar adecuado y le pedí ayuda a una joven para explicarme toda la información que había en mi billete. Por fin pude entender que en ese pequeño papel estaba indicado el número de mi tren y que en las pantallas gigantes se me informaba la vía que le correspondía. También en el papel estaba escrito el número de vagón y mi asiento.
Unos minutos antes de la una, el tren llegó y subí sin perder tiempo. Busqué mi lugar y cuando me disponía a abandonarme al cansancio bien acumulado en todos mis músculos, la pesadilla comenzó de nuevo. Estar en el vagón de fumadores, fue estar en un vagón casi vacío por pasajeros fijos, pero con un número interminable de visitantes que entraban con el único propósito de fumar. Yo, que nunca en mi vida había fumado, me encontré sumergida durante tres horas en una nube espesa, gris y apestosa sin la posibilidad de abrir la ventana debido a la velocidad a la que viajaba el tren. Dormir me fue imposible a causa del deseo constante de vomitar y el punzante dolor de cabeza que me acompañó a lo largo del viaje.
Bajé del tren tremendamente mareada y con el deseo de vomitar bien presente. Respirar el aire limpio al exterior me trajo un poco de alivio, el cual se multiplicó cuando vi a Christelle esperándome al final de la vía. Por primera vez desde que había dejado a mi hermano y a mi prima en el aeropuerto de Guadalajara, más de veinte horas atrás, respiré con tranquilidad.
Ese día, después de mostrarme la que sería mi habitación, ofrecerme algo de comer y presentarme a los demás miembros de la familia, me fui a dormir y lo hice por más de doce horas sin interrupción. Al siguiente día mi nueva vida comenzaba, y lejos estaba de imaginar que nueve meses después llamaría a mi papá para informarle que no regresaría a México en la fecha prevista, sino que estaba por mudarme a París a continuar la aventura con una nueva familia. Y mucho menos imaginaría que esa aventura se transformaría en mi nuevo destino y que solamente regresaría a México por cortos periodos cada vez.

Tania Farías
Mexicana. Licenciada en Comunicación Social, Universidad de Colima, México y Maestra en Recursos Humanos, Universidad París XII, Francia. Colaboró en la revista cultural Ventana Latina, Londres, Inglaterra. En 2020 participó en la antología de cuentos Nostalgia Bajo Cero. En 2021 participó en la Antología Laboratorio de Historias Breves. En el 2022 participó la publicación de Cuentos para Todos en Cien Palabras, la colección de cuentos ¿Dónde están los otros?, La casa en el Arce y Cilsam 10 años. También fue parte de la Antología Arte y Literatura Hispanocanadiense.
