Irene

Carmen Asceneth Castañeda

“Los recuerdos y los pensamientos envejecen igual que envejece el hombre. 

Pero hay algunos pensamientos que nunca se erosionan”. 

H. Murakami 

Entonces, los perros de casa se quedaban en el patio. Sobre todo los de gran tamaño, como aquél Pastor Alemán al que siempre temí. Kabubi encontró un día la puerta abierta, aprovechó para pasearse por todas las habitaciones. Quién sabe cuánto tiempo después, mamá lo encontró en la recámara alzando la pata sobre una caja de juguetes. Llegué a sus gritos furiosos mientras los ponía en una bolsa plástica dispuesta a tirarlos. 

Ahí estaba Irene con sus piecitos chuecos, sus brazos maltrechos, sus ojos despintados; con su pañoleta roja a lunares blancos, sus arracadas rotas; humillada por un descuido. Mi negrita de trapo, mi última muñeca.  

Papá soltó mi mano para dármela mientras paseábamos por el malecón de Veracruz un mediodía de domingo. La compró a la mujer Tepehua que se la ofreció al paso. Yo tenía siete años y apenas hacía uno que nos habíamos mudado. La llamé Irene. Me pareció el mejor de los nombres, el más sonoro, el más fuerte; el que mejor iba con su morena piel de tela, que era como la mía. Ya olvidé, junto con muchos olvidos de aquellos años, dónde lo había escuchado.  

Los días felices terminaron ese día.  

Chachalacas no era un destino turístico, papá era el jefe administrativo de la recién inaugurada planta de Laguna Verde… Yo contaba luciérnagas, limones, mangos y tamarindos yendo por sus calles. Nadaba en la piscina o en el estuario, iba casi sin ropa, descalza, con el cabello humedecido; hasta que decidieron cortármelo por el calor. La única escuelita rural tenía pocos niños, eran mis amigos, llegábamos caminando por un sendero de terracería todas las mañanas. Luego en las tardes, íbamos por ese mismo camino a comprar pan. 

La noche del fin de ese año fue un aviso.  

Festejábamos con los vecinos de casa en casa, cantando La Rama

“Ya se va la rama, muy agradecida, porque en esta casa fue bien recibida 

Ya se va La Rama, muy decepcionada, porque en esta casa no le dieron nada” 

Casi a las siete, interrumpimos los cantos para ir de urgencia a la clínica por el piquete de un alacrán güero en el dedo gordo del pie de papá. Pasamos horas esperando que el suero y el antídoto hicieran efecto. No tuvimos cena. Al darlo de alta ya el reloj marcaba las once con quince. De regreso a casa, nos detuvimos a escuchar los barcos recibir el amanecer del año mil novecientos setenta y nueve con un concierto de bocinas y cohetes. Estábamos agotados. También estaba Irene.  

En febrero siguiente, Él faltó. En la confusión, dejamos aquel lugar, volvimos a las periferias de la gran ciudad para que mamá pudiera criarnos con el apoyo de la familia. 

El día en que Kabubi ultrajó a Irene habían pasado dos años. Corrí a refugiarme en la azotea como lo hacía con frecuencia, acurrucada en un rincón. Ese era mi lugar, un refugio sin techo. A falta de mar, cielo. 

Lloré. 

Le lloré a Irene. Me sentía culpable por dejarla abandonada en esa caja, por no rescatarla de la bolsa condenatoria para lavarla; porque no recordaba cuándo dejó de dormir conmigo en la cama, en su compañía encontraba el olor a sal y a pescado de la playa… Lloré por el mar, por mi vida lejana junto al mar. Lloré mi orfandad. Y al fin le lloré a mi padre. 

Hasta diez años después volví allá, cuando pude pagarme el viaje.  

Con el rostro incendiado y la piel quemada, supe que Irene me había perdonado, que el Mar ahí estaba. Y que mi padre seguía tomando mi mano. 

Publicado por Carmen Asceneth

Psicoterapeuta con enfoque psicoanalítico. Amante de la poesía y la literatura

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