No era bonita hasta que…

por Brenda Garrido Hernández

Tal vez resulte extraño para los estándares actuales, pero, durante décadas (a veces de maneras más marcadas que otras) existió un tropo narrativo muy común que bien podríamos comparar a lo sucedido en el cuento del patito feo, este casi siempre era aplicado a algún personaje femenino y a mí me gusta llamarlo “No era bonita hasta que…”

En películas, series, novelas e incluso dibujos animados, era bastante común que algunos personajes fueran considerados por todos como canónicamente feos. Casi siempre de cabello encrespado y sin forma, grandes anteojos, frenos, poco sentido de la moda, a veces pasado de peso, acné, y una actitud un tanto… extravagante, aunque claro la actitud siempre es lo menos importante.

En producciones como She´s all that, clueless, el diario de la princesa, el manual de supervivencia escolar de Ned y la muy famosa Betty la fea, etc. Existen personajes, que a ojos de todos aquellos que la rodean son feos hasta que se hacen un cambio de imagen completo.
De repente, quitarse los lentes, alisarse el cabello, bajar de peso y una capa de maquillaje son el remedio definitivo para su fealdad. La chica deja de ser fea y de repente todo el mundo se da cuenta que siempre fue bella, pero todos eran demasiado superficiales para verlo y se arrepienten de haberla marginado por su apariencia.

Pero, lo curioso aquí es que si lo analizamos… ninguno de los personajes que la rodean dejan realmente de ser superficiales, al contrario, reafirman que lo son cuando admiten sus errores solo al ser conscientes del cambio. Solo la notan realmente, cuando la consideran hermosa
y ¿si nunca hubiese cambiado? ¿Alguien se hubiese dado cuenta de cuánto de lo estupenda que era?

Este tropo es extraño por muchas razones, pero también es descorazonador para las chicas que crecimos viéndolo, inundando nuestras pantallas cada dos por tres. Era una puñalada constante que nos decía, una y otra vez que si no cumplíamos ciertos estándares no éramos bonitas, no merecíamos ser miradas, ni escuchadas, ni ser tomadas en serio.

Y así aprendimos a odiarnos un poco, lo fuimos perfeccionando, nos casamos con la idea de que el amor no es una posibilidad hasta que hiciéramos un cambio tan radical que a penas nos reconociéramos nosotras mismas.

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