De historias que nos hacen/ Sobre aquella vieja mujer solitaria… que se convirtió en bruja

Brenda Garrido Hernández

Hasta hace algunos años, hubiese dicho sin vacilación que mi película favorita es el gran pez (2003) de Tim Burton. Actualmente la pregunta sobre mi película favorita acarrearía una pausa más grande de la esperada y… seguramente mi respuesta se vería afectada por mi estado de ánimo en ese momento.

A un así el gran pez, sigue siendo una de mis confort movies, una de esas que buscas cuando una parte de ti necesita un abrazo emocional, una inyección extraña de optimismo ciego y (a pesar de la redundancia) de confort.

La película en general trata de un hombre conocido por repetir sus historias de vida, con cierto grado de misticismo y fantasía, pero aun así cada una de esas historias resulta tan atrapante, magnifica y llena de gente que en suma han ido construyendo y aportando a la vida de aquel hombre que resulta… francamente hermoso.

El problema es que su tendencia por contar sus historias termina hartando a su hijo. Este dice que no conoce realmente a su padre y después de años, y con el padre enfermo decide hacer las paces. La película habla sobre aquellas historias que construyen nuestra vida, las relaciones que nos forman y como a su vez, nuestra propia vida impacta en otros, incluso cuando nuestras interacciones sean tan breves y efímeras como una breve nota al pie.

Irónicamente no es de la película de lo que quiero hablar hoy, y es que para quien la ha visto no resultara extraño la presencia de cierto personaje intrigante y extraño, lleno de aires de misticismo, cuya interacción con el protagonista impacta de muchas maneras.

El personaje de la bruja, que en una de las historias es capaz de mostrar la muerte de las personas por medio de su ojo con el parche. En otra historia, resulta que no es una bruja, solo una mujer solitaria que nunca se casó, jamás tuvo hijos, su casa se fue deteriorando y los niños del pueblo le fueron construyendo una leyenda. Aquella mujer solitaria se volvió una bruja.

No tengo un mejor ejemplo ficcional para describir el punto y tal vez a la mujer de la que quiero hablar (aunque muchas villanas Disney encajan en este tropo).

Cuando era niña y mi familia recién comenzaba su independencia estrenábamos nuestra casa con cierto grado de dificultades, de esas que no ves cuando eres niña, pero se vuelven evidentes con los años. Una de las primeras cosas que me dijo mi madre en su momento y eventualmente le repitió a mis hermanos, fue que evitáramos la casa de mi vecina.

Ella era conocida por su fuerte carácter, no tener mucha paciencia con los niños, por tener una presencia económica y política tan fuerte que incomodaba a otros. Muchos en el barrio, al menos a sus espaldas, la llamaban bruja. Yo siempre la conocí como Doña Manuela.

Manuela Maldonado Díaz, un nombre que tal vez se termine perdiendo con el paso del tiempo, y que para esta altura de la historia ha perdido fuerza. Pero… al menos yo considero con total franqueza que no debería perderse.

Aquella mujer ya era relativamente mayor cuando la conocí, tenía una presencia muy fuerte, era dueña de varías propiedades, tenía un único hijo que la visitaba en cada fecha importante y era tan odiada como respetada en nuestro barrio.

Era una militante política activa, al grado que ninguna decisión importante podía hacerse sin tener su autorización o mínimo su opinión. Alumbrado público, drenaje y el revestimiento de las calles, todo (al menos en nuestro barrio) fue por causa suya. Al igual que algunos beneficios y programas políticos que llegaron mientras ella estaba con vida.

Mi madre dice que cuando quería algo, se presentaba en la presidencia y si algún secretario intentaba detenerla (o funcionar como intermediario) ella solo decía “Yo no hablo con gatos” y pasaba derecho a la oficina del presidente sin importarle si estaba con alguien, y luego decía lo que quería, cuando lo quería y por supuesto como lo quería.

Daba su nombre y era seguro que aquello que quisiera, seria dado a la mayor brevedad posible. Donó una casa completa en la que se estableció una escuela, su única condición era que su nombre fuera puesto en el lugar. Después de su muerte ni siquiera su nombre fue conservado, casi como si el inmueble hubiese sido dado por una entidad invisible y sin nombre.

Mi madre, que con los años se volvió más cercana a ella, me contó un poco de la historia de la casa y su antigua dueña. Aparentemente ella había estado casada cuando era joven, con el padre de su único hijo. La que se volvió escuela era el lugar que habitaban juntos. Un día aquel hombre lo golpeó y en medio de la noche salió rumbo a la casa de sus padres.

Su padre, un viejo hombre de rancho que gozaba con el poder económico e inmobiliario que ella heredaría, lejos de consolarla o algo parecido. Le llamó la atención recordándole que ellos eran los del poder en ese lugar y que aquel tipo que era su esposo, en comparación suya no era nadie.

Luego de una larga discusión, su padre le hizo prometer que jamás lo buscaría solo para salir con escopeta en mano y correrlo del pueblo con la amenaza de que, si algún día regresaba, encontraría su muerte.

Nunca volvió a saber nada de aquel que fue su esposo, nunca volvió a casarse, crío a su hijo en soledad, heredo gran parte de lo que su familia tenía que ofrecer y jamás durante el resto de su vida (o al menos lo que yo supe) se dejó humillar por alguien.

Como vecina era una mezcla extraña entre gentileza dura y cortesía espinosa. Mi madre la consideraba más que una simple conocida, un algo parecido a una amiga. Se pelearon varías veces a lo largo de su relación, pero estaban en los malos momentos para ser un oído que escucha, un apoyo en los momentos difíciles, una enseñanza trascendente a veces pequeña, pero oportuna como el saber como escoger un buen melón.

Aquella mujer era extrañamente bondadosa cuando le caías bien, pero jamás dejaba esa mascara de dureza que la vida le había obligado a adoptar. A veces te daba una fruta de sus arboles o te regalaba un dulce y mantenía una conversación que sonaba ligera, pero a su vez parecía ocultar algo importante.

No era de mi familia, pero su presencia en mi vida siempre se sintió como algo constante. A veces sin querer me encuentro extrañándola, y me duele que su nombre corra peligro de perderse, fue de las primeras grandes mujeres poderosas que conocí, fue la abuela que escogí, aunque ella no supiera.

En mi barrio la mayoría de las personas la consideraban una bruja, pero no era una mala persona, solo era una mujer que no se dejaba de nadie. Con los años la fui conociendo fuera del mito, jamás por completo, mi madre la conoció un poco más, también solo fragmentos. Historias inconexas que me gustaría que jamás se perdieran, que siguiera viva en la memoria de aquellos que la conocieron. Incluso si fuera recordada de manera negativa, creo que con su carácter… le hubiese gustado.  

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