Por Brenda Garrido Hernández
Kintsugi, es el nombre de una técnica japonesa en la que la cerámica fracturada o rota es reparada, con barniz de resina y polvo de oro. Es parte de una filosofía en la que las roturas de un objeto se vuelven parte de su historia, lo embellecen, se muestran con orgullo y por lo tanto lo hacen más valioso.
En su momento pasé por una leve gran obsesión con la cultura japonesa; pero irónicamente no me enteré de esta técnica hasta algunos años después, en los que mi obsesión se había enfriado lo suficiente. El nombre de un álbum, de mi banda favorita, Death Cab For Cutie, me dio suficiente curiosidad para investigar y conocer un poco de lo que significaba.
En su momento la idea de esta filosofía me pareció francamente hermosa, una manera de reivindicar las cicatrices, aceptar nuestros fracasos y que de cierta forma todo lo malo que nos construye nos hace más hermosos y valiosos en el proceso.
Una parte de mi sigue pensando que es un pensamiento hermoso, pero a veces y en mis circunstancias actuales, no puedo evitar preguntarme ¿Qué pasa con aquellas cosas que se rompen y no merecen ser salvadas? O con aquellas que directamente no pueden repararse a pesar de nuestros intentos más fieros.
Últimamente no dejo de pensar en eso, ¿Cuándo es mejor rendirse y desechar los pedazos de algo roto? y ¿cuándo es mejor intentar reparar algo, aunque el proceso de reparación parezca destruirte en maneras que no imaginabas? ¿Cómo tomamos esa decisión? ¿Cómo sabemos que algunas cicatrices no merecen someterse a un proceso parecido al del kintsugi?
Es común cuando vemos obras de ficción que se nos presentes situaciones imposibles, en las que de vez en cuando y si estamos de ánimo, y a veces sin estarlo, nos gusta proyectarnos. Si estuviéramos en una situación similar ¿Haríamos lo mismo?
Si alguien nos engañara después de tantos años juntos ¿seriamos capaces de perdonarlo y simplemente dejarlo pasar? Como cuando en Grey´s anatomy cada cierto tiempo algún personaje comete alguna infidelidad, para aderezar la trama con más drama y vemos como algunos lo soportan en silencio, otros explotan y gritan, algunos recurren a la terapia y otros simplemente lo dejan… la mayoría intenta seguir con su relación, pero como espectadora no puedo evitar preguntarme si la confianza puede ser arreglada y repuesta después de una traición de ese tipo.
Una traición solamente comparable a que tus mejores amigos te expongan y revelen tus secretos ante un montón de extraños, como en alguna escena de guerra de novias (2009) o te dejen en una posición demasiado vulnerable como en Bromas que matan (1999).
O como todas aquellas veces en las que alguna pareja en la ficción Después de tantas veces fallando en una relación se niegan a dejarlo morir, en esos casos ¿Vale la pena seguir intentándolo? Al grado de dejar nuestro empleo soñado en Paris para saltar en los brazos de un amor que idílicamente suena bien, pero en la práctica solamente ha demostrado ser un desastre.
A lo largo de nuestra vida y nuestra extraña formación como seres humanos, se nos enseña que debemos aferrarnos a lo imposible, porque si creemos con fuerza en algo podemos conseguirlo, aunque sea doloroso y sin importar si nos rompemos en el proceso, porque la recompensa final lo valdrá.
Nos enseñan que hay relaciones que deben protegerse, procurarse, en las que debemos dar TODO de nosotros para no perderlas porque la soledad que nos espera al perderlas es peor que la traición de un amigo o una pareja y por supuesto es peor que nuestra falta de confianza en nosotros mismos y en aquellos que nos rodean.
Justificamos y dignificamos el dolor y el sufrimiento porque tenemos la esperanza de que lo que logremos construir con eso será más fuerte, más valioso y hermoso. Será parecido a lo obtenido con la técnica del kintsugui pero tal vez en ocasiones es válido reconfigurar nuestro cerebro y darnos cuenta que hay cosas que no merecen y no pueden repararse.
Que hay relaciones que es mejor perder, que el daño que nos hacen no vale tanto la pena cuando la garantía de convertir todo en algo mejor no existe. Que cuando algo o alguien nos destruye en piezas tan pequeñas, que apenas y nos reconocemos es mejor dejar aquellos fragmentos sin unir e intentar reconstruirnos de otra forma.
Aunque claro, supongo… que eso depende de cada uno y nuestra respuesta al encontrarnos frente a la pregunta de si algo merece ser salvado una vez que ha sido roto.

