Historias de alacenas, vitrinas y macetas I Tía Betty.

Por Arizbell Morel Díaz.

Para Lulú y Beatriz.

Tía Betty sabe cuando Nona está muy triste. Ella es muy sabia y por eso comprende que el mundo gira en más de un sentido a la vez.
Por eso Tía Betty decide visitarla, porque Nona es lo que más le importa en el mundo.
Así que Tía Betty encamina sus pasos hacia ella, hacia la casa de Nona que está en una esquina junto a la tiendita de Doña Chata.
Para llegar con Nona, Tía Betty toma el metro, tres estaciones cada vez.
Pero a Tía Betty eso no le importa, porque sabe que verá a Nona feliz otra vez.
En el camino, Tía Betty piensa, piensa…
Piensa en todo lo que le tendrá que contar a Nona.
Pero sobre todo piensa en escuchar, a Tía Betty le gusta sentir el mar en sus oídos cuando Nona habla.
Y a Nona le gusta que Tía Betty la quiera escuchar.
A veces los adultos se olvidan de cuánto importa ésto.
Pero Tía Betty es otra clase de adulta, una que busca el mar en sus chales recién tejidos. Una adulta que colecciona cosas…
Porque…
Tía Betty también sabe guardar secretos. Ella tiene una caja de fotografías a blanco y negro que ella misma imprimió hace unos pocos siglos.
Tía Betty guarda ahí las cosas del mercado, a ella le gusta pensar.
El metro se ha parado y Tía Betty recuerda muchas cosas. Recuerda por ejemplo que…
Tía Betty fue quien nombró a Nona Nona. Antes el nombre de Nona era Martha (aunque Mamá insiste en seguir llamándola así).
Martha no le gusta. Martha es el nombre de una señora mayor que Nona está por conocer. Una señora que seguramente no gusta de perseguir mariposas en días soleados ni de pasear por el mercado con su tía en días de lluvia.
Martha tiene un dejo de tristeza y seriedad que Nona a su corta edad no quiere aceptar.
A ella no le gusta pensar que puede estar triste, aunque ya lo haya estado.
A ella solo le gusta pensar en los días de campo, muy o poco soleados que están por venir.
A Martha le gusta pensar que en el verano tía Betty las visitará otra vez. Y Martha tiene razón, porque Tía Betty ya está en camino.
Al salir del metro, Tía Betty se encuentra con la lluvia en un día soleado.
¡Qué bueno que se puso sus botas! ¡Qué bueno que Tía Betty no olvidó su sombrilla roja! Porque aunque el día es soleado, caen las gotas gordas.
Tía Betty avanza dos pasos a la vez, evitando pisar las grietas del suelo.
Aunque no es muy vieja, a Tía Betty le gusta evitar las raíces de las jacarandas cuando camina por la ciudad.
Dicen que es de mala suerte hacer eso…
Entonces Tía Betty trata de evitarlo lo más que puede…
Tía Betty ha llegado a la tienda amarilla de Doña Chata y le pide dos cocadas y tres dulces de camote. A la mamá de Martha no le gustan las primeras.
Pero a Martha sí.
Entonces Tía Betty decide comprar dos más.
Por si acaso, por si Nona las quiere comer.
Y Tía Betty sube las escaleras de dos en dos hasta llegar a la casa de Nona. Y es Nona quien abre la puerta…
Nona está en pijama con bigotes de chocolate, su mamá no está. Salió, hace rato.
Tía Betty ya sabía y por eso la vino a cuidar.
A Nona le emociona que Tía Betty la visite a pesar de la lluvia. Escurre su paraguas y usa las gotas para mojar sus acuarelas. Entonces Nona comienza a dibujar un bosque, una playa pero no un desierto.
A ella no le gustan los paisajes secos.
Aunque sí le gusta dibujar camellos de todos los colores.

Tía Betty empieza a hacer agua de limón.
Nona, feliz en el suelo de la sala, escucha el cris cris de los limones al ser exprimidos. Nona dibuja una sombrilla roja como la de su tía y le cuenta todo su mundo a través de las paredes de la pequeña casa que comparte con su madre. Nona, al hablar con ella redescubre que la calle y las veredas, que las viejas bicicletas tienen nuevos rostros cuando alguien que te quiere se preocupa por saber cómo las vive desde sus 90 cm del altura. Porque Nona es chiquita, todavía puede caber debajo de la mesa si se agacha solo un poco, un poquito, para esconderse y jugar a las escondidas con mamá.
A veces Nona se esconde para ver cuánto tiempo tarda en encontrarla y cuando escucha a mamá llamarla ¡Nona! ¡Nona! ¿Martha, dónde estás? le entran unas ganas incontrolables de comerse al mundo que tiene dentro. Aunque muere por decir, ¡Estoy aquí, debajo de la mesa, enfrente de la jardinera!, no lo hace. Porque quiere guardar el secreto del silencio al esconderse, al resguardarse de la lluvia que le provoca saberse encontrada. No es que no quiera a Mamá, al contrario, Nona la quiere muchísimo, pero no puede evitar querer tener ese secreto, el único, que guardan sus 90 cm de altura y seis años de vida en el planeta Tierra.
A veces, cuando se encuentra debajo, Nona sueña con la vida en otros planteas. Y se pregunta cómo sería haber nacido en Marte o en Venus (nunca en Mercurio pues sabe que al estar tan cerca del Sol se quemaría por completo). Y entonces ve la jardinera, sus colores y escucha las voces que la regresan al mundo para poder decir ¡Aquí estoy! ¡Soy yo! ¡No me había perdido! Tan solo estaba guardada debajo de la mesa…
Tía Betty termina su agua de limón y se la lleva a Nona, ella no le pide que se quite sus bigotes de chocolate pues sabe que a Nona le gusta fingirse gato por las noches. Todo esto lo sabe porque Tía Betty cuida de Nona al escucharla. Juntas comienzan a dibujar un sinfín de caminos…
Nona le cuenta a Tía Betty sobre Tota, su mejor amigo hecho de telas viejas, de harapos pero que no cambiaría por nada en el mundo. Tía Betty le cuenta los recuerdos de su caja secreta, el mar contenido en unas palabras, los ayeres que ya no pueden volver pero de los que siempre se puede aprender y que la hacen ser quien es.

A Tía Betty le fascinan las jacintas, el nombre que ella le ha dado a los jazmínes para recordar a la Abuela, quien los cuidaba en su pequeño jardín de la azotea. Otras plantas que le encantan son los limones y los higos. Aunque ya no tiene un árbol de higos.
A Mamá no le gustan las plantas como a Tía Betty, porque dice que es muy fácil que se llenen de bichos cuando Nona deja caer azúcar por la casa. Pero Mamá tiene una jardinera color tamarindo en medio de la sala, llena de bugambilias, donde parece que la primavera nunca deja su hogar.
Todo esto y más saben Tía Betty y Nona, lo comparten en los silencios mientras dibujan por aquí y por allá. Los secretos ocultos en sus gestos, en el tomar agua de limón por las tardes cuando Nona sale de la escuela y Mamá aún tiene que trabajar.
Pero Tía Betty lo compensa.
Nona no se queja.
Porque cuando Mamá llega, ella vuelve a jugar.
Y a veces Tía Betty se queda para platicar.
Entonces las noches también se vuelven de agua de limón y los bigotes de chocolate la acompañan en sus sueños.
Entonces Nona sabe que Mamá no está sola porque con Tía Betty Mamá recuerda cuando ambas eran niñas como Nona e iban juntas a la escuela y compraban cocadas a la salida para esconderlas antes de la comida.
Hoy es uno de estos días.
Nona sentada en el suelo frente a la jardinera, el paraguas de Tía Betty sobre la puerta, los dulces en una bolsa medio abierta, la jarra de agua de limón en la mesa, suenan toquidos desde afuera…
Tía Betty abre la puerta y entra Mamá.

Arizbell Morel Díaz.

Fotografía: Shu Villegas.

Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Becaria por Teatro UNAM para el “ 2do. Diplomado: Escritura Dramática para jóvenes audiencias” del Centro Cultural La Titería A.C., Cultura UNAM y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” en el ciclo 2021-2022 (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021).
Actualmente dirige “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart (ENARTES 2021,Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla) con la compañía La Crisálida.
Ha escrito narrativa y ensayo. Entre sus textos publicados por La Coyolxauhqui se encuentran “Bitácora de una planta en resistencia” (2020), “Tetera conoce a cafetera”, “Barista”, “La máquina que todo lo escribe” y “El color de tus ojos al ver las hojas caer” (2021).

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