Hijas del Sol

El jardín recibió las flores de los cactus puntualmente al inicio de la primavera. ¿Han reparado en las flores de los cactus? No son como las demás. Viven tan solo unas horas: un día o una noche desde que despliegan sus corolas. El espectáculo que nos regalan no se puede adquirir en ninguna florería, ni siquiera en el mercado de Jamaica; ni se podría comprar como los ramos que suelen regalarse por alguna celebración, como las rosas o las orquídeas. Las flores de cactus son silvestres, caprichosas, diversas. Se muestran solo después de recibir agua y luz en dosis precisas: poca agua y mucho sol. Mi hijo se asomó al centro de una echinopsis: —« ¿Estás segura de que no hay un hoyo negro ahí dentro?»—, preguntó. Quizá esa sea la respuesta del por qué son tan especiales, en cada una hay un universo.

                 Conocidas como cactos, cactus o cacti, sus tallos se engrosan para almacenar agua y sus hojas son espinas. Aristóteles acuñó esta palabra para referirse a los cardos, significa literalmente hojas de espinas. Pero no se refería a nuestros cactus, porque antes de la conquista española, Europa no los conocía. Fue Lineo quien usó la palabra cactus en su taxonomía para distinguirlos.

Pueden alcanzar grandes alturas, aunque los hay de apenas un centímetro. Los hay de muchas formas y tamaños. Los hay redondos, alargados y de formas irregulares. Los dueños y señores de mi jardín son más bien medianos, debido al limitado espacio que puedo ofrecerles. Empecé a adoptarlos cuando un biólogo amigo me obsequió uno por mi cumpleaños: «Para desearte fortaleza y protección».

Quedé asombrada con la geometría de su estructura. Cualquier matemático se volvería loco con las formas áureas, crecimientos exponenciales y hélices que poseen. ¿Qué pasaría si Da Vinci hubiera pintado un fractal de cactus como ejemplo de perfección en lugar de su Hombre Vitruvio? ¿En lugar de un canon para las proporciones humanas, como regla de armonía y belleza? Tendríamos quizá mayor aprecio por las demás especies naturales.

Decir cactus es decir México. Contemplarlos es asomarse a su historia y a su cultura.

Como dinosaurios, con cuarenta millones de años sobre la Tierra, los echinocactus, o biznagas, por ejemplo, nacen como una bolita espinada. Al cabo de cien años apenas alcanzan el tamaño de un balón. A partir de ahí crecen un poco más rápido, empiezan a elevarse en forma de columna, tal que tres adultos no la pueden abarcar uniendo sus brazos. Ahí donde se ven como pasmarotes del mioceno, son inamovibles, a prueba de cualquier vendaval. Pueden aguantar seis años de sequía. Sus estomas operan al revés que en otros vegetales: cierran por el día y se abren por la noche, atesoran la humedad, como camellos. Han evolucionado para sobrevivir a diversos entornos, se comunican entre sí por su enramado subterráneo como las sinapsis en el cerebro y despliegan cierto lenguaje a través de intercambios químicos. 

                En el norte, los saguaros alcanzan hasta dieciocho metros. En el imaginario colectivo, un mexicano es un saguaro, un sarape y un sombrero con un jarro de pulque, elixir de los dioses prehispánicos que solamente los agaves ofrecen. Al centro del país el paisaje se viste con nopales, símbolo de identidad nacional. Un águila devora a una serpiente sobre un nopal en el eje del escudo, ondeando al centro de la bandera más hermosa.

Las flores del saguaro son difíciles de describir, enormes racimos blancos con centros amarillos. Vistos desde lejos, pareciera que las nubes están flotando a ras del suelo. Una visión irreal sobre la tierra yerma del desierto.  Las flores de los nopales, por su parte, son más pequeñas; las hay rojas, amarillas, naranjas y hasta rosadas, preludio de las tunas o las pitahayas, sus frutos.

El paisaje no es diferente al sur. En la selva, los epifitos se adaptan al exceso de humedad.

Los cactus y sus flores forman parte de la cosmogonía de los pueblos originarios. Huichilopotztli dirigió al pueblo Nahua hasta encontrar al águila devorando a una serpiente sobre un nopal, señal del Dios Quetzalcoatl para que ahí fundaran su imperio, que ostentó grandeza y esplendor. Pero Otra leyenda dice que cuando los españoles llegaron con su violenta colonización, los pames (o Xi úi) se aprestaron a defenderse, implorando ayuda al Dios Sol, quien los convirtió en cardos para que en la oscuridad, los atacantes se confundieran y se hirieran con las espinas. El pueblo Xi úi, se volvió entonces un desierto para evitar que la tierra fértil llamara de nuevo a la codicia. Por eso, los cactus son considerados como guerreros, Hijos del Dios del Sol. Sus espinas pasaron a simbolizar defensa. Sus flores representan a las mujeres, que cada primavera se asoman a saludar al Sol, como sus agradecidas hijas.  Gabriela Mistral, representante de las mujeres mexicanas, dice de sí misma  en su poema La otra: «Era la flor llameando del cactus de la montaña; era aridez y fuego…»

Un simil de este relato podemos hacerlo respecto de cada momento en nuestra historia. Durante la guerra de Independencia o de la Revolución, fueron los hombres quienes tomaros las armas para rebelarse. Sin miedo, curtidos por el arduo trabajo y los siglos de humillación, hicieron valer sus derechos, pelearon por recuperar su herencia. Las mujeres a su lado no desmerecieron: defendieron a sus hijos, les proporcionaron alimento y les curaron las heridas.

Las mujeres mexicanas son como las flores del cactus. No importa qué tan árido sea su entorno, siempre están dispuestas a florecer y a dar frutos, incólumes entre los vientos. Hijas del Sol: piel de tierra, valientes de norte a sur, envueltas entre sus enaguas de múltiples colores, dispuestas a la defensa, aunque la vida vaya solo de un amanecer a su ocaso.

Hoy todavía, en territorio de los Wirikuta o Huicholes, un lugar único en el mundo, se puede hablar con los dioses: la madre Tierra, el abuelo Sol y el padre Fuego para recibir guía. De los lophophora o peyote se extraen pociones para tocar el rostro de Dios o asomarse a la boca del infierno. Es la planta de la paciencia y de la soledad, del amor y de la locura, de la belleza y de la fealdad, de la dureza y de la suavidad para quienes se atreven a probarla.

Dicen que si los dioses eligieran una planta para representarlos, elegirían al cactus, porque posee casi todas las bendiciones que ellos intentaron otorgarle a los hombres… Sin embargo, fue en vano.

Hasta mediados del siglo pasado podían crecer en paz sobre su hábitat y coexistir en equilibrio con el ecosistema. Hoy ya no. Cada día nuevos peligros les acechan: la siembra intensiva de hortalizas, la ornamentación, la voracidad inmobiliaria y el cambio climático.

No sé qué depresiones me habrían ganado durante los meses de cuarentena sin mi jardín de cactus. Un espacio para respirar aire puro, obtener vitamina D, compañía y consuelo. He pedido a mis hijos, que al morir, depositen mis cenizas entre el sustrato de mis macetas. Cuando florezca, me recordarán y no olvidarán nunca su identidad.

Publicado por Carmen Asceneth

Psicoterapeuta con enfoque psicoanalítico. Amante de la poesía y la literatura

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