
Por: Monserrat Chávez
El amor romántico nos ha llevado a asimilar ideas no sanas sobre las relaciones interpersonales, aquel amor que observamos a nuestro alrededor o aquel que leemos en novelos clásicas o contemporáneas. Sin embargo, también nos hemos de encontrar con el romanticismo que cuestiona los lineamientos sociales y se vuelca en un amor libre y recíproco.
Semanas atrás conversamos sobre la mirada femenina en la literatura, hoy deseo retomar la charla. Hace tiempo leí que “¿no has pensado en por qué las mujeres nos sentimos más atraídas por los hombres escritos por mujeres e identificadas por los personajes femeninos?”
Desde entonces esa pregunta no ha salido de mi cabeza, la respuesta a ello lo sé y lo expuse en la columna mencionada. Pero hoy quiero recordar una obra con miles de matices, hábil y hermosa para cualquier lectora/lector y que bien puede clasificarse como “female gaze”.
Jane Eyre fue escrita a mediados del siglo XIX por la autora inglesa Charlotte Brontë y antes de continuar, es propio considerar el contexto social y época en la que fue creada, así podremos apreciar las muestras feministas y fortalecidas en el carácter de la protagonista.
En su época fue señalada de ser una novela con tintes rebeldes y feminista, por los argumentos y el actuar del papel femenino. Y yo, cómo feminista, me fue imposible percibir ciertas características que en la actualidad serían muy cuestionables, pero de eso hablaré más adelante.
No creo, en verdad, no creo que haya sido intensión de la autora ni mía tampoco, romantizar o normalizar algunos actos; pero es para mí impensable no mencionarlos y causarme un ejemplo del limpio y suave romanticismo que han caracterizado a las buenas obras literarias.
Aún con el estilo de vida no sólo patriarcal, también dominante y clasista de aquellos años, es fácil distinguir, si se le pone la suficiente atención, la línea divisora entre el consentimiento y la imposición. Querida/o lectora/o, si ya leíste esta novela, seguro coincides conmigo en lo que diré a continuación.
Ya señalé algunas particularidades de la mirada femenina y esta obra cumple con muchas de ellas. Para empezar, la manera tan específica en la que nos presentan a su protagonista, permitiéndonos conocerle desde su tormentosa infancia.
Las infancias son seres con sentimientos y pensamientos con merecida validez social que en nuestro adulcentrismo hemos rebajado a meros caprichos y ello, Brontë lo expresó y ejemplificó de forma tan realista que es imposible no desbloquear recuerdos infantiles que se creían ya perdidos.
Y seguro lo tenía bastante claro la escritora cuándo a su personaje le dio armas verbales y una inteligencia emocional tan vivaz que, a su manera, intentó defender su integridad; porque las infancias si son conscientes de la violencia o el amor que les rodea y Jane pequeña lo supo desde siempre.
La Jane niña se sabía sola pero completa, conoció rápido el desinterés del prójimo por las injusticias y no buscó consuelo o ayuda en alguien más que en ella misma. Ella nunca se alejó de sus ideales pese al intento de persuasión de quienes le rodeaban y tampoco les juzgó, siguió su camino hasta su edad adulta.
Así, durante los primeros diez capítulos, la autora nos muestra lo equivocada que esta la sociedad respecto a las niñas. Llenando de escenarios y expresiones que nos dejan claro la valentía, fortaleza, inteligencia y razonamiento de esas pequeñas mujeres.
Pues bien, pasemos a una de las mejores partes y es la adultez de Jane Eyre. Trataré de no alargarme y hablarles sobre lo más importante de su personalidad. A nuestro personaje femenino nunca le atemorizó encontrar su libertad en una sociedad dominada por el hombre.
Tampoco se intimidó con la presencia ni palabras de quien era su jefe, al contrario, se mostró entera y acertada. Fue honesta respecto a sus ideales y nunca huyó de ellos para buscar la aprobación de aquel hombre o del resto de los personajes catalogados como “alta sociedad”.
Yo pienso que usted no tiene derecho a darme órdenes, porque haya conocido más mundo o porque sea más viejo que yo, esa superioridad que usted se adjudica dependerá de cómo haya usado su experiencia y su tiempo. (Charlotte Brontë, 1847 pp. 118)
Palabras como esas serán leídas frecuentemente durante la novela; porqué, una vez más, la autora sabía lo ambiguo que es la jerarquización y lo inexplicable de seguir esa tendencia que sólo aviva la conciencia sin clase.
¿Y saben qué más sabía? Diferenciar la unión por consentimiento aún con sus matices y la unión bajo una imposición manipulada y nada recíproca. Lo primero con Mr. Rochester y lo segundo con John Rivers.
¿Recuerdas cuándo te dije que cómo feminista detecté algunas cosas cuestionables? Pues lo fue la edad entre el personaje masculino principal y la protagonista, pero vaya, también mencioné que no debemos olvidar el contexto en el que se sitúa y los viejos usos y costumbres.
El amor entre Eyre y Rochester fue espontáneo y apasionado, pero no honesto por los secretos que éste guardaba. Aquí la autora nos invita a reflexionar sobre lo que hay que hacer cuándo el ser amado nos ofende y lastima, elegir quedarse por lástima o elegir irse para sanar y que el tiempo haga lo suyo.
Pero también nos invita a reflexionar aún más cuándo Rivers, cegado en su beneficio propio, pretende obligar a Jane a contraer matrimonio con él. Su manipulación escala al grado de señalar a Jane cómo traidora y egoísta, sin darse cuenta que el indiferente es él por no considerar nunca el corazón de nuestra protagonista.
Y Jane, siendo una mujer complaciente pero no abnegada, coloca límites entre ella y él, haciéndole saber desde el inicio lo poco locuaz de su discurso moralista y fatídico. Sin duda, Brontë nos mostró la diversidad masculina, todavía patriarcal pero una menos frágil que la otra.
Finalmente, nuestros protagonistas se reencuentran. Él, más reflexivo, empático y sereno, dispuesto a tomar la mano de su compañera de viaje y verla cómo eso, no un proyecto en el cuál trabajar para presentar ante la sociedad.
Y ella, con su interior fortalecido, madura y comprendiendo que los cambios que el destino trajo para ambos eran para acercarlos a la responsabilidad afectiva y el apoyo muto.
Veremos, al final, a un personaje masculino capaz deshacerse de su orgullo para amar completamente a la mujer que ha despertado en él deseos nunca vistos, a un hombre adulto consciente de que aquello deberá construirse con respeto, sinceridad y cariño.
¿Qué te digo? Un romanticismo que nos lleva al cuestionamiento interior y exterior, a reflexionar sobre nuestro actuar tanto en relaciones interpersonales como intrapersonal. Y que, nos sigue regalando amores sanos y correspondidos que crecen en su sentido emocional.
Quisiera seguir charlando más sobre esto, pero es tarde ya y debo dejar hasta aquí mi intervención. No sin antes pedirte que, a veces es bueno descansar de los lentes morados y disfrutar de las obras exquisitas que dejaron tantas autoras que en su momento, fueron poco reconocidas.
Recuerda que, aun cuando el sistema insiste en adentrarse hasta en los pequeños huecos, siempre habrá mujeres que nos muestren alternativas en ese mundo hecho para y por hombres. Ellas nos han creado un mundo para nosotras y merecemos disfrutarlo.

Monserrat Chávez Olivas. Licenciada en Ciencias y Técnicas de la Comunicación.
He laborado en distintos medios de comunicación en la ciudad de Durango, como El Sol de Durango, Radiofórmula, Periódico Contexto, Enlace conexión entre culturas y DurangoPress, así como en la ciudad de Tijuana, Baja California en la televisora PSN.
Me he desempeñado como reportera, redactora web, videografa, editora de vídeo y fotógrafa.
También he laborado en el área de Comunicación Social como en el Instituto Municipal de Arte y Cultura, Feria Nacional de Durango y en campañas políticas.
He sido participante de distintos talleres y diplomados de periodismo y creación literaria, pero los más importantes para mí y mi formación ha sido el Diplomado de Creación Literaria organizado por el ICED, mismo que se llevó a cabo durante el 2019 en el CECOART.
También, durante noviembre de 2020 fui participante del V Campamento Literario: El ejercicio novelístico del noreste de México.
