Por Arizbell Morel Díaz
Para E.R.

A los 26 Rogelio no podía dejar de pensar en que era una maravilla que el mundo fuera redondo.
Por más que le daba vueltas cual globo terráqueo, esta idea no dejaba de rotar en su mente.
Era un ser curioso, un joven con ambiciones de comprender a la esfera terrestre un paso a la vez.
Ojos cual castañas. Una voz que contenía las profundidades del océano. Un par de manos largas como de pintor. Y una cabeza que giraba con teorías, preceptos y sorpresas. Cuando un pensamiento entraba en ella no había manera de sacarlo hasta que quisiera salir solo. Generalmente sus pensamientos salían marchando, buscando nuevas caminatas por recorrer…
Como sus pensamientos habitaban su cerebro, Rogelio se contagiaba de ellos.
Así, había días en los que quería llegar al fin del mundo caminando. Y otros tantos cuando no quería ni moverse de su sitio.
Él era así.
Un niño. Por dentro, era un niño que contenía por sí mismo la sabiduría del mundo.
En una de sus noches de desvelo se preguntó cómo podría capturar a una estrella, congelar una luz. Si los planetas y los astros son redondos, tal vez tener una estrella era como sembrar un melón.
¿La tendría que meter al congelador? ¿Cuánto come una estrella?
¿Necesita de un agua lunar especial?
¿Cómo podría comunicarse con ella?
Como las preguntas rondaban su cabeza y le inquietaban las ideas decidió hallar una solución.
Él era un hombre de pocas palabras y acciones muy contundentes. Así que pensó:
Bueno, finalmente, capturar a una estrella no es cosa fácil ni probable…
Entonces, dejó de preocuparse por esta cuestión y volvió a dormir.
Cuando a una realmente le inquieta algo, lo está llamando.
De este modo, Rogelio pensaba en su suerte sin saberlo.
Cautivar a una estrella, empeñarse a ella, descubrir las cualidades de la luz en la palma de una mano…
…era solo cuestión de tiempo.
Una noche de verano algo golpeó a su puerta, lo despertó.
Paso a paso se acercó a la puerta…
Y entonces encontró una estrella. Y no supo qué hacer con ella.
Paralizado sobre sus zapatos, Rogelio entrecerró lentamente la puerta.
La estrella seguía ahí.
No se movía.
Y él sí.
Entonces la tomó entre sus manos y lo decidió:
La adoptó como mascota y la metió en una pecera.
Y la estrella lo miraba, aunque no tuviera ojos para hacerlo mientras él la insertaba en su palacio de hielo.
Ella era feliz con ésto. Jamás pensó que pudiera ocurrir.
Porque ella se sentía monstruosa. Ya que poseía un secreto.
Uno de sus picos estaba roto. Casi no se notaba, pero lo estaba.
Ella lo sabía.
La metió en la pecera de su tortuga muerta, pues aunque no era una estrella de mar, Rogelio no conocía otra forma de cuidarla.
La estrella necesitaba comer, así que aprendió a cocinar.
La estrella necesitaba que alguien pudiera limpiar su entorno, así que aprendió a hacerlo.
De pronto sus días y sus noches estaban empeñados a su estrella y, los de ella, a él.
Y la estrella le daba electricidad; encendida todo el año.
Y la estrella lo acercaba a la felicidad, con sus grandes ojos —que no lo eran— y su pico roto para cualquiera que se acercara (que no fuera él que ya conocía su secreto y lo esperaba).
Así comenzaron a vivir, su estrella y él.
Y pasaron los años y las constelaciones.
Pasaron la crudeza de las estaciones.
Juntos, ella en su pecera, él por fuera, acompañándola.
Un secreto que nadie te dice es que cuando adoptas una estrella, adoptas una eternidad.
Así le pasó a Rogelio, quien comenzó a vivir como si una semilla le explotara en el pecho.
Creo que todavía viven él y su estrella.
Aún no me los he encontrado.
Pero si miras más de cerca, seguro que tú puedes hacerlo.
Empeñados mutuamente, compartiendo el mundo y la esfera celeste.
Arizbell Morel Díaz.

Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Becaria por Teatro UNAM para el “ 2do. Diplomado: Escritura Dramática para jóvenes audiencias” del Centro Cultural La Titería A.C., Cultura UNAM y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” en el ciclo 2021-2022 (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021).
Actualmente dirige “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart (ENARTES 2021,Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla) con la compañía La Crisálida.
Ha escrito narrativa y ensayo. Entre sus textos publicados por La Coyolxauhqui se encuentran “Bitácora de una planta en resistencia” (2020), “Tetera conoce a cafetera”, “Barista”, “La máquina que todo lo escribe” y “El color de tus ojos al ver las hojas caer” (2021).
