Por Irene González.
Marzo es un mes asociado a la lucha de las mujeres por sus derechos, seguridad y libertades, pero este movimiento es constante y las complejidades del feminismo no pueden abordarse ni resumirse en un día, ni siquiera en 31. De todas formas, al día 30, queremos poner sobre la mesa de discusión una palabra importante: deconstrucción.
¿Decon… de qué?
La deconstrucción en el contexto del feminismo implica cuestionar los modelos que hemos aprendido como consecuencia de crecer y vivir en un sistema patriarcal, machista y violento. Se trata de analizar las creencias que hasta ahora hemos dado como válidas, pasarlas por la lente del pensamiento crítico para finalmente decidir si vale la pena, o no, mantenerlas vigentes. Además, habla también de la capacidad para redefinirnos continuamente como consecuencia de este análisis.
Deconstruirnos implica estar dispuestos a hacernos preguntas difíciles, a aprender de las opiniones opuestas para enriquecer nuestra perspectiva y ser capaces de colocarnos a nosotres mismes bajo la lupa. Sobre simplificado en un dicho común: no puedes llenar un vaso desbordado.
Si soy feminista, ya me he deconstruido.
La deconstrucción debe considerarse un proceso continuo e infinito. Seguimos aprendiendo nuevas formas de honrar al feminismo, de ejercer un feminismo diverso e inclusivo; por ello no podemos hablar de la deconstrucción como un evento único en nuestras vidas.
Pivotear hacia un modelo de pensamiento distinto requiere tiempo, flexibilidad y aprendizaje. Una persona que se identifique como feminista no está exenta de replicar, todavía, micromachismos, patrones tóxicos, faltas a la sororidad, etc.
Es también un proceso imperfecto. Asumirnos como feministas es ver nuestra propia deconstrucción como un trabajo en progreso, y ese progreso como no lineal. Para seguir con la analogía trillada, el vaso se debe continuar vaciando.
Deconstruirme me vuelve mejor que otros.
La deconstrucción suma, sin lugar a dudas, a una versión más positiva de nosotres mismes y la sociedad en la cual habitamos. No nos da, en cambio, una posición de superioridad moral o un derecho de condescendencia sobre otras personas. Una parte importante de deconstruirnos implica entender nuestros aprendizajes con humildad.
Tener la oportunidad, el tiempo, y los recursos necesarios para desarrollar el pensamiento crítico, analizar nuestros modelos, y todo lo que se necesita para llegar a la deconstrucción es, en una sociedad como la latinoamericana, un privilegio. Eso conlleva responsabilidad, quizá no se trata per se de predicar la palabra de la deconstrucción, pero sí de cortar los valores obsoletos y evitar re transmitirlos. Re educarnos y, de ser posible, a los que nos rodean, configurar en quienes nos escuchan un modelo más cercano a los ideales por los que lucha el feminismo.
Marzo es un gran mes para comenzar: abrir la discusión y poner a girar las ruedas de la reflexión, el cuestionamiento y la acción. Con suerte, será el inicio exitoso de un proceso que se mantendrá vivo durante el resto del año.

Irene González estudió la licenciatura en Arte y Animación Digital en el Tecnológico de Monterrey. Graduada del Diplomado en Literatura y Creación Literaria por “Literalia Editores”, fue miembro del círculo de escritores tapatío “El Jardín Blanco”. Ganadora del primer y tercer lugar en cuento en el “Concurso Nacional de Literatura del Tecnológico de Monterrey” 2011 y 2014 respectivamente. Finalista en el concurso internacional “Novelistik de Ciencia Ficción” 2016. Ha publicado en diversos medios digitales e impresos, incluyendo “Sirena Varada”, “En Sentido Figurado”, “Teresa Magazine”, “Quinde Cultural”, el periódico “La Jornada” y en su blog personal “Dystopian Fantasy”.
Instagram: @r.irenegon
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