Conversaciones de madrugada | Las denuncias públicas [nos] construyen

Por: Monserrat Chávez

Hablar siempre sana. Y si no sana de forma inmediata, ayuda a construir un camino hacia ese bienestar deseado. Hablar es verbalizar como se correlacionan la mente y el cuerpo. Hablar de aquello que a nadie más hemos dicho; por miedo, por no poder, por no creer que va a suceder algo.

Y esta valentía o motivación nos la implantó el movimiento feminista. Porque estoy segura de no ser la única que tembló al acudir a una marcha y escuchar las historias de otras mujeres, historias sobre abusos y agresiones.

Escuchar historias similares a las nuestras nos acobijó al sabernos acompañadas, pero también reavivó lo que creíamos olvidado, allá en el fondo del corazón. Y nos hizo querer exigir justicia por ellas, por nosotras.

Las denuncias públicas hechas en redes sociales o tendederos presenciales han ganado mucha relevancia en los últimos tres años, pero la visibilidad conlleva críticas emitidas desde distintos puntos.

Afortunadamente el movimiento de sororidad y solidaridad hacia con las víctimas se ha fortalecido, pero no se han desvanecido los señalamientos que cuestionan las palabras y sentir, los hechos, las vivencias que duelen cada vez que se cuentan.

¿Por qué alguien inventaría una agresión para obtener atención? No existe, no hay tal posibilidad.

A mí me parece, de hecho, que para algunas personas no ha quedado claro el objetivo de las denuncias públicas. El sistema de justicia penal es insuficiente y le ha fallado a todas las sobrevivientes, no sólo las reevictimizan, las vulneran y le niegan el castigo a su agresor.

Algunas de la denuncias con lo anteriormente descrito tienen carpeta de investigación, pero otras no y denunciar en un espacio ha servido como antecedente. ¿Qué antecedente? El hecho de que compartimos lugar o núcleo social con un agresor.

Y en alusión a aquella frase… No, no se daña la imagen de la persona señalada, porque él ya se encargó de arruinar su reputación con los actos cometidos.

Ahora, ¿cómo se vive en un sitio en específico? Les voy a platicar de la ciudad conservadora donde radico; Durango. Cientos de casos han quedado en la impunidad, yacen carpetas de investigación sin resolver con casos de feminicidio, violación y desaparición.

Pasan los años y las administraciones, pasan las promesas y los encuentros, pero nunca nadie ha dado una resolución a las historias trágicas que albergan los municipios y su capital.

Y no les ha quedado de otra que culpar al crimen organizado o a las propias víctimas.

Han sido parejas, padrastros, conocidos, vecinos, personas con influencias políticas que se han atrevido a agredir, violar y/o asesinar a las mujeres duranguenses sin que ninguno reciba una condena, es más, sin siquiera el escrutinio público.

Va de nuevo, ¿creen qué alguien se inventaría un abuso para conseguir atención?

Las víctimas viven un infierno antes y después de denunciar, pero los acusados siempre caminan erguidos sin temor a nada. Aquí no hay mentiras, lo que si hay es poder adquisitivo y una red grandísima que ha pactado el encubrimiento.

Las mujeres o familias que deciden denunciar peregrinan buscando justicia, no tienen descanso porque además de lidiar con la obstaculización de las autoridades, también se enfrentan a las amenazas de su agresor.

Las mujeres que no deciden denunciar lo hacen por las razones anteriores. Por no querer ser expuestas a toda esa tortura, porque no están mentalmente preparadas para enfrentarse a lo que conlleva un proceso, porque tienen miedo.

¿Y qué se hace cuándo no te queda nada más que tu voz? Gritarlo. Cuándo las instituciones han fallado la única puerta es la red sorora que te acompaña, que te escucha y cree.

Es cuándo se elige hablar públicamente y exponer el caso ante miles de ojos.

Ojos empáticos, otros morbosos. Pero funciona al fin de cuentas. Te leen, te escuchan, te creen otras veces no.

Resulta que alguien conoce a tu agresor, resulta que le hizo lo mismo a más mujeres, resulta que hay más denuncias. Al final, la red de apoyo se ha ampliado.

Las mujeres que denuncian sus casos de forma pública a través de las redes sociales o tendederos, lo han hecho como última vía. Porque están cansadas de que en una oficina les ignoren. Cansadas de ver a su agresor libre. Cansadas del dolor.

Entonces sí, esas denuncias si sirven. Porque informan, advierten, ayudan, sanan. La sanación es subjetiva, se moldea a las necesidades de cada individuo y sí para alguna mujer gritar al mundo lo que le ha ocurrido le servirá para curar sus heridas entonces, si sirve.

Las denuncias públicas construyen redes de apoyo, esas redes se esparcen por distintos sitios, encuentran y conectan con otras vivencias y a su vez, reintegran a otras más.

Permanecer calladas no será más un requisito de este sistema patriarcal que pacta con la violencia y silencio. Hablar, siempre nos hará más fuerte a pesar del dolor no gracias a él.

Hablar para visibilizar el rostro y nombre de nuestros agresores será siempre un motivo justo.

Monserrat Chávez Olivas. Licenciada en Ciencias y Técnicas de la Comunicación.

He laborado en distintos medios de comunicación en la ciudad de Durango, como El Sol de Durango, Radiofórmula, Periódico Contexto, Enlace conexión entre culturas y DurangoPress, así como en la ciudad de Tijuana, Baja California en la televisora PSN.

Me he desempeñado como reportera, redactora web, videografa, editora de vídeo y fotógrafa.

También he laborado en el área de Comunicación Social como en el Instituto Municipal de Arte y Cultura, Feria Nacional de Durango y en campañas políticas.

He sido participante de distintos talleres y diplomados de periodismo y creación literaria, pero los más importantes para mí y mi formación ha sido el Diplomado de Creación Literaria organizado por el ICED, mismo que se llevó a cabo durante el 2019 en el CECOART.

También, durante noviembre de 2020 fui participante del V Campamento Literario: El ejercicio novelístico del noreste de México.

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