Historias de alacenas, vitrinas y macetas I Disertaciones de primavera.

Por Arizbell Morel Díaz.

Comenzar es siempre hoy-Mary Shelley.

Hace un largo estrecho de tiempo, el Invierno decidió que el mundo debía ser suyo. Después de todo, él era el más viejo de todas las estaciones. Él había visto a todos nacer, crecer y volver a él. 

Era el principio y el final, la unidad.

Todo terminaba en el invierno, así debía de ser, así había sido y así debía de continuar. 

Invierno estaba seguro de ello. 

Viejo más no decrépito, con largos cabellos y dedos cenicientos, sus labios congelados con tan solo un poco de escarcha sobre ellos, caminó hacia su casa de adoquines y tocó la puerta. 

Adentro, se encontraban las otras estaciones, esperando por él…

Primavera, Verano y Otoño. 

Sentados a la mesa junto al fuego. 

Invierno los vio y sonrío para sus adentros. 

Comenzó a desgranar la última mazorca que les quedaba mientras las miraba atentamente…

Ella, la Primavera, cubierta de flores hasta en los brazos.

Una jacaranda en medio del invierno.

Ella era la única entre todos sus hermanos: el Otoño y el Verano que se parecían a él, a Invierno. 

Pero ella, no. 

Primavera era la tempestad, el descongelamiento, un millón de margaritas danzando al viento. 

Si el tiempo se mide en estaciones, como el año en meses, la estación de Primavera era la más esperanzadora de todas. Porque ella era la medida de los nuevos comienzos. 

El verano era hermosamente neutro.

A veces con su brisa.

A veces con el calor tan seco como el frío de Invierno. 

Verano, nunca lo uno ni la otra, sonrisas llenas de chubascos y oleadas calurosas. 

Otoño masculinamente afeminado pero indudablemente un él. 

Los animales y las plantas recogían sus frutos alrededor de él.

Otoño usaba suéteres tejidos de hojas secas y atardeceres nostálgicos. 

Con sus cabellos revueltos y los ojos bien abiertos, Otoño tenía la sabiduría de quien se sabe de paso. 

Volviendo a ella…

Primavera era nutritiva.

Primera se podía dividir en dos: Prima, Vera.

Primavera veía las cosas crecer y nacer, era la señora de los polluelos y las crías. Primavera siempre otorgaba nuevos comienzos. 

Primavera era optimista, sus ojos tan abiertos como su alma.

Ella era así, un capullo floreciente en medio del rocío. 

Inclusive en ese largo año de la última mazorca al aire…

En esa ocasión, Invierno había decidido quedarse, los pájaros congelados eran testigo de ello. 

Ya no había agua, solo cubos por picar. 

Cestas vacías, frutos ni siquiera congelados ni podridos.

Suéteres rotos y descoloridos. 

El día en que pelaban la última mazorca en su alcoba, Primavera lo decidió, tenía que hacer algo. 

Así que decidió llevarlo a Juicio, Invierno no podía mantenerse impune tras causar tanta destrucción y olvido. 

Se presentaron al Juicio…

Fueron a visitar al Ángel y a la Deidad…

Todo el lugar estaba lleno de retratos, retratos sin caras solo siluetas. Podía ser lo que quisiera, era el Palacio de la Posibilidad, del Crecimiento. 

Ángel quería ser blanco, tan blanco como sus alas, pero no lo era. Simplemente su semblante reflejaba la más pura de las inocencias. 

Por su parte, Deidad era fuerte, recia. 

Nada se les escapaba de entre las manos. 

El Ángel y la Deidad los escucharon, incapaces de creer lo que había ocurrido. Nunca en toda la historia, se había escuchado de semejante Juicio…

Cuando Primavera hablaba era como ver el agua correr de una fuente, eran todos los brotes que estaban por nacer, las semillas de vida pulsantes en su canto…

Cuando invierno hablaba, el ambiente se secaba. Era como escuchar la nieve caer sobre una ventana, como ver los pájaros volar hacia nuevos horizontes con la promesa del regresar…

Al final la Deidad y el Ángel lo decidieron: Había ganado la Primavera. 

Aunque hemos de decir que Invierno lo entendió antes que todos.

Mientras Ángel y Deidad deliberaban, Invierno se dio media vuelta y comenzó su largo camino…

Volvió a su helada caverna y sonrió.

Afuera los pájaros cantaban y un brote crecía en la entrada. 

Primavera había llegado.

Arizbell Morel Díaz.

Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Becaria por Teatro UNAM para el “ 2do. Diplomado: Escritura Dramática para jóvenes audiencias” del Centro Cultural La Titería A.C., Cultura UNAM y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” en el ciclo 2021-2022 (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021). 

Actualmente dirige “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart (ENARTES 2021,Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla) con la compañía La Crisálida. 

Ha escrito narrativa y ensayo. Entre sus textos publicados por La Coyolxauhqui se encuentran “Bitácora de una planta en resistencia” (2020), “Tetera conoce a cafetera”, “Barista”, “La máquina que todo lo escribe” y “El color de tus ojos al ver las hojas caer” (2021).

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