Rinoplastia

Nitz Lerasmo

Sara entra al consultorio con la cabeza agachada. Cierra la puerta detrás de ella, esforzándose por no perturbar el silencio del lugar. Con un gesto cordial, el doctor Mendizábal la invita a sentarse en una silla. Él lee con atención el historial clínico de Sara que previamente le ha pasado una enfermera. Mientras el doctor lee las páginas, Sara mira por la ventana del consultorio. Afuera, la Ciudad de México ofrece su ruido y su polvo a los turistas extraviados. Cuando el doctor Mendizábal termina de leer, mira a la joven y le obsequia una sonrisa ensayada, profesional.

―¿Qué puedo hacer por usted, Sara?

―¿No lo ve, doctor? Es mi nariz.

―¿Qué tiene su nariz?

―Es la nariz de un koala, doctor. La nariz de un koala puesta en un rostro humano.

―No entiendo. ¿Qué quiere decir con nariz de koala?

―Supongo que en su vida habrá visto a algún koala, doctor. Por ejemplo, en un documental de National Geographic. O en una postal de Australia, quizá.

―Conozco a los koalas, Sara.

―Son marsupiales tiernos y tontos. Tienen un sentido del olfato muy desarrollado. Sus narices rectangulares les permiten detectar toxinas en las hojas de eucalipto. Así evitan comer aquello que podría matarlos.

―Ajá.

―También pueden olfatear el rastro de otros koalas. Mi nariz es como la de ellos, doctor. Me refiero solo a la forma… Yo no tengo un buen olfato.

―Entiendo.

―A veces, para eliminar las espinillas que me brotan como hongos, me unto en la nariz una mascarilla negra, de carbón activo, que estuvo muy de moda hace un tiempo. Es ahí donde mi nariz cobra un aspecto más, digamos, más…

―Más simiesco.

―No, doctor. Koalesco. De marsupial austral.

―Entiendo. Pero pudo ser peor. Al menos su nariz no es un reloj de sol mal encarado.

―Ni un elefante boca arriba, ni una pirámide de Egipto. Supongo que hay peores casos que el mío.

―¿La señorita lee a Quevedo?

―No me diga señorita, doctor. Es machista de su parte.

―No quise ofender.

―No me ofende. Y leo de todo, doctor, aunque haya estudiado derecho. Claro que lo hice más por presión familiar que por voluntad propia. Yo hubiera querido estudiar literatura o filosofía o artes pero no derecho. Aquí la verdadera pregunta es por qué un médico es docto en el Siglo de Oro, ese siglo que, según dicen, tenía más oro en las arcas que en las letras.

―Porque amo la poesía. También amo mi profesión pero digamos que me casé con la medicina y practico el adulterio con la poesía.

―Su metáfora de infidelidad es trillada. Pero entiendo su punto.

―Tiene usted razón. No soy muy original.

―Yo tampoco lo soy, a decir verdad. Me reprocho este deseo de querer tener una nariz de molde. Una nariz prefabricada que aparece en portadas de revista, nariz de escaparate, nariz de publicidad televisiva. Donde sea que usted mire, aparece la misma nariz modelada por el mismo Cirujano-Dios. Es por eso que me siento como en un cuadro de Remedios Varo.

―¿Cómo dice?

―Que me siento como en un cuadro de Remedios Varo. Uno que se llama “Visita al cirujano plástico”.

―Creo que no lo conozco.

―En el cuadro aparece una mujer cubierta con un velo. Ella está tocando el timbre de una clínica de cirugía plástica. Como el velo es bastante trasparente, puede observarse que la mujer tiene una nariz puntiaguda, superlativa, de espolón de galera como decía Quevedo. La clínica tiene una vitrina donde se exhibe el cuerpo desnudo de una mujer con cintura de avispa y tres pares de senos. En la vitrina reza una leyenda: “Superemos a la naturaleza”.

―Qué interesante. ¿De qué año es la pintura?

―De los años cincuenta o sesenta. En fin, no tiene importancia. Aunque me reprocho mi deseo, heme aquí, frente a usted, rogándole una cirugía plástica.

―Sí, mejor volvamos a lo que nos concierne. Hábleme de sus motivaciones y expectativas sobre la cirugía, Sara. ¿Qué espera de ella?

―Ser bella, doctor. ¿Acaso no todas sus pacientes esperan lo mismo? Las mujeres que venimos aquí buscamos seguir el canon a rajatabla, queremos olfatear el mundo con la nariz recta y respingada, ansiamos tomarnos fotos desde cualquier ángulo y sentirnos plenas. Elegancia y turgencia es nuestro lema. Y, claro, también espero gustarle a él.

―Entonces el corazón de Sara tiene dueño. Y yo que quería animarme…

―Déjese de coqueterías, doctor. Ya no está en edad para eso.

―Disculpe, no quise ofenderla.

―No me ofende. Y tampoco mi corazón tiene dueño. Al menos no todavía.

―¿Entonces quién es él y por qué no la busca? ¿Por qué no va corriendo hacia usted con los brazos abiertos? Tal como lo haría yo si fuera más joven…

―Absténgase de piropos, doctor.

―Disculpe.

―Él es el hombre por venir, el hombre hipotético. Es el ideal, doctor. El que me amará incondicionalmente, por sobre todas las cosas…

―Entonces a él no tendría que importarle su aspecto físico. Digo, si es tan incondicional como usted dice.

―No le importará, doctor. Pero primero debe enamorase de mí. ¿Y cómo se enamorará si no es por mi aspecto físico? Puedo ser un sol por dentro pero guardarme toda mi luz. La belleza será el espejo que refleje mis rayos.

―La entiendo y no la entiendo.

―No importa que no entienda. Yo tampoco me entiendo. ¿Lo ve? Vivo de mis contradicciones.

―Sea como sea, es mi deber informarle sobre algunos riesgos postoperatorios que conlleva la rinoplastia.

―Soy toda oídos.

―Después de la operación puede haber complicaciones respiratorias, sangrado constante o infecciones nasales. Incluso, en casos extremos, puede perder el olfato.

―La vida es un riesgo, doctor.

―Habla con la voz de la juventud. El menosprecio por la vida caracteriza a esta nueva generación.

―También su generación despreció a la vida. Impunemente contaminó el aire, el suelo, el agua y con ello envenenó a todos los seres vivos. Y ahora, esta juventud que usted critica, esta juventud desvalida e intoxicada, se entretiene encontrándose defectos físicos y pagándole a cirujanos plásticos como usted para que remedien la poca autoestima que nos queda.

―Bueno… Solo quería informarle de los riesgos de la operación. Por supuesto que yo me aseguraría de que nada malo le sucediera a esa carita tan coqueta. Haría mi mejor esfuerzo por usted, Sara.

―Es lo menos que puede hacer. Le estaría pagando, ¿no?

―A veces es usted muy brusca.

―Yo diría que soy muy directa.

―Y maleducada.

―Pero le hablo de usted, ¿no?

―Sí, pero uno puede hablar de usted y ser grosero.

―Como sea.

―En fin. Veo que tiene un mentón pequeño, Sara. Un mentón pequeño da la sensación de que la nariz es más grande. Si quiere también podemos realizar una cirugía para aumentar el tamaño del mentón.

―Yo siempre creí tener un mentón normal, doctor. Gracias por acomplejarme aún más.

―Solo era una sugerencia, no quise molestarla.

―No se preocupe. No me molestó. Sé que no soy muy bella.

―Se equivoca, Sara. Usted es tan joven y tan bonita. Esos ojos como chispas, como pavesas ardientes, como ámbar que refulge bajo los rayos del sol…

―¿El doctor es poeta?

―Poeta es decir mucho. Yo no sería tan narcisista para adjudicarme ese título. Pero algunas veces escribo versos, cuando me llega la inspiración. Así como usted hubiera querido estudiar literatura, yo hubiera querido ser poeta.

―Pero ni usted ni yo somos lo que queremos.

―Así es la vida. La gente se enferma y necesita médicos, no poetas. Aunque la poesía bien podría ser la cura del alma.

―O la poesía podría ser una enfermedad. La única enfermedad irresistible.

―Tiene usted opiniones muy lúgubres.

―Es de familia. También lo es la nariz. Muchos de mis familiares tienen esta misma nariz de marsupial. A veces me gusta especular sobre mi árbol genealógico. Siempre llego a la conclusión de que quizá mi tatarabuela se cogió a un koala.

―…

―Perdone, doctor, fue un exabrupto. No pretendía incomodar ni ofender su recato con mi vulgaridad.

―No se preocupe. Es que no estoy acostumbrado a esa honestidad tan directa.

―Sí, yo he sido honesta desde niña. No me gustan las mentiras… Aunque, ahora que lo pienso, ¿no una nariz operada es una mentira, un engaño? Pretendemos engañar y superar a la naturaleza. Pero, a fin de cuentas, si algún día tengo una hija le heredaré la misma nariz de koala de la que hoy me quiero deshacer.

―Eso es inevitable. Aunque, llegado el momento, su hija también podría operarse.

―Sí, es verdad. Pero quién sabe si ella tenga los mismos complejos que yo. Por lo general, los niños están menos acomplejados que los adultos.

―La infancia es idílica.

―Sí, claro que lo es. ¿Sabe, doctor? Recordé que cuando era niña visité la pirámide de Cuicuilco. Está al sur de la ciudad. ¿La conoce?

―Nunca he ido.

―Le recomiendo visitarla. Fue construida hace dos mil años.

―Definitivamente tendré que ir. O quizá podríamos ir juntos.

―No, doctor. Soy su paciente.

―Disculpe, no sé por qué frente a usted me cuesta tanto contenerme…

―Le decía que cuando era niña visité Cuicuilco. Cerca de la pirámide hay un pequeño y modesto museo. Ahí observé algunos restos óseos que fueron encontrados en la zona arqueológica. ¿Y sabe lo que más me sorprendió?

―Por favor dígame.

―Los cráneos.

―¿Los cráneos, dice?

―Los cráneos, doctor. Me impresionaron porque estaban deformados.

―¿Por los sacrificios rituales?

―No, no, para nada. Hace poco volví a recordar esa visita a Cuicuilco y me puse a investigar más sobre el tema. Resulta que algunos pueblos prehispánicos modificaban la forma de la cabeza de los recién nacidos. Utilizaban tablillas que amarraban a las cabezas de los bebés y conforme ellos crecían, el cráneo se deformaba…

―Sí, la plasticidad de la estructura ósea es mayor en los recién nacidos.

―…. y su cabeza quedaba alargada y aplanada para toda la vida.

―Ajá.

―Los antropólogos no saben con exactitud cuál era el motivo de esa modificación corporal. Pudo ser por razones ornamentales o como una forma de distinción social. También pudo ser por embellecimiento.

―Interesante.

―Aunque realmente no sabemos cuál era su concepto de belleza…

―Entiendo.

―Pero supongamos que era por embellecimiento.

―Supongamos.

―Seguro usted se preguntará: ¿qué belleza puede haber en una cabeza rectangular? Yo también me pregunté lo mismo. Pero allá ellos con sus cánones de belleza. Los nuestros son igualmente cuestionables. Una cabeza de cartón de leche no es más bella ni más fea que una nariz respingada.

―Bueno, pero hay bastantes diferencias, Sara. ¿Cómo compara una rinoplastia, que en general solo se practica en adultos, con aplastarle la cabeza a un bebito?

―Solo quiero decir que los cánones de belleza son arbitrarios. Cada cultura tiene su estándar, el cual siempre será cuestionable.

―Sí, tiene razón… Pero me dice todo esto como si, en el fondo, no quisiera hacerse una rinoplastia.

―Bueno, de querer querer pues la verdad no quiero. Es decir, siento que me traiciono si borro mi verdadera fisionomía. Esta nariz se ha preservado en la familia durante varias generaciones. Imagínese, mi tatarabuelo koala, que en paz descanse, hizo un largo viaje de Australia a México para fundar un linaje. Un linaje que yo me empeño en exterminar. Es injusto, ¿no le parece?

―Pensé que todo esto se trataba de gustarle al hombre del futuro…

―No, no del futuro. El hombre por venir. El hombre hipotético.

―Bueno, usted me entiende.

―Sí, se trataba de él. Pero quizá ese hombre nunca nazca o ya esté muerto.

―Sinceramente usted es muy exigente. Así que ese hombre no puede existir.

―Yo también creo que no existe. Lo cual me hace una tonta porque espero algo que nunca vendrá.

―No tonta pero quizá sí ingenua. La ingenuidad propia de la juventud.

―Quizás… ¿Le molesta si nos tuteamos?

―No, para nada. Es cansado hablar de usted.

―Sí, es cansado… ¿Sabes? Creo que la claridad me ha llegado de pronto. Es como un milagro… Se ha borrado toda mi indecisión. Ya estoy segura de lo que haré.

―Entonces… ¿Se operará? Digo, ¿te operarás?

―¡Para nada! ¿No era obvio que necesitaba hablar con alguien? Y al venir aquí y al hablar contigo, todo se ha esclarecido. ¡No quiero operarme, realmente nunca lo quise!

―Bueno… Si es lo que deseas, entonces supongo que está bien, Sara.

―¡Gracias, doctor, gracias! De repente me siento muy feliz… No tengo palabras para agradecerte…

―No tienes nada que agradecerme. No hice nada…

―Esta plática me ha ayudado más que cinco años de psicoanálisis.

―Bueno, eso es un gran elogio a decir verdad.

Sara se levanta de la silla para abrazar efusivamente al doctor Mendizábal. Se despide de él plantándole un beso en la mejilla. El doctor se sonroja. Sara sale del consultorio con una sonrisa luminosa, ebria de dicha. Cuando el doctor se queda solo, saca del cajón de su escritorio una pequeña libreta en donde garabatea unos versitos cursis. Luego, vuelve a guardar la libreta en el cajón y se prepara para recibir a su próxima paciente. Afuera, un arrebolado atardecer hechiza la ciudad. Hay nubes como orejas de koala que nadie advierte.

Publicado por Nitz Lerasmo

Autora de Miniaturas para una casita de muñecas (La Tinta del Silencio, 2021).

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