Historias de alacenas, vitrinas y macetas I Perfiles.

Por Arizbell Morel Díaz.

Era sólo una chica más de veinte mil que habitaban la gran urbe del ombligo del mundo. Caminar entre miles de rostros que son iguales a ti, pequeñas variaciones de una misma que amenazan con desaparecerte si lo permites aunque sea una vez, era parte de su día a día. Hasta los pasos suenan iguales, pensaba, ni siquiera el olor nos distingue. Dentro del vagón, su cuerpo se mecía de un lado a otro, en el suave vaivén de la monotonía del estar viva después de cierta edad. Olor a café quemado, sudor seco en los barandales y el interminable ruido de la gente que se aferra a sobrevivir. Luego, un edificio, veinte mil pisos exactamente iguales llenos de cubículos que acercan los cuerpos de las personas , aunque no las mentes ni los corazones.

Ella vivía así.

Él o ella (¿realmente importa?) vivía al otro lado del universo y tomaba la línea opuesta para llegar al mismo punto de la ciudad. La única diferencia que les separaba era el número de piso. ¿Cuánto tiempo se puede vivir junto a alguien sin ni siquiera mirarle? ¿Puedes mirar a los lados cuando solamente estás acostumbrada a mirar de frente?

Ellos seguían su vida así, en fila para llegar a ningún lugar. ¿Cuándo te encontrará alguien que palpite junto a ti? Si alguno hubiera escuchado a su corazón, le habría hecho esta pregunta. 

Afuera de la oficina donde ambos trabajaban crecía una jacarandá. Esta jacarandá no estaba sola, en la acera de enfrente había una exactamente igual a ella, mirándola. En primavera, el viento juntaba sus flores y ellas se podían tocar por algunos instantes más allá de la muerte. Sin saberlo, ambos oficinistas se habían detenido a observar este extraño fenómeno sin una mano que acompañara su contemplar. 

Sucedió entonces que ella, la que notaba el olor igual, tuvo que subir al piso de él, habitante del otro lado del universo. Porque la fotocopiadora se había averiado y ella necesitaba duplicados de un documento que puede ser cualquier formato. Así que subió las escaleras por primera vez, con una sensación extraña en sus pies. Tal vez hacia mucho que no caminaba con la mirada en alto.

Él, no volteó a verla, tan absorto estaba en el reflejo de su pantalla que no notó algo inusual en su piso. Ella tampoco y no fue ese día que las estrellas los juntaron para vivir felices por siempre. Pero sí fue la primera vez que cambiaron de piso. 

Junto a la jacarandá del otro lado de la acera, había una pequeña cafetería. La clase de lugar que los universitarios frecuentan, que las mamás evitan y que los apresurados conocen para no perder la costumbre del capuchino por la mañana. Todos en la oficina acudían a este lugar, ellas no eran la excepción. 

Algo sí era diferente en su forma de tomar café, ella llevaba un termo y él siempre pedía un vaso desechable grande para llevar. Si se hubieran conocido, ella frunciría el ceño al ver esto y probablemente le regalaría un termo para que evitara acabar con las tortugas y los osos polares del mundo. Ella era así.

Pero aún falta para que esto le preocupe a él. 

¿Cuántas veces más se cruzarían sus cuerpos sin saberlo, antes del encuentro inevitable? Bastantes. A veces él bajaba por un vaso de agua, a veces ella subía a entregar algo. A veces él entraba a la misma hora que ella y se cruzaban en el vestíbulo. A veces ella llegaba tarde y pasaba por el café minutos antes o después de él se hubiera salido. 

Otra cosa que compartían además de su amor por el café: pasaban su vida frente a una pantalla. Horas y horas interminables de llenar formatos, teclear y suspirar. Sus vidas eran así: días de ver al vacío de frente que te muestra una máquina. 

Si lo pensamos bien, las pantallas son como espejos con una doble función: cuando están vacíos nos vemos, cuando están llenos vemos el mundo digital del Internet. 

Ella veía el espejo como quien ve la muerte de frente. Como quien no teme un final que sabe que está próximo a llegar. 

Al fin y al cabo, los espejos son para conocerse. 

Él, no se veía, sólo miraba al teclado sin jamás levantar la vista. 

Al fin y al cabo, los espejos se pueden ignorar.

Ahora bien, ellos, debían de conocerse porque sino ¿de qué trata esta historia de amor? Claro que ambas habían soñado con que algo les podía ocurrir. Aunque se dijeran a sí mismos que era una locura adolescente igual que cualquier otra. Bien podían soñar con ganarse la lotería, daba igual, tenían las mismas posibilidades de ganarla. Pero en los sueños, no hay una lógica racional. ¿Necesitan los sueños explicación? ¿O sólo un empujón?

Para ellas y para todo el mundo llegó una catástrofe mundial que les obligó a encerrarse. Cada uno en su pequeño apartamento al otro lado del mundo urbano. Todavía, eso sí, frente a un ordenador.

Pasaron un par de meses así. Cómo sus cuerpos habrían de encontrarse es muy simple, ambos sentían amor. Sí, esa palabra de 5 letras que ocupa miles de canciones, obras de teatro y tarjetas de felicitación. Amor, claro, conciso e inexplicable. Pero el amor existe, aunque sea a una bebida como el café.

Volvamos al encierro compartido. 

Sucedió que una mañana a ambos se les acabó el café. O tal vez sucedió una tarde que ambas tenían sed del exterior que una vez conocieron.

Entonces se aventuraron cada una por su lado a salir a la cafetería en medio de sus vidas que era un recuerdo de la libertad.

¿Sabré todavía cómo llegar? ¿Qué voy a pedir? ¿Y si me encuentro a alguien que no me cae bien y tengo que saludarle? Ella miraba a la ventana mientras pensaba en todo esto. Y se dio cuenta de que de todos modos le faltaba café. Era invierno, así que se abrigó con una bufanda morada, como las jacarandás de la oficina y con su cubrebocas salió hacia el metro. Cuando llegó a la estación sintió que hacía una vida que no se paraba en ese lugar. Como si el cuerpo que lo hubiera hecho no existiera ya y en su lugar estuviera otro nuevo esperando la aventura de salir. Siguió los mismos pasos que tantas veces había transitado sin siquiera pensar. En su mente, el olor a café caliente llenaba todo lo demás. Los olores también pueden ser música.

Él, por su parte, salió del otro lado de la ciudad hacia la misma cafetería. Estaba harto de la vida, harto de las veinte mil videollamadas que nunca terminan y harto de su casa también. Caminaba como quien ni siquiera nota que lo hace. Bajó las mismas escaleras de sus tiempos de transitar y se dirigió sin ninguna esperanza a un lugar que le recordaba cuándo había sido feliz. 

Entonces llegaron, por primera vez al mismo tiempo. 

Había ocurrido, aunque no de la manera en la que ninguno de los dos lo hubiera planeado. Ella con su termo, de frente lo miraba.

Él tenía una bufanda roja y hacía tiempo que no se afeitaba.

Y sonrieron a través de la máscara que no dejaba adivinar sus dientes pero continuaban con esa mueca tan extraña que demuestra felicidad porque sabían que el otro les acompañaba en la sonrisa. 

Para la barista Fernanda, ver este primer encuentro fue muy divertido, ver las historias que se tejen alrededor del café le encantaba. ¿Cuántos secretos guarda nuestra barista de confianza? ¿Cuántas historias comienzan y terminan en un café? Fernanda fingió no darse cuenta de nada, ya sería testigo de todos los demás encuentros de este par. 

Ese día, sin decir una palabra, se pusieron de acuerdo: irían todos los martes a las 4 de la tarde a comprar un cuartito de café para su semana. Ella para molido para moka, él para prensa francesa. Ella pedía un capuchino en su termo y él un latte extra grande para llevar, aunque ella frunciera el ceño.

Así, pasaron algunas semanas hasta que, como en toda historia de amor, uno de los dos habló. Tal vez fue él, tal vez fue ella. Tal vez se dieron cuenta de que cruzaban la misma banqueta. Pero se hablaron y se pasaron sus números mientras seguía viéndose los martes por la tarde de este largo invierno. 

También comenzaron a verse en la pantalla. Descubrieron que eran inmensamente encantadores, que les chocaba usar esa plataforma y que podían enloquecer por el otro sin siquiera pensarlo. A veces el amor es así: de café cargado en tu taza favorita en una mañana fría en soledad. 

Con sus nombres, pudieron buscarse en las redes sociales. Ella descubrió que detrás de un perfil está el mundo. Y un perfil es una especie de espejo para el alma. La entrada es sólo un nombre. Con el tiempo se acostumbraron a verse así, a destiempos. Como las flores de las jacarandas que el viento mece para hacerlas llegar junto a las otras. Un baile en soledad con anhelo de ser acompañado. 

A veces la felicidad duele, duele porque sabemos que no es cómo esperábamos pero no podría ser de otra manera. Y nunca es eterna, aunque cambie la percepción del tiempo y no lo entiendas hasta que se escurra por tus dedos inexplicablemente. Entonces te cambia para siempre y deja un charco en dónde se derritió. 

Así eran ellos, felices.

Entonces todo cambió. El encierro se alargó, el metro que los transportaba desapareció. En la urbe había un caos y ellos ya no podían salir. Los dos seguían en la pantalla, seguían hablando de café aunque ya no pudieran compartirlo como antes.

En medio de la novela de ciencia ficción que era su vida, ellos podían vivir gracias a la esperanza de verse, de un día ver las jacarandás tomados de la mano, palma en palma, como besándose a la distancia en la primavera que amenazaba con no llegar nunca. 

Tenían que volver a conocer su café, pero ya sin máscaras, sin espejos, sentados frente a frente con unas tazas humeantes entre ellos. 

Los días pasaban y seguían a la distancia. Pero cada noche ella y él (o ella y ella o él y él) pensaba antes de dormir: Ya sólo falta conocer ese café juntos por primera vez, sólo un poco más. 

Ella le tenía una sorpresa a él: su termo preparado para evitar que siguiera contaminando. Él también le tenía una sorpresa a ella: un beso en la frente que no la estuviera arriesgando. 

Afuera, era primavera otra vez y las jacarandás volvían a juntar sus flores en el asfalto sin que nadie se detuviera a mirarlas. Ellas eran el baile interminable de la vida en dos banquetas que se ven de frente. 

Arizbell Morel Díaz.

Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Becaria por Teatro UNAM para el “ 2do. Diplomado: Escritura Dramática para jóvenes audiencias” del Centro Cultural La Titería A.C., Cultura UNAM y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” en el ciclo 2021-2022 (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021). 

Actualmente dirige “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart (ENARTES 2021,Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla) con la compañía La Crisálida. 

Ha escrito narrativa y ensayo. Entre sus textos publicados por La Coyolxauhqui se encuentran “Bitácora de una planta en resistencia” (2020), “Tetera conoce a cafetera”, “Barista”, “La máquina que todo lo escribe” y “El color de tus ojos al ver las hojas caer” (2021).

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