Historias de alacenas, vitrinas y macetasI La espera.

Por Arizbell Morel Díaz.

Esperar que vuelva a suceder, que las luces se vuelvan a encender después de Navidad la obsesionaba.

El árbol y las esferas en cajas, aquéllas que se rompieron ya se encontraban en la basura. Toda la Navidad y la alegría se habían esfumado con los abrazos de fin de año. 

Las bufandas rojas en el lavado, el recalentado terminado y una caja de esferas cuya novedad la había asombrado en diciembre yacía en el rincón de los tiliches olvidados y remendados. 

Ojalá pudiera olvidar todo una vez más…

Su historia era como una de esas esferas rotas en una vieja caja de cartón: Hermosa al ser fabricada, oxidada por el mal uso y ahora una reliquia que contaba de la belleza que alguna vez había existido a comienzos de un invierno ya lejano. 

Aquella cristalización del tiempo se había derretido por el paso de los días. Aunque en perfecto estado, sus pedazos eran como lágrimas opalinas derramadas por la perdida desmedida de un encuentro peculiar. 

Y ahora que el invierno se encontraba en su oscuro corazón, aquella alegre esfera no estaba más. 

Alguien la tiró, se resbaló entre las manos, cayó.

No se puede regresar al tiempo, no se puede subir los granos de arena en un reloj.

Una vez escurrido, ya no está.

Banished. Gone. For. Fucking. Good. 

Retornar era imposible y su cabeza lo volvía tangible a cada momento. Como si se tratara de un vinilo rayado, sus pensamientos repetían los momentos más alegres de una historia cualquiera de amor…

Y volver a ese beso en la oscuridad, cuando el camión ya se iba y toda la calle estaba cubierta por un millón de puntos de luz…luciérnagas urbanas que nos miraban desde distintos balcones al amanecer…

Pero todo eso ya no está…

Recoger los pedazos en la limpieza de enero costaba trabajo. ¿Cómo desprenderse de la memoria de belleza cuando se tienen los vestigios de su existencia?

¿Cómo sanar un corazón sin herida?

Todo su pecho lleno de costuras a la vista. 

Y cada que caminaba era como si se deshiciera un poco, pedazo a pedazo. 

Tendría que volver a construir el mundo. 

Su mundo. 

Ella sola esta vez…

Y siempre por ahora.

Por ahora que existo y el tiempo se me escurre entre los dedos…

Por ahora es un tiempo muy largo para predecir la espera de una vida. Una espera que sabe a chocolate caliente, a moka, a ponche, a todo aquello que nos reconforta en una helada, a los mementos que dicen esto también pasará…

¿Qué es la compañía que nunca espera?

La taza de café que no se enfría. 

El reloj que no se detiene. Amores de primavera que se congelan en invierno. 

Rosas de Navidad. 

Imposibles de olvidar…

Los recuerdos que la obsesionaban, sus propios fantasmas que le recordaban las múltiples ellas que la habrían de habitar desde el pasado. 

Y en medio de esa caja de remendados, lo entendió.

Tendría que volver al mar. 

Encontrar mil maneras de reconfigurar…

reconfigurarse, volver a crecer una vez más. Sabiendo que todos los ríos la llevaban al mar…

El mar salado que se formó con las lágrimas al ver la esfera caer. 

Cuando creía que el mundo se había acabado y los cuentos sí tenían un final. Cuando no podía ver que junto a la esfera rota de Navidad se encontraba un foquito* prendido entre las series quemadas. 

Porque sus ojos cerrados no querían ver más. 

Porque en medio del dolor es más fácil caer al abismo de la inmensidad que recordar las luces de colores al final del túnel. 

Porque a veces el café no sabe, las esferas se caen y las historias no tienen nombre ni  desenlace ni remitente. Porque la espera es la condición natural existencial si se quiere en algún momento reflexionar a cuenta gotas sobre que significa amar, amarse o simplemente vivir. 

Hasta que un día encontró esa luz que aún funcionaba entre el polvo.

Y se dio cuenta que la vida podía volver a ser así.

Porque ella era humana y sabía que las lágrimas podían volver al mar. 

Y sin embargo, dentro del corazón de esa luz blanca de festividad, sabía que las historias volverían a comenzar, cuando las jacarandas volvieran a florear, como siempre una vez más. 

Arizbell Morel Díaz.

Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Becaria por Teatro UNAM para el “ 2do. Diplomado: Escritura Dramática para jóvenes audiencias” del Centro Cultural La Titería A.C., Cultura UNAM y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” en el ciclo 2021-2022 (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021). 

Actualmente dirige “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart (ENARTES 2021,Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla) con la compañía La Crisálida. 

Ha escrito narrativa y ensayo. Entre sus textos publicados por La Coyolxauhqui se encuentran “Bitácora de una planta en resistencia” (2020), “Tetera conoce a cafetera”, “Barista”, “La máquina que todo lo escribe” y “El color de tus ojos al ver las hojas caer” (2021).

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