Piezas de un alma simple

Escrito por: Alondra Grande

El jardín de mamá

El jardín de mamá parecía estar desahuciado, hasta la hierba que crece sola cuando nadie la mira se rehusaba a estar ahí. El jardín de mamá parecía querer las manos de todos menos las suyas.

Pero mamá, con su infinita paciencia y terquedad, se aferró a la idea de convertirse en señora de las plantas como su madrina que de niña le decía que las mujeres necesitaban tener siempre plantas como amigas con quien platicar.

Un día desperté viendo la casa más verde: había plantas y flores y tomateras que crecieron de semillas olvidadas en una cubeta. Las había en el patio, en las escaleras, en el balcón que da a la calle. El jardín de mamá se convirtió en un reflejo de su alma que siempre busca dar a los demás.

El jardín de mamá comenzó a extenderse más allá de los límites de la casa: compartir y recibir fue el secreto para cultivar amistades además de plantas. 

 Mamá necesitó de una pandemia y cirugía en su rodilla izquierda para volver a conectar con ellas. La veía desfilar por las mañanas arrastrando costales de tierra, cambiando fertilizantes, cortando, podando y moviendo flores de lugar. La escuchaba hablar con ellas a todas horas preguntándoles si estaban bien, si necesitaban agua, sol o sombra; comenzó una rutina de cantarles su repertorio de Pimpinela, JoséJosé y demás.

Por las tardes, cuando el ocaso pinta de dorado el patio de la casa, el jardín de mamá cobra vida inundándose de olores florales y sonidos de grillos y sapos. El jardín es vida y en sus retoños crecen flores alimentadas de los recuerdos de mi madre, de la madre de mi madre, de su madrina, de todas las mujeres que tocaron su vida porque el jardín de mamá es ella y es todas.

Mientras las flores y plantas de mamá crecían vi algo en ella cambiar, parecía como si junto con las flores ella hubiera renacido, aprendido, ¿aprendido qué? No sé, tal vez a soltar sus hojas en otoño, reposar en invierno y volver con más fuerza durante la primavera, con más color durante el verano. Mamá aprendió y yo aprendí de verla: somos plantas que necesitan agua, tierra fertilizada, baños de sol y periodos de sombra. Necesitamos manos amorosas que nos alimenten y acompañen a fortalecer las raíces para crecer.


Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 21 años de edad, estudianta de psicología, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.

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