Por Fernanda Loé
En la literatura es común que se presente la oportunidad de ser alguien más, de parecer otra persona, de engañar, de cobrar venganza sin ser descubierto. Todas estas situaciones van de la mano de un elemento clave: el disfraz. La indumentaria siempre ha provisto las herramientas necesarias para permitirnos mostrar u ocultar nuestra identidad. Y claro que estos elementos han sido explotados en su máxima potencia, sobre todo en el teatro, con personajes como Rosaura en La vida es sueño, por ejemplo.
Desde siempre, el disfraz ha representado esa otra parte de nosotros que puede salir a la luz, al intercambiar el rostro que mostramos al mundo por el que nos gustaría representar, aunque sea por un rato. Claro que las intenciones del disfraz pueden ser muchas, ya lo he mencionado, pues no tenían la misma intención Rosaura al vestirse de hombre, que Zeus disfrazándose de Artemisa, por ejemplo. Sin embargo, siempre se reconoce un hilo conductor, que, a mi parecer, es la intención detrás del cambio, es decir, el fin último de aparentar.
Pero para hablar de cómo el disfraz ofrece la oportunidad de ser más de lo que se es, voy a recurrir a películas donde los estamentos sociales son claros y definitivos, es decir, películas de adolescentes, donde uno de los clichés más conocidos es el de escalar por la pirámide social. Así lo muestra la película La nueva cenicienta, estrenada en el 2004 y protagonizada por Hilary Duff. Como bien lo dice el título, la historia está basada en el clásico de Disney, La cenicienta, por lo tanto, la protagonista, Sam, vive con su madrastra y hermanastras, que la tratan con la punta del pie, sin embargo, por su carácter bondadoso, amable e inteligente, soporta todo eso con tal de ir a la universidad con el dinero que le dejó su papá al morir.
Es necesario mencionar que, en la escuela, Sam, junto con su mejor amigo, Carter, pasan desapercibidos puesto que no pertenecen al grupo de “populares”. En esta versión el hada madrina es su amiga Rhonda, mesera del restaurante donde trabaja Sam. Ella, llegado el momento del baile, le proporciona el vestido y el antifaz que será su disfraz. La realidad es que no hace falta nada más para ocultar su identidad, puesto que la mayoría no la nota en el día a día. Así que el disfraz le proporciona la oportunidad no sólo de ocultar su identidad, sino de destacar. Y vaya que funciona puesto que logra hablar con su príncipe azul, el atleta más popular de la escuela, Austin Ames.
Lo interesante es que el disfraz es útil para otros personajes también. Austin Ames en realidad usa un “disfraz digital” puesto que con un nombre falso ha estado hablando con Sam sin decirle su verdadera identidad para evitar prejuicios. Para él el disfraz le garantiza una especie de filtro, evitando que la gente finja simpatía por conveniencia. Por otro lado, Carter, disfrazado de El zorro, muestra una parte de su carácter y personalidad que nunca había mostrado, pues se desenvuelve de manera audaz y confiada. Para él, el disfraz le da el empujón que necesitaba para obtener lo que quiere: besar a la chica más popular de la escuela. Más adelante incluso menciona que sin el traje de justiciero, sus poderes sociales desaparecen.
Otra película en las que los disfraces son icónicos, no tanto por el gran diseño de vestuario sino por la dinámica que generan, es Chicas pesadas del 2004. Cady (Lindsay Lohan), la protagonista, se adentra en el concepto de Halloween, pensando que triunfará, pero está muy equivocada. Acostumbrada a estudiar en casa, para ella todas las “reglas sociales” son desconocidas, entre ellas, la del propósito de la festividad, por lo menos entre adolescentes:
“En el mundo normal, Halloween es cuando los niños se disfrazan y salen a pedir dulces. En el mundo de las chicas, Halloween es la única noche del año en que una chica puede vestirse como una absoluta mujerzuela y ninguna otra puede criticarla. Las chicas más rudas solamente usan lencería y alguna forma de orejas de animales.”
Dejemos un poco de lado todas las implicaciones horribles que eso trae, desde que son menores de edad hasta que se comercializan disfraces cuyo objetivo es convertir a quien lo porta en objetos de deseo. La misma frase insinúa que la crítica puede venir de otras chicas, no de otros chicos, puesto que los hombres jamás se molestarían al ver a las mujeres vestidas de manera sensual. Pero hablemos mejor de cómo esto está relacionado a la pirámide social y obviamente, a la popularidad.
La triada más poderosa está al tanto de la regla, por lo que Karen (Amanda Seyfried) se disfraza de ratoncita, Gretchen (Lacey Chabert) de gatita y la punta de la pirámide social, Regina George (Rachel McAdams) se viste de conejita. Siguiendo al pie de la letra lo antes dicho, todas llevan algún tipo de lencería, desde un corset, un babydoll y hasta un traje de cuero. Lo único que define sus disfraces son las orejas peludas y uno que otro accesorio. El objetivo obviamente es ser sexys, las más sexys de la fiesta. Es casi su obligación como reinas de la escuela. Además, saben de antemano que los ojos van a estar puestos en ellas, no sólo por sus reveladores disfraces. Aunque, como en el carnaval, es el único día del año que pueden ser tan reveladoras como deseen sin ningún tipo de represalia.
Cady, al contrario, cree que el objetivo es tener el mejor disfraz, obviamente aterrador, y caracterizarse por completo para dar miedo. Por lo tanto, se disfraza de una novia muerta, recurriendo a un vestido, peluca, maquillaje e incluso unos dientes falsos. Con lo cual resulta ser la burla de los asistentes, cosa que no entiende hasta ver al resto de las chicas de la fiesta, todas con sus disfraces minimalistas, maquillaje que las hace ver arregladas, botas altas, etc. Este suceso marca una clara diferencia entre quién puede lograr “brillar” en Halloween y por lo tanto, en la escuela, pues como era de esperarse, en la fiesta el chico más popular, Aaron, termina besándose con la chica más popular, Regina, que llama su atención debido a su disfraz.
Y aunque en esta película esto representa una ventaja, una mención honorífica entre el círculo social de las chicas, la situación resulta desfavorable en otras cintas. Un ejemplo de esto es Legalmente rubia, del 2001, donde la protagonista, Elle (Reese Whiterspoon) acude a una fiesta vestida de conejita de Playboy pero esto resulta en una burla, puesto que la fiesta no es de disfraces. La nueva novia de su ex le dice que es con disfraz obligatorio para hacerla quedar mal.
Algo muy similar sucede en El Diario de Bridget Jones, de 2001 también, donde Bridget (Reneé Zellweger) acude a una fiesta que inicialmente era temática de clérigos y prostitutas, pero que al final se convierte en una comida normal. Sin embargo, Bridget no recibe el aviso y tiene que soportar las burlas, comentarios y miradas de todos los asistentes al llegar vestida de conejita.
Como último ejemplo, la cinta Jamás besada, de 1999, en la que el baile de final de año es justamente de disfraces, la temática: parejas legendarias de todos los tiempos. Josie (Drew Barrymore), la protagonista pasa toda la película tratando de pertenecer al grupo de “populares” y como al final lo consigue, eso le trae nuevos beneficios. Consigue como cita al chico más popular y guapo, y por lo tanto, su disfraz tiene que estar a la altura. Pareciera, como siempre, que su vestimenta debe reflejar el estamento al que ahora pertenece. Por lo cual elige disfrazarse de Rosalinda y su pareja de Orlando (Shakespeare). Por cierto, él nunca entiende el disfraz, demostrando el cliché de que o eres guapo o eres inteligente.
Sin embargo, se ve la contraparte de los chicos que al principio eran sus amigos y que no son tan populares pero muy inteligentes. Ellos, representando sus intereses y su escalafón, se disfrazan de cadena de ADN, algo que a los demás no les resulta nada cool, de hecho, les da oportunidad de burlarse de ellos como es costumbre. Un poco lo que pasa con el disfraz de Ross en Friends (va de Spotnik, un juego de palabras sobre el satélite Sputnik).
Las chicas “populares” por su lado, demuestran también que su elección de disfraz deja ver su personalidad. Todas llegan vestidas de una versión distinta de Barbie. Es decir, son una copia unas de otras, con pequeñas diferencias, pero, al fin y al cabo, una copia. Incluso se quejan de que a todas se les ocurrió lo mismo, aunque más bien, ninguna pudo pensar en un disfraz más ingenioso.
En conclusión, dejando de lado que cada película, por la época a la que pertenecen, tiene algo que hoy ya entendemos como inapropiado (La nueva cenicienta: maltrato infantil, Mean Girls: anorexia, homofobia, El diario de Bridget Jones: gordofobia, acoso laboral, Jamás besada: relaciones inapropiadas entre profesores y menores de edad, etc.), creo que nos regalan escenas icónicas gracias a los disfraces que muestran. Son películas que me encanta ver y que siento que siguen vigentes. Siguen llamando la atención entre el público joven, más allá de sus desaciertos, porque nos acerca a esa ilusión de fiestas de disfraces, maquillaje especial, pelucas, etc. Al fin y al cabo, ese deseo de ser alguien más, aunque sea por un día, sigue vigente.
