Por Reyna Morales
A la memoria de todos aquellos que partieron de este mundo a causa de estos siniestros naturales.

19 de septiembre de 1985. 7:19 am. En cama, sin pensar en nada más que en la buena noticia de no tener que levantarme temprano porque no había clases en mi escuela. Tenía 11 años y nada de experiencia en desastres naturales.
De pronto, sentí como mi cabeza recargada en la cabecera pegaba contra la pared. Mi mamá, alarmada, entró a la habitación a vernos a mis hermanos y a mí, a levantarnos. «¡Está temblando!» decía mientras nos sacaba en pijama, medio adormilados y nos llevó al patio. No se por qué, pero mi papá siempre tuvo un plan de contingencia. Después de que revisó la casa de lado a lado sin olvidar detalles, nos dejó regresar. De inmediato la televisión encendida para ver que decían los noticieros. Ya estaba Jacobo Zabludowsky reportando desde las calles… Todo era escombro, polvo, confusión… Gente corriendo acá, allá, llevando, trayendo… En la cara de los sobrevivientes de aquella catástrofe se reflejaba el desconcierto, el miedo y el dolor. Y lo que al principio fue desorden y destrucción dio paso a lo que hasta hoy en día nos distingue: la solidaridad. Ante la ausencia de cuerpos de auxilio, la gente se organizó y comenzó la ayuda. Mexicanos rescatando a otros mexicanos. Hace ya 36 años…

19 de septiembre del 2017. 13:14 pm. Jornada laboral. Una interesante plática sobre ética con mi compañero de trabajo. De repente sentí que perdía el equilibrio, me iba a caer, y vi toda la estructura de la tienda de autoservicio balanceándose de un lado a otro. «¡Está temblando!» nos dijimos. Acto seguido y de un salto bajamos la cortina metálica del local que ocupábamos y salimos rápidamente. A nuestro paso, personas nerviosas caminando a la salida, otras buscando un refugio… Dos ancianitas abrazadas, no daban crédito a lo que veían. En el curso de Primeros Auxilios me enseñaron a desalojar con calma y sin detenerse para ponerse a salvo. Que si una persona no permite ser auxiliada debemos dejarla y seguir nuestro camino, tratando de desalojar a todo el que se deje. Otra pareja de ancianitos no permitió dejarse llevar. Ni modo. Hay que seguir el proceso… El Jefe de Seguridad con cara entre miedo e incredulidad, radio en mano y paralizado. Sus ojos como platos y sin atinar a nada. Lo dejamos atrás. Había que ponerse a salvo. Al fin afuera. Arremolinados en el estacionamiento. No podíamos creerlo… Y no era para menos. El movimiento fue violento, fuerte. La estructura del inmueble se tambaleaba. Podía verse como se agitaba. Y ese sonido ¡Dios! Ese sonido, ese crujir que aún no me quito de la cabeza. Todavía escucho ese estruendo cuando cierro los ojos. No puedo olvidar como se movía la tienda, como caía polvo del techo, como se tambaleaban los estantes. Algunas cosas se cayeron. Todo esto lo reconstruyo a partir de mis recuerdos, de lo que queda en mi memoria.
Recuerdo sentirme responsable de mi compañero, por eso traté de mantenerme ecuánime y en mi centro. Era mi prioridad. Verlo asustado me hizo pensar en que debía mantener mi cabeza fría. Por eso no rompí en llanto. Hubiera querido pero no era el momento. Tratamos de controlarnos, de estar pendientes.
Hasta que estuve afuera pensé en mi marido -aunque sé que es inteligente, ágil y que sabría cómo actuar ante un evento así-. Y pensé: «¿y si no tengo la posibilidad de decirle que fue una discusión sin sentido y sin importancia? Que lo amo porque siempre está para mi y que sin él mi vida no sería la misma»… ¡¡¡Sentí tanta culpa!!! Cuando por fin pude escuchar su voz, recobré algo de tranquilidad. Mi otra preocupación era mi flaquita, mi niña. A esas horas aun estaba en la escuela, la cual tiene un plan de contingencia; además de que confío en que sabe que hacer para proteger su integridad. Con todo y eso, busqué la manera de comunicarme con ella. Obviamente las telecomunicaciones se bloqueron momentaneamente. No podía comunicarme con ella. Media hora después supe que ella y su novio estaban bien.
Primeras noticias. Por redes las imágenes iniciales. ¡Increíbles! En Xochimilco sus trajineras soportando el agresivo movimiento de sus aguas. Edificios caídos. Desplomes, explosiones. Gente corriendo, llorando, gritando. Polvo. Humo. Otra vez confusión y caos… Poco a poco todos se fueron organizando para nuevamente empezar el salvamento. Comenzaron los civiles, improvisando, haciendo cadenas humanas. Ciclistas y motociclistas llevando desconocidos. Comenzaron a verse los primeros cascos, los primeros chalecos. No había guantes. Cubetas, palas, lo que se pudiera. Y así, una vez más, los mexicanos empezaron a rescatarse a sí mismos. Quise creer que eran fotos de otras partes, de otras catástrofes, amarillismo vil, pero confirmé mis temores con los primeros reporteros llegando a las áreas del desastre. No otra vez. No otro terremoto. ¿Porqué otra vez mi México lindo y querido?
Una tarde tensa. Triste. La tienda vacía. Pocos clientes. Supongo que todos buscaban abrazar a sus familias.
Conforme pasaban las horas, la gravedad se iba descubriendo… Ahora más gente con cascos, chalecos ¡y por fin: guantes! Inició la llegada de fuerzas como la Marina, el Ejército, la Policía Federal, la Cruz Roja, los Topos; perros entrenados para búsqueda y rescate. Frida se convirtió en emblema donde la gente encontró un poco de alivio entre tanta desgracia. Aunque no fue la única. No olvidemos a Evil, Ecko, Eska, Oporto, Titán, Eros, Gery, Kublay y Gala junto a sus binomios humanos… La gente sentía un poco de alivio porque por fin la fuerza pública vendría al rescate.
El resto de la tarde me dediqué a compartir información por redes sociales. Fotos de personas extraviadas, direcciones de los primeros centros de acopio, lugares siniestrados, mascotas extraviadas o encontradas. Nombres, fotos, todo lo que ayudara a informar. Hubiera querido salir corriendo a ayudar, a hacer acto de presencia y ayudar con mis propias manos, pero bien dicen que mucho ayuda el que no estorba. Mi única herramienta era mi teléfono celular y mis redes sociales para compartir. No se si fue poco o mucho, pero era mi única trinchera.
Llegó la noche. No sólo uniformados, no sólo civiles haciendo labores de búsqueda y rescate. Civiles repartiendo agua. Particulares prestando herramientas, su casa misma si era necesaria. Labores pesadas toda la noche. No pude dormir. Aproveché la madrugada para seguir mi labor informativa (hasta el día de hoy, comparto cosas no solo en mis redes, uso los hashtag como #HastaEncontrarte o #unagarritaporfavor por ejemplo). En casa mi familia humana y gatuna a salvo y durmiendo placenteramente. Yo agradecida con Dios por darme la oportunidad de vivir y de estar juntos. Pero sin llorar. Un nudo me bloqueó. Un nudo que ya conozco y que anteriormente tardé casi 10 años en romper.
Para alguien tan nacionalista como yo, ver derrumbada mi ciudad, mi país en ruinas, fue algo muy doloroso. Pero no pude llorarle. Cada vez las noticias eran más duras, cada vez nacían y morían las esperanzas. Fue ver como se detenía el tiempo, como se mantenía estático.
Después del caos inicial, vino un poco de orden. Ayuda de todos lados. Gente que venía de todos estados. Gente que tenía muy poco, compartiendo con quienes no tenían nada. Fue enternecedor ver llegar jóvenes de todas partes a ver en que podían ayudar. Conmovedor ver jóvenes, casi niños, dedicándose a organizar, a transportar, a clasificar. Algunos eran buenos para cargar, otros para acomodar, otros para administrar, otros para compartir información. La gente volcada en los autoservicios para adquirir víveres para compartir. Me impactó ver anaqueles semivacíos, carritos llenos de latas, desabasto de agua potable, y no por acaparamiento, sino por ayudar…
Fue sorprendente ver, como ya lo había mencionado antes, tanta gente joven, tantos millenials, a quienes recriminamos por su falta de interés, por su indiferencia, su inactividad y su falta de compromiso. Los creemos egoístas y apáticos ante todo. Pero ese día, nos dejaron con la boca abierta. Prácticamente todos se lanzaron a las calles a ayudar, a crear centros de acopio, a ir a los lugares -cercanos y lejanos- dañados por el terremoto, coordinando la logística. Como si siempre hubieran sabido que hacer. A los mayores nos tocó ayudar reactivando la economía… A ellos les toca reconstruir un país. Pero, ¿saben qué? Si esto hubiera sucedido en los 90’s, mi generación hubiera hecho lo mismo. Me tocó una generación de jóvenes cobrando conciencia ya del cambio climático, con una incipiente lucha por los derechos humanos. Una generación con el sueño de la no discriminación, de igualdad, de antirracismo, del bien común. Sólo piensen: nos tocó el fin de la guerra fría, la caída del muro de Berlín, las campañas de Green Peace y Benetton. La caída del Apartheid y de la Perestroika… Crecimos con la idea hippie heredada de «amor y paz». En los 70’s, John Lennon había compuesto la canción «Imagine». En los 80’s y 90’s nos llegó el mensaje… Y los hijos de mi generación supieron interpretarlo y llevarlo a cabo de manera magistral. Me atrevo a decir que estos millenials, hijos de la Generación X, captaron nuestro mensaje. Siempre creí que nuestra lucha, nuestros ideales habían muerto. Ahora veo que no.
Los días han pasado. Hemos pasado de la emergencia a la reconstrucción. Falta mucho todavía. Hay que recargar energías y volver al trabajo, a levantar nuestra gran nación. La consigna sigue en pie más que nunca: «Aquí hemos de fundar nuestra nación […] y grandes cosas habrán de suceder» (Mito mexica de la peregrinación). Sabemos de pérdidas, de dolor, de sufrimiento, de injusticias. Pero si algo distingue a nuestra patria es su tesón, su ingenio y su necesidad de seguir existiendo.
Esto no nos va a derrumbar. Es sólo una prueba más a nuestra fortaleza. Una experiencia más que contar a las siguientes generaciones.

19 de septiembre del 2021. Cuatro años ya. Cuatro años de seguir levantando al país. La misión no ha sido fácil, pero ha sido un ejemplo de que aún en la situación, los mexicanos no sabemos dejarnos caer.
Falta mucho. Desgraciadamente, la corrupción lo empantana todo. Aún así, seguimos de pie. Espero pronto podamos decir «¡Estamos listos pa’ lo que sigue!» Por ahora sólo queda trabajar para el futuro. Vamos avanzando. Y como siempre, nada nos va a detener… Aunque una nueva amenaza nos ronda y pareciera que de pronto nos alcanza y nos supera… Se llama indeferencia e ignorancia, ante el peligro de una pandemia que no da tregua. Tal parece que algunas personas esperan ver ruinas para reaccionar… Pero ese es otro tema del cuál ya tendré oportunidad de abordar.
Mientras tanto sigo en mi trinchera, apoyando, aportando y compartiendo cada vez que sea necesario. Sigo atenta.
«En tanto, mientras exista el mundo no acabarán la gloria y la fama de México Tenochtitlan»
Memorias de Culhuacan
Cambio y fuera.
