Historias de alacenas, vitrinas y macetas I La Niña que se convirtió en ballena.

Por Arizbell Morel Díaz.

Èrase una vez una niña.
Èrase una vez dos.
Y luego tres…

Tic, toc, tic, toc resonaba en toda la habitación. Beatriz sabía lo que aquello significaba: un nuevo día estaba por comenzar. Con sus cortos cabellos y medias demasiado largas para su edad, la niña recorrió el pasillo de la gran casa que albergaba a penas un par de corazones en su interior. 

Despertar, caminar, despertar, continuar…

Así comenzaba cada uno de sus días, viviendo dentro de un gran reloj de pared en la incansable Casa del Señor que no se dejaba ver pero que se podía oler. Beatriz, que no veía a través de sus ojos lo intuía, ella era muy sabia para detectar estas cosas. 

Ella llevaba el mundo por dentro. Con a penas catorce años sabía que la vida era así de la misma manera en la que conocía el aroma de las flores que nunca había visto y que el cielo no podía ser azul. Ella vivía en un mundo lleno de gatos y peces de altamar que se asomaban por su ventana al despertar. 

Pero su lugar favorito de aquella casona era el sanitario, es decir, el baño. Limpio a los ojos pero lleno de texturas a sus manos, Bea pasaba días enteros recorriendo sus superficies, imaginando universos dentro de la blancura de aquellas tejas inconexas de la realidad. Este era su lugar seguro. 

Hasta que…

Bueno, hasta que todo se acabó. Las últimas hojas del verano, las primeras del otoño se encontraban en su ventana esa mañana. En las macetas, dos colibríes pululaban cantando como solo ellos saben hacer y solo Bea sabe escuchar. 

Aunque esa mañana Bea no les prestaba atención, pues estaba absorta en descifrar lo que las enredaderas querían decirle. Peros sus voces se escuchaban cada vez más tenues, desdibujándose como su color en esa transición de estación. Las hojas que eran verdes que se convertían en amarillas le susurraban secretos indescifrables a sus manos. 

Pero de algo estaba segura, las cosas no podían quedarse igual. 

Hoy, sería diferente. Hoy su vida cambiaría para siempre. Y eso era bueno, porque llevaba años con el mismo ritmo de siempre que aletargaba sus pasos un poco más  cada vez. El tiempo para ella no terminaba de pasar, era tan largo como el camino de las manecillas sobre la superficie lisa y redonda del reloj colgado como si fuera la luna sin tajos afuera de su habitación. 

En realidad, Bea ya sabía que las cosas iban a transformarse desde hace un par de días, lo podía sentir en sus entrañas, como tornaba el palpitar de su vida. 

Todo comenzó por un queso, un queso apestoso y azul. 

Un queso que había sido su alimento en estos sus últimos meses desde que el refrigerador quedó vacío salvo por innumerables pedazos de lunas de Marte en cada sección, apiladas como abejas en un panal de plástico y metal. 

Como Bea no podía salir de la Casa del Señor, comenzó a alimentarse con estos pedazos de vida espacial que parecían nunca terminarse, renovados cada vez que abría la puerta del congelador. 

Aunque no le gustaban, no había más opción. Ni las lágrimas saladas lograban cambiarles el sabor. 

No, en realidad el cambio no empezó con las hojas amarillentas, amarillescas de su ventana que daba al portón. 

Conforme comía el queso, Bea fue testigo del nacer de una voz que la llamaba desde las lejanías de su interior. 

Bea, Bea lavándose las manos escuchaba la serendipia buscarla, acercarse a ella desde los rincones casi polvorientos de su casa. 

Bea, Bea, serás ballena. 

Entre sueños y carcajadas resonaba en todo el edificio. Aunque a Bea no le preocupaba su destino, le inquietaba la posibilidad de que Èl se despertara por el ruido. Malhumorado, dispuesto a romper el reloj. 

Pero la voz jugaba con ella escondiéndose y mutando para que solo ella fuera quien la escuchara. 

Ella en la soledad de sus días de queso, ventanas casi cerradas y medias sudadas por transitar aquel pasillo interminable. 

Ese día, la mañana de las hojas tornasoles burlándose de ella al cantarle en muchos idiomas que eran a la vez ninguno, la llamada del destino creció tanto que los muebles crujían con su nombre Bea, Bea, Bea…se escuchaba retumbar en las maderas. 

Así que antes del desayuno, Bea decidió que tenía que saber el lugar del que provenía aquella voz suplicante. Darle alivio para poder vivir en paz. Entonces, la niña se paró de la mesa, dejó de comer el queso azul de cada mañana de esa semana y comenzó a caminar por la casona buscando los ecos que demandaban su atención. 

No fue difícil dar con su origen, Bea sabía que aquella melodía podía provenir solamente de su lugar preferido. Ella se dirigió al baño y en la tina escucho un triz, suave pero firme que la confrontaba con su reflejo en aquella agua caliente y transparente que la veía de frente. 

Por fin Bea, sería Beatriz

Con cuidado, se quitó sus medias tejidas por la abuela antes de que Èl llegara para quedarse y se acercó al pequeño lago artificial al centro de la habitación. 

Tocó el agua con una de sus manos, le gustó la textura y lo decidió. 

Beatriz se lanzó en picada a la bañera y se convirtió en ballena una vez más. 

Continuará…

Arizbell Morel Díaz.

Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” en el ciclo 2021-2022 (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021). 

Actualmente dirige “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart, Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla con la compañía La Crisálida

Ha escrito narrativa y ensayo. Entre sus textos publicados por La Coyolxauhqui se encuentran “Bitácora de una planta en resistencia” (2020), “Tetera conoce a cafetera” (2021)  y “Barista” (2021).

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