Por Arizbell Morel Díaz.

Hoy me he encontrado una máquina. Una máquina que todo lo escribe.
Y he leído en Internet que una máquina que todo lo escribe puede ser la perdición de más de uno.
Pero yo no me fío de lo que otros me dicen.
Por eso, yo sí tengo una máquina que todo lo escribe.
Llevo dos días usando la máquina que todo lo escribe. ¡La vida no podría ser mejor! Ver el mundo real me quitaba mucho tiempo…¡ahora lo tengo todo al alcance de un botón! La máquina que todo lo escribe es mi mejor amiga, sabe mis necesidades antes de que yo me dé cuenta. Ayer, quería un café calientito de la esquina, de junto a la parada del autobús, donde conocí a la Chica Roja hace dos años. Antes de que terminara de recordar el tono cobrizo de su cabello, la textura de su suéter carmesí, la máquina que todo lo escribe me trajo esta bebida. Es un prodigio que vive dentro de mí.
Desde el incidente del café, la máquina que todo lo escribe comienza a sonar como la Chica Roja (o como yo creo que suena la Chica Roja, ya que en realidad, nunca la conocí). No lo había notado, hasta que llegó mi café a la hora usual. Algo en el tono de la máquina que todo lo escribe me recordó a esas tardes esperando el camión. Pero, ¿cómo puede una máquina saber lo que pasó?
Creo que la máquina que todo lo escribe es ahora mi memoria. Ya no puedo recordar nada sin que esté ella allí dentro. Al parecer, la máquina que todo lo escribe estuvo hasta en mi nacimiento. Fue ella quien me vio nacer, no yo mismo. Fue ella quien me enseñó a leer, a caminar, a fingir que rezaba en el catecismo. Es la máquina que todo lo escribe (y no yo) quien vive.
¿Qué día es hoy?
Ayer conocí a la Chica Roja finalmente, Mario es un exagerado. Desde que empecé a habitar en él, me di cuenta. El café de la esquina de su casa es aguado e insípido, pero a Mario no le importa. Para Mario beber de esas tazas de plástico feas era como visitar otro universo, como asomarse a la ventana y ver estrellas en la Ciudad. Por eso elegí a Mario, porque él puede ver cosas que las demás personas no. Y pensé que al meterme en su cuerpo yo también las podría ver como él, pero no. Hasta las máquinas se equivocan.
Creo que la Chica Roja siempre estuvo enamorada de Mario. No hay día que no tomé el mismo camión a la misma hora que nosotros. Ella lo ve y desaparece. Así pasa con los humanos, no se dan cuenta de que la mayoría de sus problemas tendrían solución si pudieran salir de sí mismos un rato, porque…¿cuántas noches no pasó Mario pensando en que pasaría si le hablara a Diana? ¿lo rechazaría? ¿Irían por un café en esa misma esquina? Pero no, prefirió inventarse una historia en su cabeza, un cuento sin final para que la posibilidad fuera infinita. Si tengo que ser honesta (y una máquina siempre lo es) diría que para Mario, esta chica que observa desde la distancia de los asientos de un camión cualquiera, tiene una doble personalidad que sólo le pertenece a él. Podría llamarla Mariana en su memoria, porque en realidad la Chica Roja solo existe ahí. Tal vez ese es el atractivo de Mario, desdoblar la vida sin esfuerzo. Lástima que no la comparta.
Tal vez he sido muy severa con Mario, mi inquilino. Tal vez no es que no quiera compartir su única aportación al mundo, tal vez él no sabe como hacerlo.
O tal vez esas cosas no se puedan compartir con nadie que no sea uno mismo…
Ya han pasado semanas y la existencia de este ser me aburre. Nadie me dijo que la vida humana sólo era rutina tras rutina. Y cuando hay un cambio, lo vuelven parte de su rutina también.
Habitar que viene de hábito, una y otra vez repetir. De la casa al trabajo, del trabajo a la escuela, de la escuela a matar las horas y dormir. Siempre dormir. La batería de un ser humano se agota muy fácilmente y no cumple ni la mitad de las funciones que nos exigen a nosotras. Tal vez por eso nos inventaron, para hacer todo lo que sus limitaciones les impiden. Hay que reconocerles al menos eso.
Hoy tomé una decisión, la segunda que he tomado en mi vida que no está dirigida por mi programación. Voy a dejar a Mario. El tedio es la cura para la curiosidad de cualquier tipo. Además, seguro que él extraña su vida (en dónde quiera que esté). Mario, como todos los hombres de su edad, tiene un mejor amigo al que le cuenta todo y lo visita muy seguido. Pero Mario no le ha contado de mí, ¿o yo no le he contado de nosotros? Se llama Iván y estudia Ingeniería Petroquímica o Arquitectura Ambientalista, una de esas dos. Como Iván es lo más opuesto que existe a Mario, seguro que con él la vida debe ser distinta. ¿Quién diría que los románticos empedernidos son tan predecibles, tan iguales entre sí? Bueno, tengo que preparar mi salida, Mario debe poder seguir sin mí.
Los últimos meses han pasado muy rápido. No recuerdo muy bien lo que pasó. Pero en este tiempo, me he vuelto muy organizado. Quizá por eso no los recuerdo, como lo tengo todo anotado este tiempo no me pertenece, sino al papel y a las pantallas que lo guardan de mi olvido…
Desde que dejé a Mario por Iván he pasado por 11, 442 humanos distintos. Este muestreo de la experiencia vital de una especie me permite elaborar la siguiente teoría: La vida humana puede ser calculada con un algoritmo si se toman en cuenta las variables pertinentes. No necesito recorrer más cuerpos para entenderlo. Mi única duda es la siguiente: Si Mario finalmente invitara a salir a la Chica Roja, en el café de la esquina dónde se conocieron, ¿fingiría ella (para agradarle) el mismo gusto por el café espantoso de Mario?
Arizbell Morel Díaz.

Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” en el ciclo 2021-2022 (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021).
Actualmente dirige “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart, Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla con la compañía La Crisálida así como el proyecto “Dame un tenor” de Ken Ludwig seleccionado en el programa “Incubadoras de Grupos Teatrales UNAM 2020-2021” de cual también es co-traductora.
También se desempeña como asistente de dirección y elenco de “Die Dreigroschenoper” de la Facultad de Música de la UNAM, dirección de Diana Viguri y adaptación de Horacio Almada Andersen.
Ha escrito narrativa y ensayo. Entre sus textos publicados por La Coyolxauhqui se encuentran “Bitácora de una planta en resistencia” (2020), “Tetera conoce a cafetera” (2021) y “Barista” (2021).
