De Ana Frank, la tía Lú y una princesa de los pies

Por Fernanda Loé

Querida Kitty:

Estos días han sido muy raros. Me cuesta mucho trabajo saber si los adultos quieren que crezca o quieren que me quede por siempre como una niña. Muchas cosas están pasando a mi alrededor y estoy aprendiendo, entre por gusto y a fuerza, cómo es el mundo en el que voy a tener que vivir. Me está gustando, aunque también muchas cosas me dan miedo, desearía sáltamelas, y algunas más, me parecen absurdas. Defiendo mi idea de comer helado todos los días, de jugar y de imprimir más billetes para que todos tengamos dinero. Al parecer muchas cosas las voy a poder hacer hasta “crezca”, aunque en realidad no sé si ya estoy creciendo, es más, no sé si algún día voy a dejar de crecer.

Si tuviera que escribir una página de diario sobre las dos protagonistas de las que quiero hablar hoy, creo que sería esta. Crecer sin duda es algo por lo que ambas están atravesando, cada una a su manera, en diferentes contextos y con diferentes desafíos. Pero al final, las dos son niñas inteligentes, valientes y, sobre todo, llenas de preguntas. Una escribe para sentirse acompañada en un momento muy difícil que la asusta muchísimo, la otra, como parte de una promesa a su madre, pero también para tener una memoria de una de las mejores épocas de su vida.

El mundo siempre es distinto en ojos de una niña, así lo demuestra Ana Frank, la primera niñita de la que hablaré hoy. Creo que la mayoría ha leído El diario de Ana Frank porque a los profesores les encanta dejárnoslo en la primaria o secundaria y entiendo por qué. Para recordar un poco, Kitty es el nombre que la protagonista decide darle a su diario para sentirse acompañada por una amiga. En el diario escribe todo lo que siente y observa a lo largo de dos años durante los cuales tiene que estar encerrada, junto con sus padres, su hermana y algunos amigos de la familia. La cuestión es que Ana vive en Holanda durante la Segunda Guerra Mundial y es judía, por lo tanto, tiene que esconderse para no ser enviada a un campo de concentración.

Por todo eso, vive con miedo, sin saber qué va a pasar con ella, pero siempre con esperanza de que todo mejorará. Sin embargo, a pesar de esa terrible situación, Ana no deja de ser una niña. Desesperada por estar encerrada, se dedica a pensar y a escribir sobre lo que ve a su alrededor. Describe la casa donde se esconden y cómo son las personas con que la comparte, sus horarios, cómo pasa el tiempo estudiando y leyendo, habla sobre las peleas constantes entre los inquilinos e incluso de como Peter, un chico del grupo que comparte la casa, empieza a agradarle poco a poco.

A pesar de que se queja de su situación tiene en mente que vivir escondida es un privilegio y siempre trata de mantenerse a flote gracias a sus recuerdos. Nos cuenta cómo las relaciones con su mamá, su papá y su hermana se van deteriorando conforme pasa el tiempo y como su carácter por momentos, deja de ser optimista al escuchar las noticias que les llegan. Sin embargo, se entretiene estudiando, ayudando con lo que le toca en la “casa de atrás” (así le llaman al lugar donde se esconden) y platicando con sus acompañantes.  

Además de eso, Ana tiene que enfrentarse a los cambios que está sufriendo mientras crece, a los sentimientos que no sabía que podía tener y también a su nueva visión del mundo, que ha cambiado no sólo por su edad, también por el aislamiento. Se siente tan sola que desea que Kitty sea real porque lo que más anhela es una amiga. Y si bien no podemos entender por completo su situación respecto al miedo que sentía al estar escondida, sí podemos compartir ese miedo que todos en algún momento atravesamos a crecer y descubrirnos. Aún cuando tiene todas esas dudas, se obliga a no perder la dicha y el deseo de ser feliz, de tener una vida fuera de allí. Sobre todo, cuando empieza a enamorarse de Peter, lo que le da un sentido distinto a su vida dentro del escondite.

Y al pasar el tiempo, le pasa lo mismo que nos pasa a todos, no reconoce a la Ana que inició el diario. Se siente tan alejada y distinta que no puede creer que fuera la misma persona. Despreocupada, feliz, inocente, pero de una manera distinta. Ahora conoce lo que puede pasar en el mundo, puesto que la han tratado como una adulta, y, sin embargo, eso le emociona. Le da alegría saber que está empezando a conocer lo que es el amor, que ha cambiado su aspecto, que se preocupa menos por nimiedades y que incluso a la hora de agradecer cuando reza, lo hace de corazón, con sinceridad, no como obligación. Ese es el viaje de crecer. Y bueno, no es necesario contar el final de su historia.

Aunque a Ana la acompaña el miedo por crecer, también su contexto la hace vivir en alerta todo el tiempo. Y aunque el contexto no es el mismo, me gustaría hablar de otra niña que crece, descubre el amor, los cambios en su cuerpo y en su mente e incluso en la manera en que la tratan. Enfrenta problemas familiares y se cuestiona las grandes “verdades”. Además, lee El diario de Ana Frank, entiende la historia e incluso la usa para acercarse a más personas. Esa niña es Araceli, la protagonista de .

, escrito por David Martín del Campo, nos cuenta la historia de Araceli, una niña de 14 años que, por problemas económicos de su familia, es mandada unas vacaciones de verano con su tía Lú, una señora excéntrica, artista, solitaria y, sobre todo, enigmática ante los ojos de la niña, que siente que su vida ha terminado cuando ve que su tía vive en una zona rural de Chiapas y no tiene ni tele.

Araceli se siente conectada a Ana Frank gracias a que su mamá le obsequia un cuaderno y le pide que escriba todos los días para que después pueda conservar los recuerdos de esas vacaciones. Sin embargo, la tarea no le emociona hasta que su tía, para ayudarla e inspirarla, le obsequia un libro viejo, sin pasta, sin las últimas páginas y a punto de deshacerse. Ese libro es El diario de Ana Frank.

Poco a poco, de la mano del libro, de su tía y de sus pensamientos, va descubriendo una manera muy distinta de vivir. Lú es pintora y vive acompañada de la Nana Té, una señora viejita y aún más extraña que la propia tía. Su esposo, un día cualquiera, salió por la puerta y no regresó, dejándole solamente “El tesoro de Drake”, una tienda de antigüedades ubicada a un lado de la casa. También las acompaña Van Gogh, un perro viejo que pareciera sólo dormir. Por todo lo anterior, Araceli escucha todo tipo de habladurías sobre ellas, sobre todo provenientes de los otros niños de su edad, sin embargo, poco a poco va conociéndolas y descubriendo que su tía en realidad, es muy distinta a lo que imaginaba.

Al mismo tiempo, se enfrenta a los cambios de todo tipo. Hace amigos, Luis y Manuel, y aprende a darse cuenta qué personas vale la pena mantener en tu vida y cuales no. Luis, que es el chico rico de la comunidad, la lleva a pasear en moto y la invita a comer helado en la nevería de su familia, pero al fin y al cabo termina sacando su personalidad odiosa y desleal. Por otro lado, Manuel, que trabaja como pescador en la mañana y estudia en las tardes, se esfuerza por conocerla, ayudarla e incluso le pone un apodo: princesa de los pies.

Ese apodo se debe a que otra cosa que descubre Araceli gracias a su tía Lú, es su pasión: bailar. Su tía le paga la inscripción a una academia de danza folclórica con lo que se da cuenta de que además de ser talentosa para eso, es lo que más disfruta en el mundo. Entre otras cosas, la tía Lú trata de explicarle que la vida es otra cosa que perseguir el dinero. Pone de ejemplo al propio padre de Araceli (hermano de Lú), que, aunque también pudo haber sido un artista, se desanimó y decidió dedicarse a algo que le dejara aunque sea un poco de dinero.

Al mismo tiempo, la Nana Té le enseña que la voz es la sombra del alma, por lo tanto, nacimos para estar en todas partes, para disfrutar, para ser felices, pero también para permanecer. Le confiesa que viaja en sueños y que conoce el futuro, que sabe curar y que no todos pueden verla. También, que algunas cosas en la vida no necesitan explicación ni solución, solo tiempo.

Y aunque pareciera que Lú es la que ayuda a Araceli, también su sobrina le enseña cosas, pero, sobre todo, le regala complicidad y compañía. La apoya cuando tiene que montar una exposición de sus cuadros, está a su lado cuando recuerda a su hijita que se le murió, la pequeña Constanza. Comparte su alegría al pintar flores, árboles, pescadores y organizar reuniones de dominó con sus amigos. Incluso está ahí, cuando después de un diluvio devastador que trae pérdidas materiales y humanas, regresa su tío después de años de ausencia. 

Así, las dos juntas, aprenden cosas nuevas, crecen. Araceli pasa el verano más inolvidable de su vida y lo describe en su diario como lo hiciera Ana Frank, sin saber qué pasa al final. Disfruta el presente y se emociona por el futuro. Con décadas de diferencia, las dos comparten esa incertidumbre que trae condigo el cambio, ya sea de domicilio (como ambas hacen) o de pensamiento. Es por eso que Ana y Araceli, sin importar nuestra edad, tiene mucho que enseñarnos al compartir su historia. Al fin y al cabo, nunca dejamos de crecer.

Al mismo tiempo, la tía Lú nos ofrece la esperanza de convertirnos en adultos que aún sueñen y aprendan, se dedican a lo que disfrutan y que ven las cosas más allá de lo convencional, pues como le dice Lú a Araceli, es necesario pensar todos los días: “hoy amaré la vida más que ayer”.

Publicado por Fernanda Loé

Recién egresada de la carrera de Lengua y Literatura Hispánicas de la UNAM. Formé parte del comité organizador del quinto ENELLHI, donde, entre otras cosas, colaboré en el diseño y edición de la Antología Conmemorativa, además de ser fotógrafa de ediciones anteriores del evento. También participé como colaboradora del blog Aproximación a la literatura en lenguas indígenas mexicanas. Experta en datos curiosos de poca o nula utilidad. Soy fanática del cine, de las series, de la música y, en general, de la cultura pop. Fotógrafa amateur y, sobre todo, amante de los libros.

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