Por Brenda Garrido Hernández
Crecí en la era de la televisión y mi mayor consumo fuera de las caricaturas era la programación nacional mexicana con programas como venga la alegría y ventaneado haciendo eco a mis tardes o mañanas. Sus notas sensacionalistas acerca del mundo de la farándula se convirtieron sin yo quererlo en una de esas historias que me hacen y es que cuando eres muy pequeña las críticas hechas por alguien que tiene un alcancé mediático (incluso si no son hechas hacía tu persona) fuerte dejan un impacto difícil de borrar.
En las capsulas o previos, aquellos que salían durante los comerciales, te hacían vislumbrar lo que serían sus notas más escandalosas, muchas de esas eran dedicadas a los cuerpos de actrices y cantantes; el cómo las encontraron un día en la playa y resultaba que tenían estrías, celulitis y rollitos o como las encontraron sin maquillaje, pasaban de ser la actriz glamorosa a la mujer desarreglada.
Los comentarios de los conductores diciendo cosas como lo triste que era que una mujer se descuidara de ese modo, del como el hecho de ser madre no era excusa para tirar su cuerpo a la basura o como no le costaba nada si quiera pasarse un cepillo antes de salir a la calle a un resuenan en mi cabeza.
De alguna forma creo que gracias a esos programas, comencé a creer que los artistas, pero principalmente LAS artistas, tenían en cierto modo la obligación de verse perfectas siempre y por supuesto que tenían suerte si después de cierta edad seguían siendo deseables o hermosas y su versión de ellas sin maquillaje era inaceptable, me fui creando una versión inhumana e irreal y en contraposición comencé a plantearme ciertos comportamientos que, a pesar de no vivir bajo el reflector una parte de mi quería imitar una versión de cómo me quería ver, a pesar de que fuera imposible.
A un recuerdo esa tarde del 2006 en el que la noticia central era el colapso emocional de Britney, el como todos hacían comentarios, los chistes, parodias y referencias dadas incluso en las noticias matutinas (aquellas que no estaban dedicadas completamente al mundo del espectáculo), se convirtió en noticia, una burla y otra cantante que caía bajo el peso de sus decisiones erradas y yo… bueno me creí aquellos chismes de carácter sensacionalista, caí en la trampa y me volví consumidora de estos medios.
Al menos hasta que el internet llegó a mi vida y me encontré con nuevas perspectivas.
De repente los artistas controlaban, cada vez más la imagen que mostraban, fueron guiando la narrativa y se fueron convirtiendo en humanos, ya no eran figuras endiosadas que tenían que lucir perfectos para los titulares. Su versión mítica fue desapareciendo, al menos casi por completo, exigieron su derecho a la privacidad y al menos en mi vida los programas de farándula perdieron fuerza, ya no eran el ruido de fondo que hacía eco en mi vida, ya no figuraban en la programación elegida.
Hoy en día en ocasiones me pregunto qué artistas siguen enclaustrados en ese estado de mitificación, cuantos de ellos han perdido su vida privada y cuyos momentos de mayor vulnerabilidad se volvieron titulares de tabloides. En el presente mientras veo la lucha de Britney por conseguir su libertad me siento avergonzada del mundo que vio su tragedia en el 2006 y me siento bien que esa parte de la sociedad no sea la imperante en este momento, me gusta creer que en cierto modo el mundo ya no es tan malo.

