Al margen de todo: los cuentos orilleros de Nora de la Cruz

Por Nitz Lerasmo

En «las orillas», la ciudad está todavía por hacerse.

Beatriz Sarlo

En Borges, un escritor en las orillas, Beatriz Sarlo traza una breve genealogía de las orillas porteñas y de sus habitantes: los orilleros. A finales del siglo XIX y principios del XX, Buenos Aires era una ciudad que comenzaba a expandirse. Los márgenes de la metrópoli debieron ensancharse para dar cabida a los inmigrantes europeos recién llegados a América. En aquel tiempo, el término “orillas” refería a los barrios alejados y precarizados, limítrofes, que rodeaban la ciudad.

De acuerdo con Beatriz Sarlo, “las orillas” fueron para Borges un espacio que se contraponía a la ciudad moderna, totalmente despojada de sus cualidades estéticas y metafísicas. Muestra de esto son los primeros poemarios de Borges y su libro de ensayos sobre Evaristo Carriego, a quien aún se le considera un poeta menor. “Es un poeta menor y los poetas menores pasan desapercibidos”, escribió Roberto Bolaño. No obstante, Borges se dio a la tarea de reivindicar a un poeta desprestigiado con el fin de socavar el canon y evitar que este autor pasara desapercibido. En Evaristo Carriego, publicado en 1930, Borges descolocó a Lugones e inventó “un punto de partida extraño al prestigio establecido.”[1] Por eso las páginas que Borges escribió sobre el poeta son, a decir de Sarlo, “un acto de independencia respecto de las líneas hegemónicas del mapa literario”[2].

            Sarlo considera que con este acto Borges liberó a “las orillas” del estigma social que las identificaba. Más allá de considerarlas un simple límite después del cual sólo se encuentra el mundo rural, Borges hizo del margen su espacio literario. “Las orillas”, según Sarlo, se convirtieron en un territorio original que a Borges le permitió implantar su propia diferencia frente al resto de la literatura argentina. “Las orillas” constituyeron la ubicación simbólica del joven Borges: “desde esas orillas leyó las literaturas del mundo, y fueron esas orillas el soporte para que su obra no pagara ningún tributo ni al nacionalismo ni al realismo.”[3]

Aquel acto reivindicativo de Borges ocurrió hace ya muchos años: casi un siglo. A pesar de eso, lo limítrofe es un tema que en el siglo XXI nos sigue interpelando. Continuamente vivimos conflictos territoriales donde las fronteras son asuntos de discordia; nos cuestionamos sobre los cuerpos que devienen más allá de cualquier binarismo, y nos preguntamos si de verdad hay una frontera que separa el mundo virtual del “real” o el mundo natural del mundo humano. Como si ―acostumbrados a categorías bien establecidas― nos sintiéramos incómodos ante la ambigüedad: a ese lugar oscuro donde “se les pierden las orillas a las cosas.”

            Precisamente Nora de la Cruz (1983) hace de las orillas su punto de partida. Con su primer libro de cuentos, la autora nos presenta personajes que viven al límite de algo: de un territorio marginado históricamente o de un pacto familiar a punto de romperse. Nora de la Cruz nos conduce por el filo de varias historias que continuamente rozan el borde de nuestra experiencia. El primer cuento, “Estrellas recién lavadas”, narra fragmentos de la infancia y la pubertad de dos hermanos, Alejandro y Nana, que terminan viviendo en casa de sus abuelos. La prosa de De la Cruz es intensamente lírica por momentos (“Así era a noche para ella: carne penetrada por sus ojos”) y su capacidad para hilar escenas en principio disímiles es muy afortunada. Un pequeño ejemplo: de la primera sangre menstrual que experimenta una púber pasamos a la sangre tibia y rojísima de un animal recién degollado y de ahí la narradora nos devuelve a la sangre menstrual. Es un conglomerado de imágenes bien hilvanado.

            En el cuento también asistimos a la educación sexual de Nana y Alejandro que es desigual en tanto que una es mujer y el otro hombre. En este sentido, el cuento retrata el fantasma de la sexualidad en la sociedad mexicana. En la familia de Nana y Alejandro la sexualidad siempre tiene un recubrimiento de misterio: todo y todos la aluden pero nadie habla abiertamente de ella. Es tanto el misterio que, al final, Nana ni siquiera parece tener idea de lo que le sucede. Hay una insinuación de incesto y con ello toda la historia puede leerse en clave de aquel tabú. La trama casi no tendría sentido si no la leyéramos a la luz de un mandato cultural que hemos interiorizado desde tiempos inmemoriales: la prohibición del incesto. Para Claude Lévi-Strauss la prohibición del incesto es la única regla social que posee un carácter de universalidad. Constituye el movimiento fundamental gracias al cual se cumple el pasaje de la naturaleza a la cultura. Por eso hay algo tan repelente en los últimos párrafos del cuento: Nora de la Cruz perturba al lector trasgrediendo aquella prohibición antiquísima.

            De “A la orilla de la carretera” puede decirse que es un cuento redondo. Nada sobra, nada falta. Es la narración de un asalto en una zona marginada. El protagonista es un estudiante de bachillerato, que decide no tomar el transporte público de regreso a casa para ahorrar dinero. Esa decisión le cuesta su seguridad: es asaltado por un joven como él, un antiguo compañero de juegos que se ha convertido en un delincuente principiante alentado por dos criminales mayores y más experimentados.

            “Veracruz” narra un viaje familiar a dicha ciudad portuaria. La narradora es una niña que contempla el mundo tratando de entenderlo: penetrar el lenguaje adulto muchas veces le está vedado y, aunque puede intuir ciertas cosas, eso le hace sentirse excluida. Como somos guiados a través del cuento por una mirada infantil, no puede haber más que sutilezas e insinuaciones. Se relata un conflicto conyugal cuyo origen pude haber sido causado por los celos o por una infidelidad. En todo el libro Nora de la Cruz representa fielmente las atmósferas que envuelven a las relaciones familiares, y el cuento “Veracruz” no es la excepción.

            En “Primer día” se plasma la experiencia de un joven que ingresa por primera vez a una escuela pública. Aunque pretende ser un cuento con un final sorpresa, al contrario de “A la orilla de la carretera”, el final resulta predecible.

“Misión: Cuba” está en la misma línea que “Veracruz”: una narradora niña nos presenta sus conjeturas sobre su padre. Después de que su progenitor fuera asignado a un viaje a Cuba, la protagonista y su hermana sospechan que es un espía cuya misión consiste en informar al gobierno mexicano del régimen de Fidel Castro. Todas las coincidencias se van sumando en las cabezas de las niñas. Para comprobar su creencia, ellas se convencen de estar encontrando evidencia en cada gesto y en cada palabra de su padre. Al final, muchos años después de lo sucedido, la protagonista continúa sin saber el motivo de su padre para viajar al país caribeño, lo cual permanece como una incógnita para los lectores.

“XV” es un cuento sobre aquella celebración ritual que, simbólicamente, representa el paso de la infancia a la pubertad para las mujeres en diversos países de América Latina. Es un cuento sobre la orfandad pero no desde un perspectiva trágica sino simplemente melancólica. Como regalo por sus XV años, la narradora-protagonista ―hija de migrantes mexicanos en Estados Unidos― viaja a México para convivir con su familia materna, a la cual casi no conoce. Ahí convive con una realidad que le es muy ajena: la vida en un pueblo con parientes que nunca ha visto. Al mismo tiempo que la joven se vincula al recuerdo de su madre ―quien murió poco después de que ella naciera―, su familia materna decide organizarle una fiesta de XV años. Es la crónica de unos días que la joven no olvidará. Y al regresar a Estados Unidos ―el país que ha condicionado su identidad, incluso más que México―  será una persona diferente. Por la cual puede decirse que tanto la celebración como el viaje cumplen su función de rituales de transición.

            Finalmente, “Progreso”, el séptimo y último cuento, nos acerca al límite de todo: del territorio, de la precariedad, del amor no correspondido. “Progreso” es el cuento más extenso y también el mejor logrado. Un joven marginado asiste a un colegio privado. Ahí se enamora de una compañera, Vania, con la que eventualmente tendrá una relación amorosa. Pero la disparidad socioeconómica de ambos, aunada a la ambición de Vania, impedirán que dicha relación prospere. Mientras tanto, el protagonista deberá abrirse paso a través de la vida universitaria, de la orfandad y de una existencia al margen de los privilegios que la sociedad le ha vedado. Es un cuento nostálgico porque retrata el difícil pasaje de la adolescencia a la adultez.

            Así como el joven Borges de la década de 1930 hizo del margen su espacio literario, Nora de la Cruz también visibiliza aquellas “orillas” de la Ciudad de México, tan estigmatizadas socialmente. Igualmente las orillas se convirtieren en el territorio que la autora reivindica para asentar su propia voz respecto del resto de la literatura mexicana. Desde esas orillas, donde la ciudad siempre está por hacerse, Nora de la Cruz lee las diferencias socioeconómicas que atraviesan a la sociedad mexicana y nos entrega cuentos habitados por personajes redondos y verosímiles con quienes es fácil empatizar.


[1] Beatriz Sarlo. Borges, un escritor en las orillas, p. 21.

[2] Ibid.

[3] Ibid., p. 23.

Bibliografía:

Nora de la Cruz, Orillas, Paraíso Perdido, México, 2018.

Beatriz Sarlo, Borges, un escritor en las orillas, Ariel, Buenos Aires, 1995. Edición digital autorizada por la autora disponible en:https://lproweb.procempa.com.br/pmpa/prefpoa/festinverno/usu_doc/6761331-sarlo-beatriz-borges-un-escritor-en-las-orillas.pdf



Nitz Lerasmo (Ciudad de México, 1994) estudió la licenciatura en filosofía en la UNAM. Forma parte de las antologías de cuento Exploraciones quiméricas Vol. I (Lectio, 2019) y Tercera Antología de Escritoras Mexicanas (El nido del fénix, 2020). Autora de las plaquettes Instantáneas (Ediciones Awen, 2021) y Miniaturas para una casita de muñecas (La Tinta del Silencio, 2021).

Publicado por Nitz Lerasmo

Autora de Miniaturas para una casita de muñecas (La Tinta del Silencio, 2021).

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