Hablemos de cuerpas…
Tenemos cabello que nos cubre desde la cabeza hasta la punta de los pies, tenemos ojos, nariz, labios, piel que envuelve más que músculos y nervios. Tenemos senos, pezones, vientre, vulva, vagina, piernas; Tenemos historias que no contamos que se esconden en la profundidad de la garganta y gritan de desespero por los poros pintando nuestra cuerpa de colores que no entendemos, sonidos que no escuchamos pues hemos aprendido a callarlos mirando a otro lado.
Somos intrusas, viles extranjeras, en la piel que habitamos. Nuestra cuerpa callada anda por el mundo arrastrando con sus piernas rotas el peso de la existencia relegada a la sombra de los escaparates de belleza que venden fantasías, que buscan con desespero hacer salivar la vista.
Tenemos cansancio, enfermedades que dicen solo las mujeres padecemos, quizá sea porque tenemos violencias que producen sentimientos que solo las mujeres padecemos. Quizá sea porque tenemos miedos que sólo las mujeres entendemos.
Calladas, preocupadas, tragando las emociones sin digerirlas nos convertimos en guerreras enojadas y valientes que ellos llaman histéricas. Llaman somatización a las historias que se escriben con hierro caliente en nuestras pieles y compartimos con nuestras hijas y las hijas de nuestras hijas, somos construidas por el hilo de historias que recoge fragmentos de todas las que fuimos, somos y seremos.
La cuerpa se construye en todos los tiempos: somos pasado, presente y futuro de todos los colores cada día un poco más turbio, cada día un poco más brilloso… Cada día un poco más culpables de haber aprendido a no sanar esta vida que nos escupe apenas la ecografía dice que somos niñas.
Y la cuerpa calla, calla y resiste aprendiendo a agachar la mirada. Aprendiendo a esconderse entre prendas de ropa holgada, aprendiendo desde niñas a andar con las piernas cerradas porque la falda no nos permite correr con la misma libertad que los compañeros de nuestra edad.
Sanarnos es el acto revolucionario de amarnos a nosotras mismas, entre nosotras mismas. Es besar nuestras cicatrices y sombras, aceptar las diferencias que nos hacen tan iguales. Sanarnos es pedirnos perdón por el daño y agradecernos por seguir en pie de lucha.
Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 21 años de edad, estudianta de psicología, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.
