Historias de alacenas, vitrinas y macetas I La Talavera.

Por Arizbell Morel Díaz.

Dos platos y tres, son seis…

Cuatro y ocho, dieciséis.

La pequeña Hortensia observaba la vitrina de la abuela desde el piso. En ella, parecían estar ocultos todos los secretos del mundo adulto. Por eso Hortensia la miraba, para entender un poco más que le esperaba en un futuro. 

Era un día caluroso de vacaciones de Semana Santa y la niña estaba cansada. Sin hermanos, sin primos, ella era la única con el tiempo suficiente para quedarse viendo la vitrina por tanto rato. Su madre estaba en el trabajo; su tía fregaba otros platos, los del uso diario. Hortensia sabía todo esto pero no comprendía nada, ¿por qué guardar las mejores cosas para que los otros las vieran? ¿por qué tenían que comer sus enchiladas en platos de plástico percudidos y no en los de Talavera que tanto le gustaba mirar?

Nadie le respondía a Hortensia y ella se había cansado de preguntarles. Después de un rato, Hortensia comenzó a recorrer la casona en dónde vivía, una vez más, sin ánimos de encontrar nada nuevo en ella. En el estudio del abuelo se encontraba su viejo escritorio, aún lleno de polvo habiendo pasado muchos años sin usar. A pesar de que Hortensia siempre había querido sentarse, nunca se había atrevido. Por dentro, sentía que de hacerlo se rompería el hechizo que mantenía al fantasma de su abuelo en la casa. Hasta los niños saben que hay cosas que no se deben tocar…

Siguió por la casa, cuarto por cuarto hasta volver al jardín desde dónde se veía la vitrina de Talavera. De todo su paseo matutino lo único nuevo fueron un par de bichos que encontró dentro del clóset de su tía y que decidió dejar que vivieran en paz dentro de unas pantuflas viejas, porque no tuvo el corazón de sacarlos. 

Bueno, también estaba su abuela, Nana Tata, sentada en su mecedora, mirando al infinito desde la ventana de su casa.

Sin importar el clima o el día, Nana Tata se sentaba a mediodía a mirar el infinito hasta la hora de la comida. Sus manos callosas le impedían cocinar desde hace muchos años, pero Hortensia aún conservaba la memoria de otro tiempo en el que su abuela le había preparado toda clase de platillos y postres especialmente para ella. Hace algunos años (o meses), cuando Hortensia era una chiquilla (según ella), le había preguntado a su mamá por el fin de sus deleites culinarios:

“¿Por qué Nana Tata ya no cocina nada, mamá?”

“No preguntes eso Hortensia, y menos a tu abuela.”

“¿Por qué no puedo preguntar nada?”

“La abuela se va a poner triste Hortensia, son cosas de adultos”.

Con esto Hortensia comprendió que las cosas de adultos no se preguntan, que es mejor dejarlas encerradas en un cajón del escritorio del abuelo que nunca había conocido. En su mente, preguntar se volvió sinónimo de tristeza y se decidió firmemente a no hacerlo nunca más. Pero la curiosidad no se detiene por la moral y en su interior Hortensia seguía queriendo saber los secretos que escondían las manos de su abuela. En los callos, que para ella eran como conchas de mar deslavadas por la espuma, debía estar la explicación de por qué la abuela sólo se dedicaba a mirar a un vacío sin respuesta y no a cocinar, a hacer mole y quesadillas y gelatinas como solía hacer. 

El día en que ocurre nuestra historia, Hortensia no quería salir al jardín. Estaba harta del calor, del sol que no la dejaba en paz y no quería llenar sus nuevos zapatos de tierra por regar las plantas de su tía, aunque estas se murieran por un poco de agua en sus hojas. Resuelta a no hacer lo que se le pedía, se sentó junto a la vitrina tomando entre las manos la regadera de plástico roja a medio llenar. Cual no sería su sorpresa, cuando su abuela se acercó a ella y le preguntó por qué no alimentaba a las plantas, que no podían menos que perecer por la sed, en este día de marzo. 

“Quiero quedarme a ver la vitrina, Nana Tata”, dijo Hortensia sin moverse un centímetro de su lugar. 

 “¿Por qué Hortensia?” le preguntó su abuela sin despegar sus ojos del vacío de la calle que llevaba en su interior. 

“Está llena de Talavera. Y la Talavera está llena de historias, Nana Tata”, replicó Hortensia. 

Con esto su abuela se retiró y dejó a la niña en paz, junto a su querida Talavera. Hortensia continuó sin hacer gran cosa el resto del día y así su hartazgo sólo continuó creciendo hasta la hora de dormir.  Como una semilla que está a punto de explotar, de salir de su cáscara, así las emociones de Hortensia cosquilleaban en su interior sin hallar una fisura para expresarse. Ella, a sus doce años, ya no esperaba nada de la vida más que un tedio sin fin que terminaría con su vuelta a la escuela. 

Sin embargo, cuando uno ya no tiene esperanza, las cosas más insólitas suelen suceder. Es la manera de la vida de asegurarse de que recordemos que a veces, y solo a veces, tenemos que esperar para que algo pueda cambiar de verdad en nuestra existencia. 

Junto a su jirafa de peluche, sobre su colcha de rosas bordada, Hortensia encontró una nota en letra manuscrita que era muy difícil de leer. Por la caligrafía, Hortensia comprendió que se trataba de la carta de alguien viejo, de otra época, cómo la que salía en algunas películas que le gustaba mirar. 

“Querida Clotilde, abrazada de mis manos y mis pensamientos…” comenzaba la epístola que la niña había descubierto. A lo largo de un par de cuartillas, Hortensia se enteró de que la Talavera de la abuela había sido un regalo de un señor que la estimaba. En esas líneas, se expresaba una preocupación por la opinión de la madre de la abuela si llegaba a enterarse de la correspondencia entre su hija y este misterioso ser masculino. 

A pesar de su corta edad, Hortensia no pudo menos que sonrojarse. Pocos eran sus años, pero las emociones de la vida no están vedadas por un número, sino por la capacidad de sentirlas dentro de uno. El organismo responde aún sin saber por qué lo hace. Así, en la niña nació el deseo de saber quién era ese hombre que había amado a su abuela tantos años antes y por qué le daba regalos caros y prohibidos que Nana Tata cuidaba y encerraba dentro de un vidrio. 

Cobijada por la confianza de la carta, Hortensia salió al pasillo hasta llegar a la habitación de su abuela que la esperaba sosteniendo una taza de té de manzanilla entre sus manos. Como era de esperarse,  la taza era de Talavera y en ella estaban pintados dos cisnes dentro de un lago. 

“Veo que has recibido mi carta, Hortensia”, le dijo con una sonrisa.

“Sí, Nana Tata. ¿La carta es del abuelo?”

“No, era de su hermano Ignacio”.

“¿El abuelo tuvo un hermano? ¿Por qué nadie me había dicho nada? ¿No confían en mí?”

“Como me dijiste esta tarde querida, la Talavera guarda muchas historias. Y solo quien se detiene a mirarlas tiene derecho de poseer sus secretos”. 

Con esto, la abuela comenzó a narrar a Hortensia los años de su juventud y la razón de que nadie usara la Talavera más que ella en días festivos. Cuando era joven, la abuela Cleotilde pintaba. Desde niña, había sentido fascinación por los colores del mundo, por las formas y los patrones que se encerraban en sus faldas. A la edad de Hortensia, su madre había permitido que tomara lecciones en la casa de un maestro particular que tenía como discípulo a Francisco (el abuelo) y a su hermano Ignacio. 

Como era de esperarse, los tres niños se habían hecho amigos. Pero aunque Francisco le era simpático, Cleotilde no podía dejar de mirar a Ignacio por quién sentía una inclinación que no podía explicarse. Cuando lo miraba, Cleotilde sentía como si tuviera un jardín en su interior, del que Nacho (como lo llamaba) era la única llave de acceso a sus confines. Por la época, después de algunas lecciones, su madre decidió que no era propio de una señorita el frecuentar a dos muchachos, sola, y suspendió las lecciones de pintura en casa de un profesor. Para continuar con la ecuación de su hija, la madre cambió a las bellas artes por clases de cocina en el convento más cercano. Así, Cleotilde se vio obligada a dejar a Ignacio y cambiarlo por las hermanas Mercedes y Soledad, que solo sabían hablar de listones, moños y encajes.

Aunque ya no tenía a sus amigos, Cleotilde no dejó de pintar ni una sola noche. Cuando la dejaban en paz y había ayudado en la casa a cuanto podía, ella pintaba. Pintaba árboles y tazas, bodegones y vestidos. Pintaba parar escapar de su rutina y de su vida que la encerraban en un mundo que no le pertenecía. También pintaba a Francisco, pero sobretodo, Cleotilde hacía retratos de Ignacio. Ignacio como un pájaro blanco y gallardo, Ignacio como un atardecer, todo lo que ella pintaba tenía sabor a él, a la esperanza de volverlo a ver.

Cuando pasaron unos pocos años, él finalmente la fue a buscar y le llevó un juego de té de Talavera para su mamá. Después de esto, Cleotilde fue la más feliz y ya no le importaba tener que cocinar todas las tardes o escuchar las historias de Mercedes y Soledad. Entre Cleotilde e Ignacio, comenzaron a escribirse muchas cartas. Ella le contaba de su encierro y él de su vida en el exterior.

Era un hombre de grandes sueños, Ignacio. Su mayor anhelo era irse del país, conocer Brasil, Panamá y el Caribe antes de morir. Quería vivir como un bohemio y escribir, pero lo que más quería era enamorarse. A lo largo de sus cartas, Cleotilde se ganó la confianza de Nacho y éste le confesó que nunca podría corresponderle en sus afectos y miradas de amor. 

“Querida Cleotilde”, le escribió un día, “no puedo ser indiferente ante lo que sé que sientes, pero debes abandonar toda pretensión de ser correspondida. No es que te falten méritos algunos, pero yo amo a otra persona. Su nombre es Carlos y él tampoco me puede amar a mí. Antes que relegarte a una vida atada a mí, prefiero vivir solo, pues la libertad de elegir cómo vivir es la única que puedo poseer, si no puedo elegir a quién amar.”

Al recibir esto, Cleotilde se dedicó a llorar unos cuantos días. No obstante, decidió guardar el secreto de Ignacio porque el no ser correspondida no le impedía amarlo. Sin embargo, los rumores corren rápido en México y la madre de Cleotilde no tardó en enterarse de que a Ignacio se le considerara un desviado. Al ver que su hija continuaba en contacto con una persona que le era desagradable, se decidió a impedirle su amistad, alegando que una señorita que se quería casar no podía permitirse el tener una amistad tan extraña con un miembro del sexo opuesto. 

Como en esta historia ya habían transcurrido algunos años, el carácter de Cleotilde no era el mismo que el de la niña que se salió de la pintura para tomar clases de cocina con tal de no disgustar a su madre. Así, Cleotilde se dedicó a seguir frecuentando a Ignacio y éste le siguió regalando Talavera pintada a mano. 

En todo este tiempo, Cleotilde no se había preocupado por su futuro. Sabía que no era bien visto que una mujer se dedicara a estudiar y que era su destino (y el de su generación) el esperar que sus padres eligieran un buen candidato al matrimonio de su hija. Ya que su única ocupación era el saber cocinar y planchar, Cleotilde seguía alimentando sus ilusiones de encontrar algo que le hiciera sentir que si no podía estar con Ignacio bien podría ser feliz. 

Mientras tanto, su hermano Francisco tenía otros planes. Después de todos estos años, había decidido casarse con Cleotilde, que le parecía una buena muchacha que ya conocía. Pero primero estaban sus estudios de Ingeniería Civil. Al recibirse, iría a pedir su mano en matrimonio y serían, sino felices, por lo menos decentes.

En lo que Francisco terminaba sus estudios, Ignacio encontró una manera de alejarse de su conservadora familia. En contra de todo lo que se esperaba, Nacho se había enamorado otra vez. Como muchos bohemios de los sesenta, él y su amado tenían planes de mudarse a París y comenzar de nuevo. En su última carta a Cleotilde, le explicaba su partida y lamentaba tener que dejarla atrás en un mundo que se había quedado siglos atrás del resto del mundo. Con la carta, estaba la taza que ahora Nana Tata sostenía en sus manos mientras le contaba a su nieta sus aventuras de juventud.

“¿Y por qué ya nadie habla de Ignacio, abuela?”, preguntó Hortensia, cuando la abuela terminó su relato.

“Por la vergüenza, hija. Su familia no podía creer que a parte de estudiar Letras, Ignacio no fuera un hombre de familia y decidieron borrarlo de sus recuerdos”.

“¿Y sigue vivo abuela?”

“Claro que sí, a veces hablamos por teléfono. Sobretodo después de la muerte de tu abuelo. Francisco nunca tuvo corazón para prohibirme que le hablará, pero nunca quiso saber de él. Creo que en el fondo nunca le perdonó que tuviera mi amor por encima del suyo”.

“¿Y para qué me cuentas estas cosas, abuela?

“Para que conozcas que hay muchas maneras de vivir, Hortensia. Tú te llamas así porque la única condición que puse para casarme con tu abuelo, fue que me plantará unas hortensias en el jardín. Siempre me gustaron esas flores para pintarlas. Tu madre siempre las amó y cuando naciste, te puso ese nombre. Ahora ya casi eres una adolescente y el mundo es muy distinto de cómo yo lo conocí. Pero tú, al igual que yo observas y preguntas. No te quedas quieta un segundo más que para mirar las cosas que te impresionan, y eso me gusta. Escuché que preguntabas porque ya no cocino, bien pues ya no puedo. Después de una vida de trabajo, mis manos se han cansado y me causa más dolor que placer él usarlas. Pero tú eres joven y puedes hacer muchas cosas. Vas a vivir cosas que yo nunca pude imaginar, tus sueños pueden ser más amplios que los míos y un casamiento ya no te asegura felicidad. Cuando tengas mi edad, espero que te acuerdes de mí y que comas todos los días en la Talavera que te voy a dejar solo para ti. Cuando bebas café en esta taza, trata de pensar en mí, en tu tío abuelo Ignacio y en que la libertad de ser y hacer es lo más importante que uno puede poseer en esta vida. Pero no por eso te da derecho a dejar morir a las plantas”

Todo esto ocurrió hace muchos años y ahora lo escribo porque mi abuela me ha dejado sola en este mundo. No porque haya muerto o enfermado, sino porque yo me he mudado a Los Ángeles, California para seguir mi sueño de diseñar sets de televisión. Alejada estoy entonces de la seguridad de su cuarto, de la vitrina y sus carpetas bordadas. Sin embargo, entre mis libros y fotografías de mi país, también cargo la taza de Talavera que me dio antes de partir en el aeropuerto. Y con ella traigo la historia de Ignacio y de Cleotilde en mi cuerpo, el relato de dos seres que me han enseñado la felicidad de vivir de acuerdo a nuestra propia naturaleza. 

Cuando uno toma un café o prueba una comida, el placer que nos viene de ello es producto de todas las historias que cargan consigo. Un plato no es un plato, sino una bandeja de la vida humana en su cotidiano. Sólo hay que mirar más de cerca para descubrir los momentos que esconde en su interior, en el olor del barro y la pintura fresca que se oculta en las cocinas de nuestro país. 

Arizbell Morel Díaz.

Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” en el ciclo 2021-2022 (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021). 

Actualmente dirige “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart, Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla con la compañía La Crisálida así como el proyecto “Dame un tenor” de Ken Ludwig seleccionado en el programa “Incubadoras de Grupos Teatrales UNAM 2020-2021” de cual también es co-traductora. 

También se desempeña como asistente de dirección y elenco de “Die Dreigroschenoper” de la Facultad de Música de la UNAM, dirección de Diana Viguri y adaptación de Horacio Almada Andersen. 

Ha escrito narrativa y ensayo. Entre sus textos publicados por La Coyolxauhqui se encuentran“Bitácora de una planta en resistencia” (2020), “Tetera conoce a cafetera” (2021)  y “Barista” (2021).

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