Escribir para resistir| Las mujeres solo quieren d̶i̶v̶e̶r̶s̶i̶ó̶n̶ justicia

Por Majo Soto, Mery Muñoz Mendoza y Andrea Elizondo*

El material radiofónico contiene recopilaciones de diversos noticieros y testimonios de madres que han perdido a sus hijas por causa de feminicidio. No nos pertenece ninguno de los audios ni las canciones. Esta obra conceptual (radio arte) es meramente para reflexionar acerca del tema, ponerlo sobre la mesa y recordar que luchamos por las que ya no están.

La primera vez que escuché la palabra feminicidio fue por un caso que sucedió en Argentina. La mujer se llamaba Lucía, tenía dieciséis o diecisiete años. Fue violación en manada y luego la asesinaron de una forma tan brutal y misógina que no puedo repetirla ni por escrito. Recuerdo que el estómago se me revolvió y me dio insomnio por algunos días. Después, me reconforté falsamente pensando que eso pasó en Argentina, muy lejos de México.

No pasó mucho tiempo para que al prestar un poco más de atención en la radio y en la televisión, comenzara a escuchar los nombres de mujeres, de todas las edades y de las diversas partes de la República. “En los últimos quince días”, “la semana pasada”, “en lo que va del año”. Madres, hijas, primas, amigas, hermanas; todas y cada una de ellas terminan en las noticias como cifras, con anuncios de que han sido asesinadas.

Incluso en redes sociales, en cadenas de Whatsapp, ya no se buscan únicamente caras desconocidas, se buscan familiares de amigas, primas de conocidas, compañeras de clase de la primaria. Todas y cada una de ellas se vuelven cada vez más cercanas. ¿Y si después soy yo?

Nunca había cruzado por mi mente la idea de que un día no regresaría a casa hasta que un hombre me siguió al salir del mandado. Cuando me di cuenta que alguien venía tras de mí pensé en mi mamá, temí que no podría llamarla antes de ir a la universidad y darle sus buenos días. Pensé en mi papá y en mi hermano, temí no poder compartir chistes con ellos de nuevo. Mi familia fue mi pensamiento durante ese tormento, y mis ojos reflejaban mi angustia y terror. Me sentí incapaz de poder emitir palabra y tuve que controlar mis emociones para actuar rápido. 

Agradezco al guardia del Sam’s Club, quien al percibir mi lenguaje corporal reaccionó de inmediato. Agradezco a las señoras de tercera edad que me ofrecieron compañía en aquella banca y con palabras dulces tranquilizaron mi alma. Y agradezco a la mamá de mi compañera que no dudó en desviarse de su camino para poder llevarme a casa. 

Hasta el día de hoy no dejo de pensar en si el escenario hubiera sido distinto, si hubiera estado tan inmersa en mí misma y no hubiera notado al hombre que venía siguiéndome. Y a veces pienso que exagero porque “nada” me sucedió. ¿Entonces cómo explico mis pesadillas, mis noches de insomnio o mis ataques de ansiedad cada vez que pienso que tengo que ir al mandado?  ¿Realmente no me pasó “nada”? 

Sí me sucedió algo. Mi paz y tranquilidad fueron quebrantadas. Mi lugar seguro fue profanado por un hombre sin rostro y sin nombre, y que a la fecha continúa atormentando mis sueños. Pero hoy ese miedo se transforma en coraje. 

Coraje por tener pesadillas, por seguir pensando en algo que ocurrió en menos de treinta minutos y que me perseguirá por el resto de mi vida. Coraje por ver en las noticias el nombre de mujeres, hermanas, cuyos destinos difirieron del mío. Coraje por compartir esta anécdota, por saber que no soy la única ni la primera ni la última que pasará por una situación así. 

Y es tan triste y horrible, pero también me hace sentir mejor. Saber que no soy la única, saber que en las historias de las otras me [re]encuentro y nos acompañamos, nos abrazamos, nos entendemos y entonces, nos animamos unas a otras a luchar juntas. Con la cara en alto, con el poder de gritar, de hablar y, por supuesto, de escribir, reflexiono que no me encuentro sola; que incluso este texto lleva tres corazones y, a partir de una lectura, se agrega un corazón más.

Que tenga lo que tenga que temblar. Gritaremos por cada una de esas mujeres que ya no están con nosotras y gritaremos todavía más fuerte para que sigamos juntas las que continuamos aquí. Por Lucía, por Ingrid, por Dulce, por Lesvy, por ti, por mí y por todas.

*Mery Muñoz Mendoza y Andrea Elizondo son estudiantes de Comunicación y Periodismo en la Universidad Autónoma de Querétaro

Majo Soto es estudiante de Comunicación y Periodismo, bailarina de ballet y feminista. Le encanta incomodar con sus palabras y ha publicado sus textos en diversos medios digitales e impresos como Especulativas, La Coyol, Las Sin Sostén, Círculo literario de mujeres, La Coyol Revista, Notas sin Pauta y Tribuna de Querétaro.

Twitter: @TristezaFeliz29

Instagram: majo2906

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