
Por: Monserrat Chávez Olivas
Hola, esta es una continuación de la columna anterior. Quisiera platicar contigo sobre lo que ocurre cuando damos por hecho todo lo que nos rodea y no cuestionamos, también lo que ocurre cuando nos damos una segunda, tercera oportunidad y la vida se vuelve un poquito mejor.
¿En dónde creciste? ¿Cómo es tu familia? ¿Siempre te gustó la educación que recibiste? ¿Estás o estuviste siempre de acuerdo con lo que te decían? ¿Alguna vez te impusieron algo? Yo crecí en un entorno familiar y social donde responder (cuestionar) se considera[ba] una falta de respeto hacia los demás.
Me enseñaron, como a ti, a que la vida tenía un orden y había que seguirlo, sin poner pretextos ni excusas. Y aquí voy a abrir un gran paréntesis para decir que muchas de esas ideas tienen una raíz patriarcal, machista y opresora, como la feminista que me considero, es imposible dejar de señalar las conductas dañinas.
Mi generación creció a base de golpes físicos y emocionales, somos adultos rotos, con traumas sin sanar, relaciones difíciles de continuar por nuestra formación pero lo estamos intentando, algunos lo estamos intentando; cerrar la herida que nos dejó el desarrollarnos en una época…complicada.
No sé cuántos años tienes tú, que me lees, pero no dudo que estés pasando por la misma situación. Pues bien, responder a los regaños era igual a grosería, cuestionar los métodos igual a grosería, cuestionar la vida laboral, igual a grosería, cuestionar el actuar de tus mayores igual a grosería, aunque aquello te dañara física y mentalmente, callarse era la única opción para no sufrir las consecuencias.
Vamos, ¿ahora entiendes a esta generación millenial mal llamada “cristal”? Llegué hasta mi adultez reproduciendo los patrones que de pequeña y adolescente me habían enseñado. Estudiar duro para ser alguien en la vida, porque si no eres alguien entonces no eres importante y si no eres importante, no existes; toda tu vida depende de cuánto de esfuerces y sufras.
Sufrí en la universidad, porque aquí entre nos, no fue la carrera que deseaba y tomé una decisión presionada por el tiempo y el futuro. Pero me implanté la idea de ser la mejor, de sacar las mejores notas, sobresalir, trabajar y estudiar al mismo tiempo, porque sólo así alcanzaría mis objetivos ¿qué objetivos? Por cierto.
Seguí el curso natural [impuesto] de la vida. Por que así debía de ser ¿no? siempre nos lo dicen, siempre me lo dijeron. “Estudia para ser alguien, esfuérzate duro, trabaja mucho y tendrás éxito”. Oh no, olvidaron mencionar esa pequeña parte cuando TU VIDA COMIENZA A DESMORONARSE Y DEBES ENFRENTARTE A TRASTORNOS MENTALES.
No viví. En verdad no viví esos tres años de la universidad (carísima por cierto), entre los cuatrimestres, el trabajo en la última mitad de la carrera, los proyectos escolares y yo aferrada a hacer actividades extracurriculares, pues la vida se me fue en hacer todo y hacer nada, básicamente me olvidé de mi misma para satisfacer el rol que socialmente debía cumplir.
Luego, la vida laboral. La terrible y cruda vida laboral de la que no te hablan en la universidad y ahí, queridos lectores, las cosas se pusieron mucho peor. Empecé a laborar en una empresa de comunicación (radiodifusora) y mi jefe y compañero de trabajo era [es] la peor persona que puedas conocer y el peor compañero.
Por primera vez me enfrenté a la realidad, al acoso y violencia laboral, a los malos tratos no sólo de tus propios compañeros sino de otros medios, escuchar expresiones desagradables, censuras y autocensuras, agresiones, corrupción, desvíos y manipulación de información; fue horrible vivir todo eso.
Y hasta ese momento, no había cuestionado nada. Intenté decirme que todo estaba bien, que no debía meterme en problemas y otras personas me sugerían no quejarme, entonces ¿qué más podía hacer? Seguir trabajando ignorando la mierda que se acumulaba alrededor. Disclaimer: nunca ignoren, no funciona, todo se pone peor después.
Pero al final de ese año empezó a florecer la semilla del cuestionamiento y la voz que me susurraba “oye, te siento incomoda ¿en verdad disfrutas hacer esto?” mientras yo me paraba en seco y le gritaba “cállate, deja de inventar cosas, claro que soy feliz, esto me gusta, esto es mi pasión” pero no, un trabajo con carencias económicas y emocionales, nunca va a ser mi pasión.
Para no hacerles el cuento largo, duré un año en ese trabajo, ahorré durante meses para irme de mi ciudad porque ingenuamente creí que irme a otro lugar resolvería todos mis problemas ¡oh sorpresa! Me siguieron hasta allí, me mudé a Tijuana, durante un tiempo estuvo bien, pero ahí seguía la incomodidad y crecía más con los días, simplemente había dejado de disfrutar de mi profesión y no lo quería aceptar.
Regresé a mi ciudad y en lugar de poner en orden mi cabeza, continué presionándome por sobresalir y encajar, yo nomás no aprendía la lección. Tuve varios trabajos, hasta que llegué al último y dónde esa voz se empoderó, decidió que no quería callar más.
Yo ya venía de un proceso pequeñísimo donde había decidido no tomar más trabajos como reportera, pero si continuar en los medios, acepté ese último porque me hacía salir de mi zona de confort pero seguía dudosa. Fue la peor decisión de mi vida.
Las dudas que habían iniciado años atrás se agrandaron y no pude pararlas, ya era demasiado tarde. Entre la violencia psicológica laboral y el acoso, la manipulación de información periodística y los intereses económicos, mi salud mental terminó por deteriorarse. Y sucumbí ante esa voz que no paraba de cuestionarme.
Fue ese año cuando me diagnosticaron. Fue ese año cuando conté mi más grande secreto en un consultorio psicológico. Fue cuando le conté mis miedos al psiquiatra y ya no pude negar lo que había tratado de parar.
Las preguntas se amontonaban, dejó sin aire mi cabeza y en lugar de esfumarse, aparecían otras nuevas. ¿Por qué la vida debe ser así Monse? ¿Por qué si no eres feliz no te vas de ahí Monse? ¿Por qué te obligas a hacer esto Monse? ¿Por qué tienes miedo de decir no, Monse? ¿Por qué no haces lo que siempre quisiste hacer y pospusiste, Monse? ¿Por qué Monse? ¿Por qué?
Y aquí va todo lo que comencé a preguntarme y de algunas aún no tengo respuestas, me cuestioné mucho y dolió muchísimo más, decirlo a misma, escribirlo y en voz alta, no fue fácil ¿lo es para ti?
¿Por qué tu valor como persona se define en tu nivel de escolaridad y puesto de trabajo? Tú no vales por lo que tienes, en dónde estás, lo que vistes o lo que ganas, tú vales por la persona que eres y por como tratas a los demás.
¿Por qué te aferras a buscar la aprobación masculina, de tu familia y amistades? Si sabes que no les importas, entonces ¿por qué no empiezas a buscar tu propia aprobación? ¿qué tienes que perder?
Ya no te hace feliz lo que haces y está bien. Todo tiene su ciclo, estudiaste algo pero ya no quieres dedicarte más a eso ¿el mundo se va a terminar? No, aunque ahorita creas que sí, pero vas a encontrar algo mejor, mira lo que has abandonado por seguir los sueños de otros.
¿Por qué tienes que estudiar, trabajar, tener dinero, luego conseguir un novio, casarte, tener casa, luego hijos y esperar a ser vieja para vivir? La vida se te está yendo y tú estás muerta en vida. Todas esas “metas ideales” ni son tuyas ni te representan, tú no eres eso, tú no eres lo que otros creen o esperan de ti.
Tú no estás obligada a cumplir las expectativas del resto. Es problema de ellos que esperen tanto de ti. No le debes nada a nadie.
¿Por qué el dinero es tan importante?¿Por qué sólo te consideran exitoso cuando tienes dinero o trabajas en una empresa importante?¿y por qué tú te sientes obligada a cumplir con eso?
¿en verdad no pasa nada si renunció a mi carrera y le pongo una pausa? ¿y si retomo mi sueño de ser escritora?
¿por qué ser delgada es tan importante? ¿Para quién? ¿y si dejó de castigar mi cuerpo y hacerme daño?
¿y si le pides perdón a tu niña interior? Su sufrimiento te llevó hasta aquí, ayúdala a sanar. Ayúdate a sanar. Por favor. Sé feliz. Ponte como prioridad, por primera vez en tu vida.
Todas esas preguntas me llevaron hasta aquí. Cuestionarme, cuestionar los métodos de crianza dentro de mi seno familiar, cuestionar las acciones laborales y sociales, me llevaron a tomar decisiones importantes.
Renuncié a mi vida anterior. Me dolió no porque sintiera que estaba perdiendo algo, me dolió no haberlo hecho antes. Renuncié al dolor y castigo, renuncié a las presiones, renuncié a las expectativas, renuncié a los estereotipos, renuncié a lo que me hizo daño, tuve que decirle adiós y abrirle la puerta para que no volviera jamás.
Me tomé una pausa indefinida de mi profesión. Y retomé sueños que había abandonado, decidí enfocar mi energía en sanar mi yo interior, a la escritura creativa y convocatorias literarias. Encontré una nueva pasión: la cocina y repostería.
De eso hablaré más adelante, pero decidí emprender mi propio negocio de repostería vegana, gracias a una querida amiga que me alentó a vender mis postres. Me divorcié del poder del dinero. Elegí una vida simple y tranquila, minimalista.
Vivir con lo necesario, desechar el consumismo. Decidí priorizar mi salud mental y para lograrlo tuve que desprenderme de lo que había aprendido y ahí me di cuenta que no era nada ni nadie, tuve que reconstruirme con mis propias ideas ¿y saben qué? Me gustó el reto.
No les voy a mentir, sigo cuestionándome muchas cosas más [las cuáles poco a poco voy a compartir] y me ha dolido mucho, me ha costado lágrimas y regaños. Pero no he de negar que ahora sin titubeos puedo decir que soy feliz, que soy lo que siempre quise, que vivo como siempre quise, que ya no tengo miedo de mostrar quien soy.
Se me ha cuestionado y juzgado por ello. Por salir de una zona de confort para entrar a otra que me hace sentir muy tranquila, ahh tener satisfechas a las personas nunca será posible ¿qué mas da?
Pero te diré algo, deja que hablen de ti. Pero tú no permitas volverte a perder, eso es lo único importante.
