
Por Nitz Lerasmo
I
Preámbulo
En 2018, la escritora Alma Karla Sandoval publicó el libro Cartas a una joven feminista (Ediciones Zetina). En sólo un año el libro alcanzó tres ediciones y varios tirajes. Se presentó en varias ciudades de México, en Canadá y en España. Es un libro que ha tenido miles de lectoras con las que ha generado un importante debate. Como un homenaje a lo anterior y como una forma de dialogar con el libro, en septiembre de 2019 Infinita Editorial convocó a otras escritoras a participar en una antología que sería prologada por la propia Alma Karla Sandoval. Para participar se debía enviar un ensayo en forma de carta dirigida a otras mujeres (reales o ficticias) donde se ofreciera un punto de vista y argumentos sobre algún aspecto del feminismo en México. Yo participé con “Leer a Platón” y fui seleccionada. Sin embargo, por razones que desconozco, el libro no se publicó.
A manera de redención, y con la libertad que La Coyol me da en este espacio, he decidido publicar por primera vez ese texto que dos años permaneció olvidado en las carpetas de mi computadora.
II
Leer a Platón
Querida amiga:
No debes agradecerme por el obsequio que te hice. Sabes bien que en nuestra amistad es común intercambiar regalos, pequeños detalles que auxiliarán a la otra, como cuando se lanza un salvavidas al náufrago. No sabes cuánto me entusiasma que tú también hayas disfrutado Cartas a una joven feminista. Qué maravilloso saber que el libro que te di tocó las fibras más íntimas de tu ser. Incluso celebro que haya rozado tus heridas porque así serás consciente de ellas y buscarás, junto conmigo, un bálsamo para sanarnos. Me dices que después de tu lectura, el libro te trastocó, te dejó revoloteando en la cabeza, como si de mosquitos se tratara, diversas preguntas que no has dejado de pensar y repensar. Te entiendo, a mí me pasó lo mismo. Y elogiemos que sea así. Yo creo, al igual que Kafka, que un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros. Y un libro que además es feminista puede ser peor que un hacha: es luminaria que incendia, antorcha que propaga una ecpírosis regeneradora.
Por lo que entreveo en tu carta, no has parado de intentar atar cabos, de provocarte una náusea de inquisidora que no se contenta con lo que le dicen o le muestran. Me planteas una pregunta que te acosa y me imploras una respuesta, como si yo fuera una pitonisa que en pleno trance revelara los misterios más arcaicos. Gracias, amiga, por hacerme formar parte de aquello que te causa desvelos. Déjame pedirte que procedamos con cautela. Tu pregunta es punzante como una daga y no es fácil de responder. Sin embargo, tenemos que ensayar una respuesta, porque evadirla o condenarla al olvido sólo engendraría más injusticia en nuestro deseo de comprender el mundo.
Casi al final de tu carta, después de enumerar todas las clases de violencia que la mujeres sufrimos a diario, de la violencia perpetuada sistemáticamente por hombres, me preguntas cómo nosotras las mujeres podemos lidiar con una otredad que hiere, siendo esa otredad los hombres. Comprendo perfectamente lo que dices. En una sociedad patriarcal, donde el varón es quien goza de privilegios, es evidente que la violencia contra las mujeres, el grupo más marginado históricamente, es una norma aceptada, respetada e incluso aplaudida. Que la violencia hacia las mujeres se exprese en todas las esferas de la vida social es un hecho indudable. Como bien sabes, en la cúspide de esa misoginia se encuentran, desafortunadamente, los feminicidios. Tú y yo, que somos de una generación entre siglos, hemos pasado nuestra infancia, adolescencia y esta incipiente adultez escuchando de los terrores de Ciudad Juárez. Aquellos que afirman que esa urbe es el peor lugar para ser mujer, ¿acaso no advierten que no hay un lugar en el mundo en donde ser mujer no implique vivir en peligro constante? Siempre que pienso en los feminicidios de esa ciudad fronteriza, no puedo evitar recordar una fotografía de Mayra Martell, quien fotografió objetos y dormitorios de jóvenes desaparecidas en Ciudad Juárez para su proyecto Ensayo de identidad. La fotografía, que nunca olvidaré porque me aflige, muestra un pedazo de papel, adherido a un espejo, que reza: “Metas a corto y largo plazo”. Martell tomó la fotografía en la habitación de Erika Carrillo, una joven que desapareció en el año 2000, a la edad de 19 años, cuando salió de casa para ir a la peluquería. Con esa fotografía, Martell nos muestra un fragmento de intimidad de la joven, y así somos testigos de las metas truncadas de Erika: “trabajar duro para pagar la inscripción a la escuela, comprarme unos zapatos, hablar y ser simpática con la gente, leer a Platón.” Amiga mía, déjame preguntarte: ¿no sientes el mismo temblor en el pecho que yo al leer esas líneas? ¿Acaso no te invade la rabia? Nuestras vidas interrumpidas y una sociedad indiferente deberían despertar toda nuestra cólera, todo nuestro hartazgo. Yo también, al igual que Erika Carrillo, tengo en mi habitación pedazos de papeles en los que escribo mis objetivos, mis lecturas pendientes, mis deseos. Y también sé que en mi país, tan sólo por ser mujer, cada que salgo de casa tengo altas probabilidades de que mis metas sean frenadas, de que se me arrebate la vida con una crueldad que hunde sus raíces en el tiempo.
Pero volvamos a tu pregunta: ¿cómo podemos lidiar con una otredad que nos hiere? En ocasiones anteriores hemos discutido si acaso el separatismo es la solución. Nos hemos preguntando si una sociedad compuesta enteramente por mujeres ya no tendría que enfrentarse a la opresión y a la violencia propias del patriarcado. ¿Recuerdas cuando me hablaste de las utopías separatistas que escribieron algunas mujeres de siglos pasados? ¿O te acuerdas de cuando te enseñé que en el norte de México existían las lagartijas cola de látigo, una especie de lagartos constituida únicamente por hembras que se reproducen por partenogénesis, sin necesidad de machos y, entre risas, dijimos que en el futuro las mujeres también nos reproduciríamos por partenogénesis? Esas utopías pueden parecernos tentadoras y convincentes, es verdad. Pero, insisto, vayamos con cautela. El siglo XX nos ha enseñado que toda utopía, a la postre, puede volverse una terrible distopía.
Dime, amiga, ¿has considerado cambiar el destinatario de la pregunta que me planteas? Mientras las utopías separatistas, si acaso son la solución, no se realicen, creo que también son los hombres quienes deberían preguntarse: ¿cómo coexistir con una otredad a la que hemos subyugado históricamente? Considero que responder a esa cuestión es casi un deber moral para aquellos que han nacido con privilegios, especialmente si son respaldados por una sólida estructura heteropatriarcal, la cual anhelamos abolir. Hablando de esto, permíteme agradecerte por enviarme el hilarante ensayo de Cecilia Winterfox. Coincido con ella en que el feminismo amable no sólo no funciona sino que es contraproducente. Las mujeres ya estamos hartas de tener que ser amables y dóciles, sobre todo cuando se espera que nosotras eduquemos a los hombres en cuestiones feministas. Suscribo las palabras de Winterfox: no es sólo enormemente aburrido gastar nuestras energías educando a los hombres a través de su camino de autodescubrimiento, sino que, al aceptar el rol de educadoras, reforzamos las dinámicas de poder existentes y nos alejamos “de colectivizar como mujeres y de promulgar el cambio real.” Al igual que tú, yo también promuevo que, para conformar verdaderas redes sororas, es necesario educarnos entre nosotras primordialmente, es preciso leernos, comentarnos y por supuesto, criticarnos con lucidez. Ya que tocamos el tema de la educación de las mujeres, voy a contarte una historia real que recién descubrí, pero te desafío a no explotar en carcajadas. En 1873, Edward H. Clarke, médico y profesor de Harvard, publicó el libro Sex in Education, en el cual afirmaba que “la actividad cerebral indebida y desproporcionada” en las mujeres podía causar que su útero y ovarios se atrofiaran, provocándoles esterilidad. El remedio que Clarke aconsejaba para evitar esos estragos consistía en que las mujeres estudiaran y leyeran menos que los hombres. Lo que Clarke no vislumbró fue el reverso de su hipótesis: la lectura, especialmente feminista, nos emancipa de la procreación obligatoria. Así que, amiga mía, continuemos atrofiándonos los ovarios pues nuestra “atalaya es una biblioteca” y no vamos a claudicar fácilmente.
Si observas bien, advertirás que las mujeres siempre tenemos una misión doble en nuestra vida que, cómo no, puede ser muy extenuante: somos escritoras, filósofas, científicas, artistas y, aparte de lidiar con nuestras profesiones, de esforzarnos por crear, innovar o descubrir nuevos matices en nuestros campos de estudio, también tenemos la misión de instruirnos feministas y de proseguir una lucha de la cual somos herederas. Me insistes en que debo sentirme orgullosa de ser una hija de las brujas que no pudieron quemar, tal como está escrito en las numerosas pancartas que hemos visto en las marchas. Es verdad: algunas serán hijas de las brujas que no pudieron quemar. Pero no olvides que también en esta lucha ha habido combatientes caídas. A ellas, sobre todo, nos corresponde salvarlas del olvido. Porque también somos hijas de brujas calcinadas en hogueras, de mujeres lapidadas con piedras filosas, de mujeres decapitadas por una guillotina menos brillante que la inteligencia de las condenadas a muerte, somos descendientes de esclavas aporreadas por sus amos, de mujeres diagnosticadas de “histeria”, de mujeres condenadas al ostracismo del manicomio o del claustro. Como puedes advertir, amiga mía, la historia de las mujeres es una historia de ausencias dolorosas. Me gustaría que Erika Carrillo no fuera una ausencia, sino que estuviera aquí con nosotras, conversando. Desearía preguntarle por qué se propuso leer a Platón, el filósofo de los eternos arquetipos. Quisiera hablarle de aquella cosmogonía platónica que nos sorprende por fantástica. Le contaría que en el Timeo, Platón, influido por la medicina hipocrática de su tiempo, consideró que el útero era un animal errante dentro del cuerpo de la mujer, un ser vivo que podía moverse desde la parte inferior del vientre hasta la parte superior, siempre escurridizo. El útero, escribe Platón, es un animal deseoso de procreación que se irrita y enfurece cuando no es fertilizado. Podríamos fácilmente tachar a Platón de machista –que como todo heleno de su época lo era sin duda–, y olvidarnos de esa creencia tan extraña. Sin embargo, no me dejarás mentir, hay algo mágico y perturbador en el hecho de creer que mi útero es un animal errante. Me lo imagino como un molusco, viscoso y rojizo, desplazándose por las entrañas de mi cuerpo. En lo personal, me gustaría reivindicar ese animal nómada y furioso, que no se contenta con echar raíces. Pero, al contrario de lo que afirmaban Platón e Hipócrates, mi útero no se irrita por no ser fertilizado, sino todo lo contrario, es un animal indómito que no tiene vocación reproductora. Sé que mientras se siga sometiendo a las mujeres, mi útero permanecerá furioso y desobediente. Si lo imagino así, insumiso y contestatario, ahora en verdad podré decir que la rabia por la injusticia me brota desde las entrañas.
Amiga, conozco tu inteligencia y sé que no te has extraviado en mi escritura laberíntica. No, te juro que no he dado rodeos innecesarios. La escritura precisa desplazarse con libertad para engendrar reflexión. Amiga, lo que me provoca urticaria de tu pregunta es la palabra lidiar. Yo la cambiaría por coexistir porque intuyo que, si en algo buscamos diferenciarnos de esa mitad de la humanidad que nos ha subyugado históricamente, es en nuestro afán por mostrar que nosotras sí podemos coexistir con una otredad sin tener que anularla, sin tener que reproducir nuevamente jerarquías de opresión. Hasta aquí mi intento de respuesta. Polemiza conmigo, amiga, que para eso estamos.
Deseo que nunca pierdas tu fuerza transgresora que tanto admiro.
Abrazos para ti y para tu indómito útero errante.
III
Epílogo de junio de 2021
Han pasado dos años desde que escribí esa carta-ensayo. Cartas a una joven feminista encontró una nueva edición en el sello editorial Camelot América y quizá, en un futuro cercano, escriba una reseña del libro.
Han pasado dos años, repito, en los que mis lecturas feministas han cambiado y, por consiguiente, también lo ha hecho mi postura feminista. Ya no simpatizo con algunas ideas expuestas en “Leer a Platón” porque me parecen ingenuas. A pesar del cambio, siento que nunca olvidaré aquella foto de Mayra Martell. Como si gracias a aquella lista de Erika Carrillo me sintiera obligada a no claudicar en la lucha.
Dos años en los que han cambiado muy pocas cosas en la vida cotidiana de las mujeres que habitamos México, país donde los feminicidas presumen armas en sus redes sociales y amenazan de muerte a las feministas. Hace unos días me quedé impactada por la noticia sobre el intento de feminicidio de Fernanda Cuadra y Polly Olivares. Y antes de eso, tan sólo del 2020, recuerdo con pesar más nombres: Isabel Cabanillas, Ingrid Escamilla, Fátima Cecilia, Jessica González…
“Pude ser yo”, es el pensamiento que cruza por nuestras cabezas cuando nos enteramos de un feminicidio. Pero realmente algo muere en nosotras cuando una congénere es asesinada: muere nuestra autonomía, nuestra seguridad, muere la posibilidad de habitar el mundo llenas de confianza. Creo que, mientras redacto estas líneas, me siento triste. Además, a la luz de los acontecimientos recientes, “Leer a Platón” me parece pobre. Lamento las flaquezas de mi pensamiento y de mi escritura. Como siempre, quisiera hacer más. Esto es lo que puedo dar por el momento. No me queda más que pedir paciencia y vida para aportar mi microscópico granito de arena.
Es verdad que estoy triste. Sin embargo, hago el esfuerzo cotidiano por no perder el ímpetu: en comunidad quiero seguir cultivando la digna rabia. Porque confío en que ya hemos llegado muy lejos y por eso no permitiremos que el mundo se hunda en una fatalidad sin retorno.

Nitz Lerasmo
Nació en la Ciudad de México en 1994. Estudió la licenciatura en filosofía en la UNAM. Forma parte de las antologías de cuento Exploraciones quiméricas Vol. I (Lectio, 2019) y Tercera Antología de Escritoras Mexicanas (El nido del fénix, 2020). Autora de las plaquettes Instantáneas (Ediciones Awen, 2021) y Miniaturas para una casita de muñecas (La Tinta del Silencio, 2021).
