por Nitz Lerasmo
“Un cuerpo cargado de alimentos embrutece el espíritu y convierte en terrenal el aire divino que nos anima”. Aquella frase, enmarcada en un marco de metal, colgaba justo en el centro de la pared blanca. El nutricionista advirtió que yo la observaba con interés. “Es de Horacio”, me explicó y en seguida continuó garabateando sobre mi expediente. “Lucía, no has perdido peso desde la última vez que nos vimos”, me dijo mientras adoptaba un severo tono de voz. El nutricionista ojeó la báscula de la que yo acababa de descender. “Sigues pesando noventa y cinco kilos”. Cuando él pronunció con énfasis “noventa y cinco kilos” me avergoncé. No comprendía cómo mi cuerpo tenía la destreza de conservar todo ese peso en poco más de ciento sesenta centímetros de altura. Sentí cómo se acaloraron mis mejillas y evité mirar al nutricionista a los ojos. “No has seguido mis indicaciones, ¿cierto Lucía? Estoy seguro de que no renunciaste a zamparte tus pasteles y me ignoraste cuando te ordené hacer ejercicio.” Una vez más miré la frase de Horacio y mi espíritu embrutecido apenas encontró un hilo de voz para responder: “Es que me torcí el tobillo saltando la cuerda y ya no pude hacer ejercicio…”. Él me miró incrédulo. “Pero ya has de estar mejor, ¿no? Puedes volver a ejercitarte. Lucía, comprende que estás a un paso de ser diabética. ¿Sabes lo que eso significa? Mi santa madre, que en paz descanse, fue diabética. Se le caía la piel a pedazos, era horrible. Luego se quedó ciega y una semana antes de morir le amputaron una pierna. ¿Quieres eso para ti, Lucía?”. Me imaginé hincada en el suelo, sin una pierna, recogiendo los pedazos de mi piel muerta. Entonces me sentí hermanada con las serpientes que se aferran a su pasado, a la vieja armadura escamada que ya no las protege de la intemperie. “Para el mes siguiente tienes que haber perdido por lo menos cuatro kilos, Lucía. Si no lo logras, entonces te asignaré con una colega especializada en casos desesperados como el tuyo.”
Salí del consultorio cargando con todo el peso del mundo. Macarena me aguardaba en la sala de espera, sentada en un mullido sillón. Ella hojeaba sin interés una revista de modas. Antes de ir a su encuentro, la observé brevemente. Sus delgados brazos sostenían la revista. Ella estaba reclinada con desenfado, sin importarle que un hombre en la misma sala de espera la observara mientras se acariciaba la bragueta con la mano. La ombliguera rosa de Macarena dejaba ver su vientre plano y firme. Se veía hermosa con sus cincuenta y cinco kilos y ciento setenta y dos centímetros de altura. Interpuse mi voluminoso cuerpo entre Macarena y el hombre para que él ya no pudiera prodigar su lujuria con mi amiga. “¿Cómo te fue?”, me preguntó. “Mal”, respondí y giré la cabeza para ver al hombre. Este me devolvió una mirada de enfado, como de perro que está a punto de gruñir. “No importa, linda. No hay nada que un buen helado no pueda solucionar”, dijo Macarena y de un salto se levantó del sillón. Recogió su bolso y me tomó de la mano para guiarme hacia la salida del edificio. Cuando pasamos al lado del hombre, fingí distracción y le pisé el pie con saña. Antes de que él me maldijera, le regalé un hipócrita sonrisa mientras mis labios pronunciaban una disculpa.
Ya en la calle, Macarena me guio hacia la heladería. “Sabes que no puedo comer helado, Maca. Dice el doctor que si no cambio mi alimentación voy a ser diabética y se me caerá la piel a pedazos.” Macarena le dio una bofetada al aire, y con ese gesto desestimó el trabajo de todos los nutricionistas del mundo. “Primero; él no es un doctor. Segundo; no conozco a ningún diabético que se le caiga la piel a pedazos…”. “No conoces a ningún diabético, Maca”, la interrumpí. “Bueno, tienes razón. Pero la diabetes no es lepra, por dios. Además, después de comer helado vamos a ir al parque a saltar la cuerda. La traje conmigo”, dijo y me mostró el interior de su bolso. Ahí yacía una sucia cuerda de fibra sintética con los mangos de madera. Yo miré a mi amiga apelando a su misericordia. No la encontré. Llegamos a la heladería y Macarena pidió un doble helado de chocolate para ella y uno sencillo de vainilla para mí. Luego nos encaminamos hacia el parque. Al llegar ahí, nos sentamos en una banca debajo de una jacaranda que se desfloraba con el viento.
Mientras yo relamía tímida y culposamente mi helado, Macarena devoró el suyo en un santiamén. Luego eructó sin vergüenza alguna. “Delicioso”, fue su dictamen. La delgada Macarena había sido bendecida con el metabolismo más eficiente del mundo. Mi amiga comía todo aquello que el nutricionista encarecidamente me desaconsejó. A diario Macarena engullía pizzas, hamburguesas de doble carne, papas fritas, pasteles y, por supuesto, helados. Su cuerpo alquimista transformaba la grasa en aire divino porque Macarena era delgadísima, con un índice de masa corporal rayando en la desnutrición.
Terminé de comerme el helado y me sentí terrenal, oruga que se arrastra por la tierra incapaz de metamorfosearse en mariposa. Macarena, en cambio, estaba sonriente y luminosa. “Bueno, ahora debemos quemar esas calorías que nos acabamos de comer”, dijo mi amiga con condescendencia porque ella podía estar inmóvil todo el día, tragando comida chatarra, y jamás podría engordar. Así que sin duda la observación iba dirigida a mí. Macarena sacó la cuerda de su bolso y se plantó en medio del parque. Con un pie pisó la cuerda y con las manos jaló los mangos de madera para asegurarse de que le llegaran a la altura del pecho. Ese era el largo adecuado para saltar, según mi amiga. Luego comenzó a saltar repetidas veces sin esfuerzo alguno. Eran las cinco de la tarde y los rayos del sol doraban el parque. La hermosa Macarena saltaba y sus nalgas firmes, delineadas por sus ajustados leggins, atraían la mirada de los hombres que paseaban a sus perros. Macarena saltaba casi flotando, como si su cuerpo estuviera hecho de algodón de azúcar. La cadencia del salto era perfecta, envidiable.
Mi amiga se aburrió de saltar con normalidad así que comenzó a hacer trucos: saltó con la cuerda cruzada, hizo saltos dobles, luego saltó abriendo y cerrando las piernas como si fueran tijeras y, finalmente, saltó la cuerda hacia atrás. Cuando Macarena terminó de exhibirse, ya se había ganado toda la admiración de los paseantes. “Toma, es tu turno”, ella me entregó la cuerda y en su frente no relucía ninguna gota de sudor. De forma involuntaria me acaricié mi tobillo. “Ya estás bien, podrás lograrlo”, dijo ella. Entonces tragué saliva y me levanté de la banca.
Cuando algunos paseantes advirtieron que era mi turno de saltar la cuerda, sonrieron de forma burlona. Tímida e insegura, tomé los mangos de madera. Intenté dar mi primer salto y fallé. Escuché risas a mis espaldas. “Tú puedes, linda, sólo concéntrate”, dijo con un tono maternal la mujer divina. Contra todo pronóstico, comencé a saltar sin fallar y entonces advertí que el tobillo no me dolía. Envalentonada por ese modesto éxito, continué saltando. Tal como me aconsejó Macarena, me concentré en hacer girar mis muñecas y en saltar al segundo siguiente de que la cuerda golpeara contra el suelo.
“¡Excelente, linda!”, me gritó Macarena como si fuera mi porrista personal. Por un breve instante me sentí ligera y llena de una suave cadencia que me permitía saltar acompasando el latido de mi corazón. “¡Ahora cruza la cuerda como te enseñé!”, me alentó Macarena. Segura de mí misma, sin dejar de saltar, crucé los brazos sobre mi pecho para crear un arco con la cuerda y pasar dentro de él. Pero yo soy un ser terrenal y no sé volar por los cielos. Al caer de puntillas, mi tobillo izquierdo se torció. La cuerda se enredó entre mis pies y caí al suelo. Tirada en el piso, bocarriba, observé las nubes que flotaban etéreas en un cielo inusualmente cobalto.
Comencé a sentir un dolor agudo en el tobillo. Entonces pensé que, lesionada una vez más, ya no podría ejercitarme ni perder los kilos que le prometí al nutricionista. Quizá me era imposible adelgazar porque tenía una enorme necesidad de cargar con tanto dentro de mí por temor a perder, como si mi única posesión en la vida fueran estos kilos de más, a los que no estoy dispuesta a renunciar. Quizá mi destino era permanecer como un ser terrenal, por completo desinflada de aire divino. A lo lejos escuché la preocupada voz de Macarena y también escuché algunas risas. Pero nada de eso me importó. Observando las nubes deslizarse sin resistencia por el cielo, rechacé cualquier pretensión divina y me abandoné al dolor de mi tobillo torcido.

Nitz Lerasmo
Nitz Lerasmo (Ciudad de México, 1994) estudió la licenciatura en filosofía en la UNAM. Forma parte de las antologías Exploraciones quiméricas Vol. I (Grupo Editorial Lectio, 2019) y Tercera Antología de Escritoras Mexicanas (El nido del fénix, 2020). Autora de la plaquette Instantáneas (Ediciones Awen, 2021).
