por Ericka Ovando
Existen tantas cosas increíbles sepultadas en los horrores, la convulsión del día a día, la temporalidad, el odio y en la actualidad la crudeza de la pandemia; que hablar o tomar tiempo para ellas, a algunos puede resultarles un quehacer sin importancia. Titubee al escribir este texto porque existían demasiadas cosas que también vale la pena explorar y decir, desde la ciencia hasta la literatura, pasando por las series numéricas, los problemas sociales y los análisis literarios.
Selma Meerbaum-Eisinger escribió en 1939 “El aire está quieto, cargado de anhelo”. Ese anhelo que irrumpió en forma de palabra en los campos de concentración, en el paso del tiempo, en la muerte de una joven poeta a los 18 años frente a uno de los episodios más crueles de la historia. Emily Dickinson, quien probablemente entienda mejor que nosotros lo que es no salir de casa confesó “Para fugarnos de la tierra un libro es el mejor bajel”, esa vía de escape siempre segura para todas y todos. Ambas poetas, se presentan solas por la calidad de su trabajo literario; al igual que Amparo Dávila, Virginia Woolf, Juana Meléndez, Chantal Maillard, Anne Carson, y muchas otras escritoras ponen de manifiesto: la poesía para explorar nuevas temáticas, presentar esa realidad escondida en un mundo donde el papel de la mujer se ha constituido secundario, a pesar de ser fundamental por sí mismo, tal como las aportaciones literarias, y científicas dejan de manifiesto.
Me resulta contrastante que la lectura, la cual nos obsequia la oportunidad de escapar a través del papel como ya se ha mencionado; no sea valorada en México. Sí, México donde el promedio de lectura es de apenas 3.4 libros al año; donde en plena pandemia, el promedio de desapariciones reportadas por día es de 13 personas y nos encontramos con 10 feminicidios diarios, México donde ninguna causa social es lo suficientemente valiosa para unificarnos.
Aunque la taza de lectura, los índices de desapariciones y feminicidios son eventos que no guardan una relación directa, son un referente; contrasta el silencio con el ruido, la memoria y el olvido. La sociedad permanece anestesiada, no indiferente, pero sí estática, en silencio como quien ha perdido poco a poco sensibilidad en su piel y ya no siente la quemadura expuesta.
Selma Meerbaum-Eisinger y Emily Dickinson se opusieron al silencio que se esperaba de su propia existencia, construyeron en su obra la escritura que representa la rebelión a un mundo que silencia a las mujeres; y de esta forma a través de la poesía dejaron evidencia de ellas mismas. Con la misma fuerza que hoy más que nunca las mujeres se escuchan, hemos decidido gritar por nosotras.
Es así como la poesía nos salva, es decir el arte nos salva, nos obliga a recuperar esa sensibilidad perdida, exige construir la memoria colectiva y cuestionar la memoria personal. Y a pesar de que es evidente que existen temas que se tratan como prioridad y tal como dijo Juan Gelman “el mundo esta con el asunto de la crisis mundial y con el asunto de comer cada día” entendemos que cuando lo más elemental nos lo permite nos acordamos de prestar atención de vez en cuando a esos quehaceres sin importancia para recuperar un poco la sensibilidad en nuestro cuerpo y poder escuchar al de al lado , y poder sentir esa quemadura expuesta que compartimos, y aunque duela, entonces poder buscar algún medio para sanarla. Contrarrestar esa anestesia que solo nos permite seguir adelante sin percibir la realidad que nos rodea.

Ericka Deyanira Ovando
Ericka D. Ovando Becerril (Ciudad de México, 1996) actualmente tiene 24 años, es ingeniera biomédica y lic. en Lengua y literatura. En 2015 resultó ganadora en el concurso Master Peace México en la categoría de cuento; asimismo, ha formado parte de diversos talleres de creación y crítica poética, además de cursar dos diplomados en Creación literaria por el Instituto Nacional de Bellas Artes y la Coordinación Nacional de Literatura.
