Por: Fernanda Loe
Siempre es bueno recordar nuestros inicios, sobre todo los inicios de lo que más disfrutamos. La verdad no recuerdo bien a quien escuché esta anécdota, pero definitivamente conservo la historia porque me pareció rara en su momento. Resulta que la persona contaba que, de niño, sus papás lo llevaron a una librería y le dijeron que podía escoger dos libros, los que quisiera, y ellos se los comprarían con el fin de incentivarlo a leer. El niño en cuestión escogió la Ilíada y la Odisea. Ya eso de entrada me sorprendió mucho, porque no eran las versiones infantiles o los resúmenes, pero lo que me parecía más curioso era que sus papás lo llevaran a escoger libros y lo dejaran comprar lo que quisiera.
Algo similar me ocurría cuando escuchaba las historias de mis compañeros de carrera sobre cómo habían incursionado en el mundo de los libros. Uno había empezado leyendo todos los libros de Verne, otro se había dedicado a seleccionar de la biblioteca familiar aquellos que eran de terror, encontrándose de frente con los cuentos de Poe. Otro más creció siendo fan de Sherlock Holmes y por lo tanto coleccionando todos sus libros. No faltaba el que tuvo un espíritu sensible desde la infancia, prefiriendo leer poemarios de Paz, Borges o Neruda para tener qué dedicarle a la que le gustaba en la primaria. Yo en esas clases mejor ni opinaba.
Mi casa no tenía biblioteca, ni refiriéndome al espacio físico ni a la colección de libros. Sin embargo, tenía a disposición un montoncito de libros que generalmente se guardaban debajo de la televisión y que habían llegado ahí por azares del destino. Entre ellos se encontraba Francesco: una vida entre el cielo y la tierra que recuerdo muy bien porque yo creía que era de magia o de amor ya que en la portada salía la cara de un hombre que parecía modelo italiano. Spoiler alert: no es de magina ni de amor, bueno no de amor romántico.
También tenía a disposición los libros de mi mamá, que la verdad formaban una colección de buen tamaño, pero de los que no me dejaba leer más que algunos porque no eran adecuados para mi edad. Por eso crecí creyendo que Paulo Coelho escribía novelas o eróticas o de terror y muerte. Verónica decide morir, La bruja de Portobello, El demonio y la señorita Prym, La quinta montaña, etc. siempre me sonaban a algo de adultos, excepto el de A orillas del rio piedra, me senté y lloré que pensaba que eran poemas. Fue hasta la secundaria que me di cuenta de que Coelho no era escritor de terror ni de erotismo. Y en la universidad me hicieron entender que Paulo sin duda, no era el más citado entre intelectuales, ni para anécdotas. Me lo decían tarde, yo ya había leído casi todo lo que publicó antes del 2010.
Sin embargo, mi mamá sí quería tener una hija lectora, e hizo todo lo que creyó prudente para llevarme por el camino de los libros. Me leía muchos cuentos y recuerdo que cuando íbamos en vísperas de Navidad a comprar las cosas de la cena junto con mis abuelitos y mi hermana, me compraba un libro que considerara bonito y adecuado de entre la oferta que ofrecía la sección de libros de la Comercial Mexicana. Casi siempre eran libros de cuentos con ilustraciones bonitas. También una vez en mi cumpleaños me regaló un libro de fantasía que se veía hasta imponente por la portada de pasta dura. Lo malo es que era el libro número 3 de una colección de 10. De todos modos, lo leí.
Entre esos libros que me compraba, un día llegó a mis manos El principito. No sabía de que se trataba y después de que lo leí, seguía sin entender para qué contaban esa historia. Se me hizo lindo lo de cuidar a la rosa, agarrar al zorro de mascota y los dibujitos de la boa, pero fuera de eso no entendí mucho. Sin embargo, fingí que estaba padrísimo con tal de que me siguieran comprando libros. Y así seguí, creciendo y leyendo lo que fuera al mismo tiempo que veía películas de gente que crece y lee, como Matilda, que sigue siendo de mis películas favoritas. Siempre soñé con tener un carrito y llenarlo de libros mientras lo arrastraba por mi colonia.
Después inicié con diferentes proyectos de lectura, también incentivada por otras películas. Por Matilda en la primaria decidí ser la encargada de la biblioteca. Me dieron el puesto sin muchas dificultades porque nadie lo quería ya que implicaba no salir al recreo dos días de la semana. Eso fue un éxito. Leí muchos libros durante esos dos años, aunque la mayoría de tipo enciclopédico (de esos que explican todo acerca de las gallinas o desglosan los tipos de dinosaurios), no tanto Moby Dick. Todo esto sin dejar de lado lo que nos dejaban en la escuela, como el tan entrañable Paco, el chato.
Luego, ya en mi adolescencia, se me ocurrió hacer lo que hace la protagonista, Mandy Moore, de Un amor para recordar. Tiene una lista de clásicos de cada país y los va leyendo en orden hasta terminar cada lista. Muy pronto se volvió insostenible para mí. Yo no sabía si las listas eran inventadas o las tenía que hacer yo a mis consideraciones y además muchos de esos libros estaban muy caros para una niña con el dinero equivalente a una bolsa de chetos y un frutsi a la semana, por ser clásicos además de traducciones.
Fue en esos momentos cuando llegó a mi vida una maravilla que hasta hoy me hace querer levantarme por las mañanas. Esa maravilla se llama Girlmore Girls. Es una serie que cuenta la vida de una chica llamada Lorelai y su hija que, también se llama Lorelai (aunque le dicen Rory para no confundirse), en un pueblo pintoresco y bonito llamado Stars Hollow. De ahí supe que quería ser como Rory, leer mucho y, sobre todo, tener muchos libros. Además, quería ir a Harvard y que mi mamá fuera mi amiga, pero eso es para otra plática.
Un poco después, durante la secundaria, el día más esperado por mí era el de la feria de Sant Jordi donde llevaban a la escuela puestos de diferentes librerías. Juntaba dinero todo el año para ese día traerme varios libros. Pagarlos también me hizo valorarlos como objetos. Fue justamente un día de esos cuando compre Persona normal de Benito Taibo, que llegó a mis manos en el momento adecuado para pegarme con Kola Loka al mundo de la lectura durante los difíciles años de la pubertad.
Los inicios, sean como sean, son importantes para empujarnos a la lectura. Mucho de todo lo que he mencionado sigue en mis gustos y en mi personalidad. Por eso nunca negaré a Paulo Coelho, al Principito, a Matilda, a Benito Taibo ni mucho menos a Rory Girlmore junto con otras cosas que la Fernanda niña veía como ejemplo a seguir mientras deseaba con muchas ganas tener una biblioteca enorme y leer todos lo días de su vida. Esa niña sigo siendo yo, aunque con un poquito más de dinero para comprar libros.


Fernanda Loé Gómez
Recién egresada de la carrera de Lengua y Literatura Hispánicas de la UNAM. Formó parte del comité organizador del quinto ENELLHI, donde, entre otras cosas, colaboró en el diseño y edición de la Antología Conmemorativa, además de ser fotógrafa de ediciones anteriores del evento. También participó como colaboradora del blog Aproximación a la literatura en lenguas indígenas mexicanas. Experta en datos curiosos de poca o nula utilidad. Es fanática del cine, de las series, de la música y, en general, de la cultura pop. Fotógrafa amateur y, sobre todo, amante de los libros
