Isla errante: Nostalgia de bibliotecas

 Falsa reseña de “La biblioteca universal” de Kurd Lasswitz

Por Nitz Lerasmo

I

Es bien conocido que Borges se inspiró en el relato “La biblioteca universal” de Kurd Lasswitz para escribir “La biblioteca de Babel”. El primero fue publicado por primera vez en 1904; el segundo en 1941. Leídos ambos relatos, a la lectora no le quedarán dudas de las semejanzas. Lasswitz fue un científico, filósofo y escritor alemán nacido a mediados del siglo XIX. Quizá si no fuera por Borges, este autor sería por completo desconocido en Hispanoamérica. Sin embargo, en su patria se le considera el padre de la ciencia ficción alemana.

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En “La biblioteca universal” (José J. de Olañeta Editor, 2013), Kurd Lasswitz conjetura que es posible calcular con exactitud el número de volúmenes que contendría la biblioteca universal. Si mediante un procedimiento matemático realizamos todas las combinaciones posibles del total de caracteres, obtendremos “el conjunto de las obras jamás escritas en literatura así como todas las que puedan serlo en el futuro.” Esa sería la biblioteca universal de Kurd Lasswitz. En ella estarían no sólo las obras completas de todos los filósofos que han existido sino también “todas las interpretaciones en las que nadie ha pensado todavía.” Así que si pudiéramos pasear por esa afortunada biblioteca nos encontraríamos con el conjunto de todas obras habidas y por haber: en ella se conservarían “todos los discursos parlamentarios, tanto los que se han olvidado como lo que aún no se han pronunciado, el tratado universal de Paz mundial y la historia de las guerras del futuro que resulten de él.”

En la biblioteca universal de Lasswitz, como también en la de Borges, tendríamos que seleccionar libros con cautela porque ahí no sólo está todo lo que es verdadero, sino también todo lo que es falso. Incluso podríamos hallar un libro en el que “detrás de cada una de sus frases está escrito que éstas son falsas, y otro volumen en el que, detrás de estas mismas frases, se jura que todas son verdaderas.” Por eso, en esta hipotética biblioteca “los peores absurdos posibles se codearían con toda la literatura sensata posible.” 

Imaginar algo así nos produce una sensación de vértigo y de horror, como si enfrentáramos dos espejos para replicar su imagen insinuante de infinito. No obstante, la biblioteca de Lasswitz, a pesar de ser universal, no es infinita. El número de volúmenes, aunque finito, es gigantesco e impensable. Lasswitz asegura que “somos tan poco capaces de imaginar el número de años que se necesitaría para recorrer todos los volúmenes de nuestra biblioteca como de aprehender concretamente el número de volúmenes que contiene.” De tal modo que si un bibliotecario recorriera la hilera de volúmenes a la velocidad de la luz, “necesitaría dos años largos para cruzar el umbral del primer trillón de volúmenes.”

Lasswitz termina el relato con una aseveración muy al estilo decimonónico: las leyes de la matemática y de la lógica nos dan fe en la verdad. No obstante, “sólo podemos utilizarlas cuando llenamos su forma de contenidos hechos de conocimientos vivos, es decir, cuando hemos encontrado el volumen que necesitamos en la biblioteca.” Sin embargo, Lasswitz nos advierte que “no es en la biblioteca universal donde hay que buscar este volumen; debemos fabricarlo nosotros mismo, mediante un trabajo serio, obstinado y discreto.” 

II

En estos tiempos pandémicos, donde las bibliotecas permanecen cerradas porque no son actividades esenciales, la de Lasswitz me parece envidiable. En este último año, repetidas veces deseé estar en una. En toda mi vida nunca antes había pasado tanto tiempo sin ir a una biblioteca. La que más extraño es la Biblioteca Central de la UNAM. Ahí me demoré con placer en las páginas de Walter Benjamin, Emiliano González, Mircea Eliade, Giovanni Papini y demás autores. Ahí intenté aprender de manera autodidacta la gramática del sánscrito y fracasé. Ahí encontré un libro de Valeria Luiselli en cuya encuadernación estaba cosido un cabello humano, quizá perteneciente al propio encuadernador. Ahí una mañana un pajarito de pecho rojo entró por una de las ventanas y empezó a cantarles a los somnolientos estudiantes. Luego se fue volando por donde entró y se perdió a la distancia en un cielo inusualmente cobalto. 

Estos recuerdos sólo enfatizan mi nostalgia de bibliotecas. Por el momento, es imposible visitar una porque las bibliotecas públicas son lugares cerrados, casi sin ventilación. Evidentemente esto tiene el propósito de conservar los libros para que no les crezcan hongos o no los devoren ciertas plagas. Pero ahora, cuando la amenaza del SARS-CoV-2 está en todas partes, los lugares públicos sin ventilación son territorios de sospecha de contagio. 

A pesar de esto, creo que habría que pensar en las bibliotecas como un refugio. Incluso su arquitectura invita al silencio y a la quietud que se precisan para el estudio y la lectura atenta. Desafortunadamente, por ahora ni siquiera me queda el consuelo de que cuando se vuelva insoportable permanecer en casa, tenga la posibilidad de escaparme a la biblioteca, como solía hacer antes. 

También las bibliotecas podrían ser un refugio donde nos convertimos en lectoras sin pasar por el filtro del consumo. Comprar libros muchas veces resulta un lujo. Y hay que agregar el hecho de que hay libros que sólo se necesitan para hojearlos, para leer algunos capítulos, para obtener cierta información que no se encuentra (aún) en la web. Por eso aventuro una conjetura: las bibliotecas públicas son islas de resistencia al consumo individual de libros.

El verano pasado la gente se indignó porque una famosa librería quebró debido a la crisis económica ocasionada por la pandemia. A mí me cuesta mucho esfuerzo defender las librerías porque eso implicaría defender el libro como objeto mercantil. Lo que no me cuesta esfuerzo es defender las bibliotecas públicas. Este país, que tiene más librerías que bibliotecas públicas, se enajena defendiendo la compra y venta de algo que nunca debió convertirse en objeto mercantil. La gente pide que no quiebren las librerías cuando sería más sensato crear más bibliotecas públicas desbordadas de libros. 

Creo que Bradbury tenía razón. Vamos a tener que memorizar el contenido de los libros. Pero no porque en el porvenir una sociedad distópica los prohíba. Bajo el capitalismo no se prohíbe el consumo de objetos mercantiles y los libros son de hecho un objeto mercantil. Así que no se prohibirán los libros. Pero quizá en el porvenir, bajo la tiranía de los derechos de autor, no haya más bibliotecas. Tal vez se vuelva un crimen compartir libros. No parece improbable que en el futuro paguemos elevadas cuotas para acceder al conocimiento. Es decir que sólo pagando podremos leer. Eso dejaría sin libros a la gran mayoría de la población, ya de por sí precarizada. Digo que no es improbable que suceda porque de hecho pasa en el presente. Tan solo por poner un ejemplo: el último libro de Fernanda Melchor, Páradais, publicado este año por Penguin Random House, contiene la leyenda: “Queda prohibido bajo las sanciones establecidas por las leyes escanear, reproducir total o parcialmente esta obra por cualquier medio o procedimiento así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público sin previa autorización.” Es decir que si una biblioteca comunitaria prestara ejemplares de Páradais sin la autorización de Penguin Random House, entonces podría ser sancionada. Lo cual, si llegara a suceder, sería un hecho infame.

Lo que llama la atención es que monopolios editoriales como Penguin Random House defiendan a capa y espada los derechos de autor. Esto contrasta notablemente con las pequeñas editoriales independientes que cada vez editan más libros bajo la licencia Creative Commons o incluso con copyleft, la antítesis del copyright.

Quiero creer que el miedo a que desaparezcan las bibliotecas públicas es un miedo infundado. Sin embargo, al leer opiniones como la de Tim Worstall, pienso que quizá no esté tan equivocada. En 2014, Tim Worstall, un colaborador de Forbes, escribió: “Cerremos las bibliotecas de préstamos y compremos a todos los ciudadanos una suscripción ilimitada de Amazon Kindle.” De este modo habría un ahorro significativo al presupuesto público, de acuerdo con los cálculos de Worstall, ya que comprar suscripciones de Amazon Kindle para todos los ciudadanos del Reino Unido implicaría menos gastos que seguir manteniendo las bibliotecas públicas. Opiniones así me hacen sospechar que personas como Worstall no son asistentes asiduas de bibliotecas pero sí fieles usuarias de sus smartphones.Ante tal panorama, donde las bibliotecas pasen a ser lugares legendarios y quiméricos, nos quedará una única alternativa: alentar la rebeldía, la insumisión. Por eso surgen proyectos como Pirateca. Pero si también nos prohibieran o nos limitaran el acceso a la Pirateca y plataformas similares, entonces nos orillarán a un último recurso: memorizar los libros como rezos personales para luego poder recitarlos a nuestras amigas en lugares clandestinos donde la ley no sirva más que para desobedecerla.


Nitz Lerasmo (Ciudad de México, 1994) estudió la licenciatura en filosofía en la UNAM. Forma parte de las antologías Exploraciones quiméricas Vol. I (Grupo Editorial Lectio, 2019) y Tercera Antología de Escritoras Mexicanas (El nido del fénix, 2020). Autora de la plaquette Instantáneas (Ediciones Awen, 2021).



Publicado por La Coyol Revista

Revista hecha por y para mujeres escritoras y artistas

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