por Majo Soto
Sucedió hace casi un mes, recuerdo haber despertado relativamente temprano a pesar de no tener que ir a clases. Bajé las escaleras para dirigirme a la cocina en busca de un desayuno, pero en cuanto estuve en el piso de abajo, percibí su presencia.
Caminé lentamente hacia la sala y comprobé que era ella, estaba en el sillón más largo, acostada cual reina en su trono: las piernas cruzadas, flacas y llenas de tatuajes, los huesos de la cadera saltaban por debajo de la tela de su vestido, las clavículas marcadas, los brazos a punto de romperse y llenos de vello de bebé, el rostro pálido, los labios secos, los ojos grandes. Portaba una corona de falsa diosa y fumaba un cigarrillo.
-Hola, cariño, veo que has engordado- me sonrió. Un escalofrío recorrió mi espalda, hacía casi tres años que Ana no me venía a visitar, de vez en cuando escuchaba su voz susurrar dentro de mi cabeza, pero tenerla en mi casa era distinto.
-¿Viniste sola?- le pregunté
-No, Mia está revisando tu refrigerador.
Mia era todo lo contrario a Ana: gorda, ansiosa, insegura, con capas y capas de ropa y cuando no estaba en medio de un atracón, estaba encerrada en el baño purgándose; tenía una obsesión con mirarse en el espejo y decirse lo gorda y fea que estaba, se comía las uñas y siempre estaba llorando.
Las invité a sentarse en la mesa, le serví un vaso de agua a Ana y dejé que Mia tomara toda la comida que quisiera, yo me conformé con un plato de cereal con leche.
-Estás bonita- me dijo Mia, casi sonriendo.
-Esta gorda- la corrigió Ana-, ¿no miraste sus muslos cuando estaba de pie? Incluso tiene busto y trasero, ¿ya se te olvidó que no necesitas nada de eso para ser bailarina?- tomé la cuchara y comencé a remojar el cereal en la leche.
-Si fuera bailarina profesional te daría la razón- le respondí.
-Si me hubieras hecho caso, estarías bailando en Berlín- replicó.
-Pero, ella se rompió la rodilla por nuestra culpa, por eso no puede bailar- la interrumpió Mia.
Ellas dos son hermanas, pero nunca se han llevado bien, o al menos cuando estuvieron conmigo, solo discutían, Mia siempre quería dejarme, pero cuando empacaba sus cosas, Ana llegaba y la obligaba a quedarse.
-¿Nuestra culpa?- Ana movió la silla para atrás y se puso de pie tan rápido, que tuvo que sujetarse con fuerza a la mesa para que el mareo no la tirara- Nosotras le ofrecimos ayuda, ¿o no fue así, Dani?- me miró sonriendo con ternura-, mi pobre Dani, abandonada por sus padres y ahora por un chico.
Dejé de jugar con la cuchara y el cereal, Ana caminó hacia mí, se colocó detrás del respaldo de la silla y puso sus huesudos dedos sobre mis hombros a la par que suspiraba.
-Pobre de mi niña, creíste que ese chico te amaba, ¿no? Creíste que te quería a pesar de que estás loca- de su boca salió una carcajada, Mia rió con ella.
-No estoy loca- repliqué. Ana caminó hacia la cabecera de la mesa y yo me puse de pie- no estoy loca- repetí.
-Oh, claro, ¿por qué fue que la dejó, Mia? ¿Me lo puedes repetir?
-Porque Dani no quiso tener sexo- respondió-, él dijo que si en verdad lo quisiera, cogerían.
-Y tu excusa- dijo Ana mirándome- fue que tu papi abusó de ti, ¿no? ¡Oh, pobre Dani! Abusada por tantos años que ya ni siquiera recuerda cuántos exactamente. Cuatro psicólogas, un psiquiatra, un lindo año conmigo y parece que nada ha funcionado, sigues sin poder ser tocada porque la ansiedad te come.
-¿Para qué volvieron?- pregunté, intentando no llorar.
-Queríamos ver si aceptabas una linda pijamada con nosotras, sabemos que la oscuridad te sigue dando miedo, sería mucho más fácil dormir acompañada, ¿no crees?
Ya habían pasado tres años, pero los recuerdos de la resequedad en los labios, los mareos, los dolores de cabeza, el mal humor y el dolor de estómago, seguían frescos. Llegué a pesar cuarenta kilos y mi mamá creyó que estaba embarazada cuando la regla dejó de venirme, “si lo estuvo, tenga la garantía de que el bebé se abortó solo”, dijo el doctor y procedió a explicarle a mi mamá qué son los desórdenes alimenticios.
-Tienen razón, chicas, estoy loca- les dije-. Soy una mujer desequilibrada y completamente traumatizada, pero, también soy valiente y si yo quisiera morir, me daría un disparo en la cabeza, no me mataría de a poquito con ustedes.
Ana me miró molesta y Mía comenzó a llorar. Subí las escaleras mientras escuchaba que se gritaban entre ellas, corrí a encerrarme en mi habitación y me recosté en la cama. En algún momento pararon de gritar y se fueron. Si tuviera una máquina del tiempo, volvería a cuando tenía quince años para no dejarlas entrar nunca.
Majo Soto vive en Querétaro, México; es estudiante de Comunicación y Periodismo, bailarina principiante, feminista, ávida lectora, sobreviviente de abuso y escritora de cuentos, ensayos, reseñas, artículos y (borradores de) novelas. Corrige textos, rescata perritos y escribe para sobrevivir.
Algunos de sus escritos están publicados en EspeculativasMX y firma en twitter como @TristezaFeliz29.
