por Yesenia Rodríguez
En marzo me guarecí en las costas de Oaxaca buscando un remanso, fue más un escape del deber ser, de la náusea sartreana, de un amor que seguía siendo romántico, pero y sobre todo para salvar lo que quedaba de mí.
Partí en la convulsión de ser fiel a mis principios, renunciando a lo que para muchos sería el trabajo prometido. Planteé poner tierra de por medio entre mi deseo y otro amor no correspondido que me había llevado al desconocimiento de mí, a invisibilizar al otro como medida para no perder lo poco que me había quedado de dignidad y amor propio. Fui en busca de una ilusión más, con la esperanza de que aquel castillo en el aire se esfumara con la brisa del mar.
Los días de 31 grados transcurrieron lentos, insoportables en ciertos momentos donde no pude evitar más mirar dentro de mí; sabiendo que el abismo ya me habitaba y algo debía hacer. Flui a los mares en busca de respuestas (quizás de más preguntas), entre las olas dejé mi cuerpo a merced de la impredecible voluntad de las mareas que dan y quitan; le entregué mi respeto a ese vaivén llamado vida. Me sumí en un mutismo, me dolía la garganta de tanto pregonar la desigualdad y la falta de reciprocidad; me sentía cansada de mi voz que les pedía a los otros y no se pedía a sí misma. Navegué en un mutismo para descansar, de ti, de los otros; de mí.
Bajo aquellas palapas el rumor se confirmó, dejó de ser sólo sátira para volverse una realidad global; nos encontrábamos de cara a otra pandemia que prometía ser histórica. Los aeropuertos y fronteras comenzaron a cerrarse, toques de queda a implementarse y el cubrebocas a ser el símbolo del cuidado mutuo; el amor hacia los seres queridos. La incertidumbre, el miedo y la precaución se manifestaron y muchos viajeros a sus patrias volvieron y otros tantos no irse decidieron.
Mi tiempo de volver a mi hogar llegó junto a la política pública del #quedateencasa de la Ciudad de México. Volví más pobre, más endeudada y con las mismas heridas abiertas sin indicio de haber hecho costra. A mi regreso todo era distinto, tan vacío, tan callado, parecía que la Ciudad había recurrido al mutismo; o al menos quienes podían resguardarse y mantenerse a salvo. Yo hice lo propio y #mequedéencasa porque no quería ser portadora de ningún virus que pudiera comprometer más la salud de mi madre. Un par de días después de mi regreso, estuve en cama con una serie de síntomas que me hicieron considerarme portadora del SARS-coV-2; pero resultó ser colitis y alergia a la ciudad ¡Vaya broma!
En el cenit del confinamiento, el autosabotaje no se hizo esperar y con él llegó su amiga la culpa. Me sentía estúpida por haber dejado la estabilidad de la llamada vida adulta, pero me sentí el doble de estúpida cuando en soliloquio y casi en una especie de cántico no dejaba de repetir en mi mente: síndrome de Estocolmo le llaman. Fue difícil reafirmar que nadar contra corriente cansa y te posiciona en lugares de mucha soledad e incluso de mayor exclusión y desigualdad.
El tiempo del confinamiento se agudizó, las cifras de muertes fueron aumentando, los chistes se siguieron generando y la polarización sobre la posible farsa se acentuó en niveles surealistas; ¿qué diría Bretón si vivenciara este México pandémico, desigual, irracional y convulso?
Las estadísticas de los decesos se apersonaron, empezaron a ser rumores de conocidos que tienen conocidos que supieron de alguien que murió por Covid-19, o de alguien a quien le pagaron por firmar la aseveración de que su familiar había muerto por el virus proveniente de la ingesta de murciélagos en aquella lejana provincia de China. Ya saben, la polaca nacional, el chisme y lo conspiranoico. Conforme fueron pasando los días, las semanas y los meses el susurro se volvió voz y los casos confirmados ya estaban en los familiares de nuestras amistades, en los vecinos, incluso en nuestras familias; y como Ciudad semana tras semana se seguían proyectando fechas para el pico más alto de contagios, un simulacro que seguía llenado los hospitales.
Ya es julio y los empresarios gritan que debemos correr el riesgo y volver a nuestras vidas, que el trabajo no se hará solo, sin importar si el cubrebocas que llevemos sea el mismo desde que inició la pandemia.
Ya es julio y muchos seguimos desempleados deseando no ser parte de esas estadísticas, aunque seamos conscientes de la ruleta rusa del contagio.
Ya es julio y le he pedido «asilo político» a mi madre como muchos más que no podemos sostener la llamada vida independiente.
Ya es julio y debo preparar una mudanza cuidando no llevarme a los fantasmas del pasado, guardando entre las cosas importantes mis desaprendizajes, mis reivindicaciones como mujer que ya no quiere «sufrir por amor», mi consciencia de clase y mi profesionalismo.
Ya es julio y escribo estas líneas con la música de fondo de una fiesta clandestina o fiesta de covid como las llamamos mis amigos y yo.
Ya es julio y muchos se han resignado a que tampoco soplarán sus velitas de cumpleaños, incluso se cuestionan si habrá navidad.
Ya es julio y vamos por el cuarto mes de confinamiento pandémico en México, a medio año de que el SARS-coV-2 hiciera más evidentes las desigualdades sociales en todo el globo, hemos perdido la noción de los días y las noches, la ansiedad se ha vuelto amiga de muchos más, medio año ya de que nuestras lagrimales se secaran o quedáramos pasmados por tantas perdidas.
Ya es julio y parece que aún no miramos la luz al final del túnel. Los días siguen transcurriendo y solo me pregunto ¿a dónde vamos como sociedad, como especie y como individuos? ¿qué será de nosotros cuando este impasse termine?
Yesenia Rodríguez Andrade
(Ciudad de México) «Socióloga de profesión y escritora primeriza. Me gusta escribir lo que miro a mi alrededor, las historias que me cuentan, sobre las problemáticas sociales y mis procesos personales. La escritura es una fuente inagotable que devela al ser individual y social desde diversas perspectivas, es un oasis, una balsa y quizás un sinsentido»
