Tetera conoce a Cafetera.

Por Arizbell Morel Díaz.

La tetera de Doña Matilde está celosa, porque hoy han comprado una cafetera reluciente. Ella no puede creerlo, ¿para qué necesita su familia otro enser como ella? Toda la vida se han dedicado a beber té, siempre caliente y en el almuerzo. Personas de tradiciones y hábitos fijos, ni siquiera tenían una lata de café soluble para las visitas. La tetera sabía que detestaban ese líquido oscuro y amargo. Es más, hace poco escuchó decir al marido que el café era peor que una droga, pero más barato y fácil de conseguir. Ellos solamente beben té, ellos sólo la necesitan a ella para satisfacer su antojo de sed. Comprar una cafetera es una locura, más que eso, es una compra completamente inútil.

Desde su anaquel, la tetera echa humaradas llenando la cocina de su confusión, mientras mira a la cafetera en su caja de cartón recién abierta. Todos los trastes tosen, pero en el fondo están satisfechos de ver que la tetera por fin ha sido destronada. Antes de esta mañana, la tetera solía pasearse en la alacena con aires de superioridad, rodeada de sus hijitas luciendo la misma expresión arrogante de la mamá. A la primera oportunidad, la tetera no paraba de repetir su cantaleta: “Cuando se desvela la familia me buscan a mí. Cuando hay visitas, la hora del té no ha podido faltar ¿Quién es la que más importa en la cocina? Yo, con mi barriga y mis niñas.” Acto seguido, las tacitas se mecían al ritmo de la canción de su mamá, mango a la izquierda, mango a la derecha. Después, Doña Tetera pasaba a enlistar las distintas mezclas que han habitado su vientre hueco en todos estos años de servicio: hojitas de menta, romero, canela y hasta cémpasuchitl con bugambilias cuando les da por la excentricidad. Su curvatura siempre ha sido hogar de los deseos de la familia de Doña Matilde y pensar que ya no iba a ser así la aterraba. ¿Qué estarían planeando? ¿La iban a tirar? ¿Qué iba a pasar con las tacitas?

Lo único que la tranquilizaba era ver que junto a su rival, estaba una bolsita llena de jengibre fresco. Debido a que el té favorito de la familia es el jengibre, sabía que por ahora, por esta semana, su destino estaba asegurado. Así que decidió dejar de humearse y pensar en un plan para seguir siendo la reina de la cocina.

Justo en ese momento entró Doña Matilde y destapó a la cafetera con desgano. En sus ojos se veía el cansancio de días y la sequedad que sólo puede dar el estrés desmesurado. Antes de la llegada de la cafetera, la tetera ya había notado otro cambio en la vida de la familia: Apenas y salían a hacer las compras. Por alguna razón que no alcanzaba a comprender, ahora, hasta el marido, entraba a la cocina de vez en vez. Y los niños, que en rara ocasión se preocupaban por llevar un plato, se pasaban horas probando recetas extrañas mientras veían un aparato. Tal vez han enloquecido, dijo la tetera para sí misma, por eso les ha dado por el café.

Delirios o no, la tetera tenía que resolver este problema antes de que fuera demasiado tarde. Pero por más que lo intentaba, no hallaba una solución rápida. Así que hizo lo que sabía que le funcionaba a Doña Matilde en estos casos: consultar a una amiga. Ya habíamos dicho que no tenía muchas amigas la tetera, pero de todos los trastes había una que nunca la dejaba sola por más pleitos que tuvieran: la azucarera. Si bien la tetera presumía de ser la reina, ella reconocía que su amiga no podía faltar a la hora de la sobremesa. Ella la entendería, le daría un buen consejo, estaba más que segura. Después de pensar esto un rato, la tetera comenzó a moverse poco a poco hacia otro anaquel dónde vivía su cómplice. Sus saltitos resonaban en toda la cocina y su tapa por poco cae un par de veces, pero lo logró, llegó a dónde se guardaba el azúcar.

Cuál sorpresa se llevaría la tetera al ver que su única aliada la rechazaba. Al principio, trató de convencerla con el argumento de que ambas se necesitaban, eran un equipo. Pero la azucarera tan sólo frunció el ceño y le dijo a la tetera: El café también lleva azúcar. Se dio media vuelta y dejó a la tetera hablando sola y con algo roto por dentro de su barriga, ahí dónde debía estar su corazón en medio de sus entrañas vacías.

Sola, estaba sola y siempre lo había estado. Por primera vez fue consciente de que hasta sus hijas servían para otra bebida que no fuera el té. Solamente ella, ya no tenía un propósito en esta casa. Desganada regresó a su cajón y se sentó a observar lo inevitable: había sido reemplazada.

En las siguientes semanas, el jengibre fresco se echó a perder y ella se llenó de polvo. Para aumentar su tristeza, la cafetera no se usaba una, sino hasta tres veces al día y sus hijas antes siempre blancas y limpias, ahora lucían amarillentas y desgastadas al borde, como una manzana que se ha dejado al sol por unas horas. Sola ella, seguía blanca por dentro, aunque por fuera, lucía de color gris. 

Lo único que la inquietaba era el estado de sus niñas. Ya sabía que ella no iba a ser desechada, debido a que no importaba lo suficiente como para que la tiraran siquiera a la basura. Pero sus hijas no corrían la misma suerte, ellas llevaban la misma vida ajetreada de su tan detestada rival, si no es que una existencia peor. Con horror, la tetera veía como sus tacitas iban y venían por la casa, por las escaleras, arriba y abajo, siempre en riesgo de caerse de las manos que descuidadas las sujetaban por sus mangos desgastados.  

Como sus temores anteriores, el destino de sus hijas también se cumplió. Una de ellas, la más chiquita, la más consentida que cargaba abejas y flores en su exterior, fue la elegida por la sombra oscura que inició el día en que la tetera echó humo sin tener nada en la barriga. Por suerte, sólo fue un pequeño rasguño, en el borde de la taza. Ver esto por fin sacó a la tetera de su estupor, como la madre que siempre fue, encontró una solución: le llevaría engrudo a su hija para repararse antes de que la familia notará que ya no era la de antes.

Pero existía un problema, sus hijas ahora vivían en el mismo estante que la fastidiosa cafetera. Para poder salvarla, tendría que hablar con su rival boquilla a boquilla, después de meses de odio distanciado. Grisácea y olvidada como estaba, la tetera seguía orgullosa de ser quién era: una pieza de colección al estilo Nueva York. 

Sin embargo, la vida en los cajones oscuros la habían cambiado, aunque solo fuera un poco. Vivir en las penumbras, como los platos de Navidad el resto del año, le había mostrado que no todo en la vida es como la vitrina de vidrio llena de carpetas bordadas con rositas. Y si esa era la vida dentro de la casa, no se imaginaba lo que sería vivir entre la basura para su hija. Así que tomó valor y resoplando hollín comenzó a subir por la alacena hasta llegar con su rival. 

Cuando llegó, encontró que la reluciente cafetera estaba muy desaliñada y llena de rasguños. Ella tampoco se parecía en nada a cuando recién había salido de su caja hace unas semanas. Mientras la tetera curaba a su niña, la cafetera ni se movía, sólo observaba con tristeza a la tetera que lucía descansada, si bien deprimida.

Acabada su labor, la tetera se dispuso a volver a su cajón de noche pero un pitido de la cafetera la hizo detenerse. Espera, le dijo con una voz queda, ¿por qué no te quedas? La tetera sorprendida por la solicitud se quedó muda. La cafetera continuó diciendo: Ya estoy harta de tanto trasnochar. Si hubiera sabido que me querían de esclava, me hubiera aventado del primer anaquel que encontrará antes de llegar a esta casa. Sorprendida la tetera, sólo alcanzó a preguntar qué quería de ella. Jamás pensó que la cafetera no quisiera su nueva vida. Es odioso, día y noche me solicitan. No pueden dejarme descansar por unas horas, ¡para todo yo! ¡Y ni siquiera les gusta el café! ¡Sólo me necesitan para seguir pegados a sus pantallas! refunfuñó la cafetera con voz queda. 

Ahí, se le ocurrió un plan a la tetera, uno que no podía fallar. Con ayuda del engrudo, se transformaría en su antigua rival para que ella pudiera descansar. Por supuesto, la cafetera aceptó emocionada ya que por primera vez en meses sentía esperanza. ¡Hasta la habían separado de sus propias hijas! Para no gastar, el marido de Doña Matilde no había querido comprarla con sus tacitas para expreso. Nadie sabía cuál había sido su suerte en el supermercado.

Ayudada por la cafetera y las tacitas de té, la tetera quedó como nueva, algo parecida a su nueva amiga. La cafetera corrió al cajón vacío y oscuro, mientras la tetera se sentó a esperar la llegada de Doña Matilde como cada mañana antes de que toda esta pesadilla del cambio de café comenzara.


Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Teatrera, investigadora y escritora en formación. Su trabajo escénico está enfocado a las jóvenes audiencias mexicanas en la Compañía La Crisálida. Recientemente, uno de sus ensayos ganó el concurso “La necesidad de una pausa” convocado por la Cátedra Bergman. Otra de sus historias se titula: “Bitácora de una planta en resistencia”, también disponible en esta revista electrónica.

Publicado por La Coyol Revista

Revista hecha por y para mujeres escritoras y artistas

Deja un comentario